viernes, 6 de noviembre de 2009

La Madre estaba junto a la Cruz

tomado de los sermones de San Bernardo.

El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste –dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús– está puesto como una bandera discutida; y a ti –añade, dirigiéndose a María– una espada te traspasará el alma.
En verdad, Madre santa, una espada traspasó tu alma. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús –que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo– hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.

¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?
No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.

Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?» Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?» Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Este murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante.

viernes, 2 de octubre de 2009

EXTRACTO DE UNA CARTA DE SAN FRANCISCO PARA TODOS LOS FIELES

En el nombre del Señor, Padre e Hijo y Espíritu Santo Amén.
A todos los cristianos, religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres; a cuantos habitan en el mundo entero, el hermano Francisco, su siervo y súbdito: mis respetos con reverencia, paz verdadera del cielo y caridad sincera en el Señor.
Puesto que soy siervo de todos, a todos estoy obligado a servir y a suministrar las odoríferas palabras de mi Señor. Por eso, recapacitando que no puedo visitaros personalmente a cada uno dada la enfermedad y debilidad de mi cuerpo, me he esto comunicaros, a través de esta carta y de mensajeros, las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es el Verbo del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida (Jn 6,64). Y, siendo El sobremanera rico (2Cor 8,9), quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, escoger en el mundo la pobreza. Y poco antes de la pasión celebró la Pascua con sus discípulos, y, tomando el pan, dio las gracias, pronunció la bendición y lo partió, diciendo: Tomad y comed, esto es mi Cuerpo (Mt 26,26). Y, tomando el cáliz, dijo: Esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por vosotros y por todos para el perdón de los pecados (Mt 26,27).
A continuación oró al Padre, diciendo: Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz. Y sudó como gruesas gotas de sangre que corrían hasta la tierra (Lc 22,44). Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre, diciendo: Padre, hágase tu voluntad (Mt 26,42); no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (Mt 26,39). Y la voluntad de su Padre fue que su bendito y glorioso Hijo, a quien nos dio para nosotros y que nació por nuestro bien, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y hostia, por medio de su propia sangre, en el altar de la cruz; no para sí mismo, por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas (cf. 1Pe 2,21). Y quiere que todos seamos salvos por El y que lo recibamos con un corazón puro y con nuestro cuerpo casto. Pero son pocos los que quieren recibirlo y ser salvos por El, aunque su yugo es suave, y su carga ligera (cf. Mt 11,30).
Los que no quieren gustar cuán suave es el Señor (cf. Sal 33,9) y aman más las tinieblas que la luz (Jn 3,19), no queriendo cumplir los mandamientos del Señor, son malditos; y de ellos dice el profeta: Malditos los que se apartan de tus mandamientos (Sal 118,21). En cambio, ¡oh, cuán dichosos y benditos son los que aman a Dios y obran como dice el Señor mismo en el Evangelio: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda la mente, y a tu prójimo como a si mismo! (Mt 22,37.39)
Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y mente pura, porque esto es lo que sobre todo desea cuando dice: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad (Jn 4,23). Porque todos los que lo adoran, es preciso que lo adoren en espíritu de verdad (cf. Jn 2,24). Y dirijámosle alabanzas y oraciones día y noche (Sal 31,4), diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos (Mt 6,9), porque es preciso oremos siempre y no desfallezcamos (Lc 18,1).
Debemos también confesar todos nuestros pecados al sacerdote; y recibamos de él el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Quien no come su carne y no bebe su sangre (cf. Jn 6,55.57), no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3,5). Pero cómalo y bébalo dignamente, porque quien lo recibe indignamente, come y bebe su propia sentencia no reconociendo el cuerpo del Señor (1Cor 11,29), es decir, sin discernirlo. Hagamos, además, frutos dignos de penitencia (Lc 3,8). Y amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos (cf. Mt 22,39). Y si alguno no quiere amarlos como a sí mismo, al menos no les haga el mal, sino hágales el bien. Debemos también ayunar y abstenernos de los vicios y pecados (Eclo 3,32), Y de la demasía en el comer y beber, y ser católicos. Debemos también visitar con frecuencia las iglesias y tener en veneración y reverencia a los clérigos, no tanto por lo que son, en el caso de que sean pecadores, sino por razón del oficio y de la administración del santísimo cuerpo y sangre de Cristo, que sacrifican sobre el altar y reciben y administran a otros. Y a nadie de nosotros quepa la menor duda de que ninguno puede ser salvado sino por las santas palabras y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, que los clérigos pronuncian, proclaman y administran. Y sólo ellos deben administrarlos y no otros.
Yo, el hermano Francisco, vuestro menor siervo, os ruego y suplico, en la caridad que es Dios (cf. Jn 4,16) y con el deseo de besaros los pies, que os sintáis obligados a acoger, poner por obra y guardar con humildad y amor estas palabras y las demás de nuestro Señor Jesucristo. Y a todos aquellos y aquellas que las acojan benignamente, las entiendan y las envíen a otros para ejemplo, si perseveran en ellas hasta el fin (Mt 24,13), bendíganles el Padre, y el Hijo, y el Espíritu.

viernes, 25 de septiembre de 2009

EL DÍA DE LA ORACIÓN POR CHILE

En este último domingo del mes de la Patria, la Iglesia conmemora el Día de la Oración por Chile, en el cual se eleva a Dios la oración por nuestro país, bajo la intercesión de la Bienaventurada Madre de Dios, la Santísima Virgen del Carmen, Reina y Patrona de Chile.
Es importante pedir por Chile, en este año de elecciones, para que Dios nos traiga los mayores bienes e ilumine a las autoridades para lograr el bien común, por medio de leyes e iniciativas que sean justas.
En estos momentos conviene recordar lo que significa la palabra “Patria.” Este término viene del latín patres, que significa padres, es decir, la patria es la tierra de los padres, pero esto no sólo se refiere a los progenitores, si no a aquellos a quienes llamamos padres porque nos heredaron su cultura, valores e ideales. Por eso, en particular en este mes de la patria, para vivir un verdadero patriotismo es necesario pensar en los Padres de la Patria, es decir aquellas personas que ayudaron a fundar esta república, pensando sobre qué ideales les movían y sobre qué principios fundaron este país. Los Padres de la Patria, aún cuando defendieron la libertad política del país, jamás renegaron de la herencia española, antes bien asumieron sus principios y valores y se propusieron vivirlos en la libertad de una República independiente. El valor principal sobre el que fue fundado nuestro país fue la fe católica; fue la fe lo que movió a O’higgins y a los otros a conseguir la fundación de una nación independiente, que tuviese a España por madre en el origen y por hermana en la fe, pero que decidiera por sí sus destinos supremos en la libertad de los hijos de Dios, bajo el amparo de la Madre de Dios, bajo la advocación de la Virgen del Carmen.
La idea de Patria para Chile, por tanto, se funda sobre la unión de hombres libres que profesaban la religión verdadera, bajo el amparo de la Virgen del Carmen. Esta idea se mantuvo por varios decenios, bajo la influencia dejada por la herencia de los Padres de la Patria. Pero a fines del siglo XIX, bajo el alero de ideas de gobiernos liberales, se intentó desligar poco a poco a la Patria de su fundamento católico, hasta perder la confesionalidad del Estado en 1925. No obstante esto, el pueblo chileno continúa siendo mayoritariamente católico y la Iglesia sigue rezando continuamente por la Patria.
Pero cuando se pierde el fundamento se va perdiendo también el resto. Por no ser confesional el Estado muchos intentan hacer acallar la voz de la Iglesia cuando defiende la vida y sostiene con voz clara los principios morales básicos en toda sociedad y a los que no podemos renunciar en modo alguno.
Por eso es necesario cuestionarse sobre estos valores: el respeto a la vida (de todos) y la defensa de la familia. Cuando ciertos políticos intentan introducir leyes que atentan contra la unidad de la familia (y algunos quieren incluso eliminar la palabra “familia” de la constitución) o promueven leyes que atentan contra la vida de los más débiles (aborto, eutanasia), debemos reafirmar nuestra identidad como católicos y renunciar a apoyar a tales personas y combatir (en la medida de nuestras fuerzas, a veces será con nuestras acciones en instancias sociales otras será sólo con el voto) tales iniciativas.
Chile es una nación libre, pero la palabra nación significa el lugar de los que nacen, por lo tanto es un contrasentido que se introduzcan leyes antivida y antifamilia, pues el respeto a la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, y solidez de las familias, es lo que constituye una verdadera nación y le permite crecer con dignidad y justicia social real.
Imploremos a la Virgen del Carmen, Madre de Dios, que ilumine a los chilenos, para no renunciar a nuestra vocación de país a favor de la vida y de la dignidad de las personas, para que la celebración de los doscientos años de la independencia se haga en un contexto de verdadero progreso y justicia, con los valores e ideales que los Padres de la Patria buscaron al fundar nuestra república. Por eso nos decimos orgullosos de ser chilenos católicos, devotos de la Virgen del Carmen, a quien representa la estrella de nuestra bandera.

sábado, 19 de septiembre de 2009

DEMOS GRACIAS A DIOS POR EL DON DE NUESTRA PATRIA

Extracto de la homilía de Monseñor Juan Ignacio González, nuestro obispo, en la Misa y Te Deum celebrado en la Catedral de San Bernardo.

Tal como su nombre lo indica, tanto cuando celebramos la Eucaristía (que significa acción de gracias) como cuando celebramos un "Te Deum Laudamus", ("a Ti Dios alabamos"), lo primero que brota de nuestro corazón es bendecir al Señor por los dones recibidos. Es un deber de justicia, un deber de lealtad, un deber de profundo reconocimiento, porque ni nosotros ni nuestra Patria nos hemos hecho solos, sino que todo los recibimos del Creador, por medio de su Hijo Jesucristo. Por eso, queridos hermanos y hermanas, hoy los invito a bendecir al Señor.
Bendecimos al Señor por formar parte de esta América cristiana y morena, y de esta nación chilena, tierra de esperanza donde todos compartimos una misma lengua que nos permite entendernos y vivir tradiciones muy queridas. Bendecimos al Señor por esta tierra de presente y de futuro, pródiga en recursos naturales, como el agua dulce y el agua de mar, con toda su riqueza, la cordillera que en sus entrañas alberga minerales, una flora y fauna tan variadas y bosques originarios con los que aún respira nuestra gente y que no siempre hemos sabido respetar con un uso racional y humano que las preserve para futuras generaciones
Bendecimos al Señor por la historia vivida y sufrida, historia amante de la justicia y el derecho, construida con los amores y sudores de todos y de todas, y le pedimos perdón a Dios por los quiebres tan profundos que hemos protagonizado por no saber enfrentar nuestras discrepancias con la lógica de la comprensión y el perdón. Quiebres que aún hoy nos enfrentan y dividen, y que nos urge sanar y reconciliar, para que Chile sea efectivamente una Patria de hermanas y hermanos.
Bendecimos al Señor porque con el esfuerzo de todos hemos construido un país más desarrollado, más estable económicamente y con mayores oportunidades de estudio y de trabajo. Pero debemos reconocer que no hemos sabido compartir con equidad los frutos del trabajo y los bienes generados, lo cual significa tener a muchos - ¡demasiados compatriotas! - viviendo en condiciones de pobreza y hasta de miseria que claman al cielo y son muchas veces el motivo de la violencia que lamentablemente crece en nuestras relaciones.
Bendecimos al Señor por la fe cristiana y católica del pueblo chileno que nos llevan a aceptar la ley de Dios como el camino para nuestro desarrollo y a adorar a Dios y a querer ponerlo en el primer lugar de nuestras vidas, aportando a Chile la riqueza del amor al prójimo. Pero reconocemos, a la vez, que la idolatría por el dinero, la suficiencia en el saber sólo humano, así como la altivez del poder, nos han llevado a formular proyectos y tomar decisiones que dan las espaldas a la presencia de Dios o van directamente contra sus leyes, aunque vivamos con su Nombre en nuestros labios.
Bendecimos a Dios por los héroes conocidos de nuestra Historia, a quienes honramos con justicia en este Bicentenario, y por los héroes anónimos que han entregado su sangre y sus fatigas para construir el país de sus sueños en la educación, en el foro, en la empresa, transformando la tierra con sus manos, mineros, pescadores, campesinos, así como artistas y literatos insignes que merecen estatuas en el corazón de todo buen chileno y le pedimos perdón por quienes quisieran construir un futuro que intenta desconocer la historia y la rica herencia que hemos recibido, dispuestos a ser padres y madres del mañana, pero renunciando torpemente a ser hijos e hijas del ayer.
El fin de la toda organización nacional es la búsqueda del bien común, es decir aquella particular forma de organización social, económica, política, etc. que permita que todos los miembros de la comunidad nacional puedan alcanzar su más pleno desarrollo material y espiritual. "El desarrollo (por tanto) debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es «uno en cuerpo y alma», nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente. Por eso San Agustín escribió: "nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón esta siempre inquieto mientras no descanse en ti." "Decir que el desarrollo es vocación equivale a reconocer, por un lado, que éste nace de una llamada trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado último por sí mismo. «No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana» Esta visión del progreso es el corazón de la mirada de la Iglesia y motiva todas sus reflexiones sobre la libertad, la verdad y la caridad en el desarrollo.

jueves, 10 de septiembre de 2009

EL QUE QUIERA VENIR TRAS DE MÍ QUE RENUNCIE A SÍ MISMO, TOME SU CRUZ Y ME SIGA…

Textos espirituales seleccionados de santos, sobre la mortificación cristiana.

San Agustín:
“Esa cruz que el Señor nos invita a llevar, para seguirle más deprisa ¿qué significa sino la mortificación?”

San Gregorio Magno:
"Pasó el tiempo de las persecuciones, pero también nuestra paz tiene un martirio propio: no doblamos ya nuestro cuello bajo el hierro, pero con la espada del espíritu nosotros mismos matamos los deseos carnales de nuestra alma".

Santa Brígida:
"Has de saber, hija mía, que mis caudales y tesoros están cercados de espinas, basta determinarse a soportar las primeras punzadas, para que todo se trueque en dulzuras."

San Francisco de Borja:
"Para poder sufrir más, Cristo no abrió enseguida su costado. Lo abrió después de morir, para revelar el amor de su corazón, para enseñarnos que el amor no se hace espiritualmente presente antes de la muerte del hombre viejo que vive en nosotros según la carne."

Santa Teresa de Jesús de Ávila:
“El amor de Dios se adquiere cuando nos resolvemos a trabajar y a sufrir por Él".

San Juan de la Cruz:
"El amor no consiste en grandes cosas, sino en tener grande desnudez y padecer por el Amado"
El Señor se le apareció con la cruz a cuestas y le dijo: "Juan, pídeme lo que quieras", El Santo respondió: " Padecer, Señor, y ser por Vos despreciado".

Santa Gema Galgani:
"Jesús, Dueño mío... Cuando mi cabeza se acerque a la tuya, hazme sentir el dolor de las espinas que te punzaron. Cuando mi pecho se recline sobre el tuyo, haz que yo sienta la lanzada que te traspasó”.

San Francisco de Sales:
"El corazón lleno de amor ama los mandamientos, y cuanto más difíciles son, los encuentra más dulces y agradables, porque complacen más el Amado y le dan más honor."
"Hay que dejar que rodeen nuestro cerebro las espinas de las dificultades, y dejar traspasar nuestro corazón por la lanza de la contradicción; beber la hiel y tragar el vinagre, ya que eso es lo que Dios quiere".
"Besad de corazón frecuentemente las cruces que Nuestro Señor mismo pone sobre vuestros hombros; no miréis si son de madera preciosa o perfumada; ellas son más cruz cuanto sean de una madera más vil, abyecta y maloliente".

Santa Teresita del Niño Jesús:
"En el lavadero mi compañera de trabajo sacudía la ropa con tal fuerza que me salpicaba de jabón la cara. Esto me hacía sufrir, pero jamás le dije nada al respecto, y así ofrecía este pequeño sacrificio por los pecadores.".

Santa Micaela del Santísimo Sacramento:
"Los santos no nacieron santos; llegaron a la santidad después de una larga continuidad de vencimientos propio."

San Josemaría Escrivá:
“Si no eres mortificado nunca serás alma de oración”.
“Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior”.
“Busca mortificaciones que no mortifiquen a los demás”.

San Luis María Griñón de Monfort:
"En efecto, toda la perfección cristiana consiste:
1. En querer ser santo:
"El que quiera venirse conmigo".
2. En abnegarse: "que reniegue de sí mismo".
3. En padecer: "que cargue con su cruz".
4. En obrar: "y me siga."

viernes, 4 de septiembre de 2009

En el Corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor

Extracto de los escritos de Santa Teresita del Niño Jesús

Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme... Pero no es así... Ciertamente, estos tres privilegios son la esencia de mi vocación: carmelita, esposa y madre. Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas...
Jesús mío, ¿y tú qué responderás a todas mis locuras...? ¿Existe acaso un alma pequeña y más impotente que la mía...? Sin embargo, Señor, precisamente a causa de mi debilidad, tú has querido colmar mis pequeños deseos infantiles, y hoy quieres colmar otros deseos míos más grandes que el universo...
Como estos mis deseos me hacían sufrir durante la oración un verdadero martirio, abrí las cartas de san Pablo con el fin de buscar una respuesta. Y mis ojos se encontraron con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los Corintios... Leí en el primero que no todos pueden ser apóstoles, o profetas, o doctores, etc.; que la Iglesia está compuesta de diferentes miembros, y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. La respuesta estaba clara, pero no colmaba mis deseos ni me daba la paz...
Al igual que Magdalena, inclinándose sin cesar sobre la tumba vacía, acabó por encontrar lo que buscaba, así también yo, abajándome hasta las profundidades de mi nada, subí tan alto que logré alcanzar mi intento... Seguí leyendo, sin desanimarme, y esta frase me reconfortó: «Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino inigualable». Y el apóstol va explicando cómo los mejores carismas nada son sin el amor; Y que la caridad es ese camino inigualable que conduce a Dios con total seguridad.
Podía, por fin, descansar.
Al mirar el cuerpo místico de la Iglesia, yo no me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo; o, mejor dicho, quería reconocerme en todos ellos...
La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre...
Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares... En una palabra, ¡que el amor es eterno...!
Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado. En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... Así lo seré todo... ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad...!!!
¿Por qué hablar de alegría delirante? No, no es ésta la expresión justa. Es, más bien, la paz tranquila y serena del navegante al divisar el faro que ha de conducirle al puerto... ¡Oh, faro luminoso del amor, yo sé cómo llegar hasta ti! He encontrado el secreto para apropiarme de tu llama. No soy más que una niña, impotente y débil. Sin embargo, es precisamente mi debilidad lo que me da la audacia para ofrecerme como víctima a tu amor, ¡oh Jesús!

Bene Omnia Fecit - Todo lo ha hecho bien

En el Evangelio de hoy, las multitudes decían de Cristo: “Todo lo ha hecho bien.” Porque el Señor hacía hablar a los mudos y oír a los sordos, su poder lograba vencer así los desordenes que el pecado logró entrar en la naturaleza.
“Bene omnia fecit” (Todo lo hizo bien), esta expresión recuerda el libro del Génesis cuando Dios creó el mundo y la Escritura recuerda: “et vidit Deus quod esset bonum” (Y vio Dios que era bueno); porque la maravilla de la creación del mundo es una figura y signo de la maravilla aún mayor de la Segunda Creación, es decir, la Salvación traída por Cristo, que renueva el universo y trae paz a todo el mundo. Por eso el mismo Señor dice: “Ecce nova facio omnia” (he aquí que hago nuevas todas las cosas), pues con su presencia renueva la creación entera y lo encamina todo al bien. Las multitudes se admiraban de Cristo y veían que su obra traía el bien al mundo.
Nosotros unidos a Cristo también podemos hacer las cosas bien; es decir, que cada trabajo puntual y honesto que hagamos, aún los que nos parecen los más insignificantes, son oportunidad de unirnos a Cristo y colaborar con Él en la Salvación del mundo. Cristo dice que Él hace nuevas “todas” las cosas, no sólo algunas o las más importantes, las multitudes decían que Él había hecho bien “todo” no sólo algunas cosas.
Así “todo” trabajo humano honesto cuenta con la bendición de Dios; toda obra humana que se hace en gracia de Dios y según el querer de Dios es oportunidad de salvación y de unión con Cristo. Por lo mismo dejemos que el Señor entre en nuestras vidas y dediquémosle por entero nuestras actividades diarias, nuestras vidas, nuestros trabajos, nuestros estudios, para que Él los renueve en su amor.

viernes, 28 de agosto de 2009

LA SANTÍSIMA EN EL PLAN DE SALVACIÓN DE CRISTO

Muchas imágenes de la Santísima Virgen María peregrinan visitando las casas de los habitantes de Paine, despertando y avivando la fe sencilla de la gente. En torno a estas imágenes se ha producido todo un fenómeno de devoción y amor a la Virgen que ha sido muy positivo para la comunidad. También se han dado conversiones y acercamientos a Dios de gente que estaba alejada de la Iglesia; hasta algunos matrimonios divididos han visto como, bajo la presencia de la Virgen peregrina, sus matrimonios van por una segunda oportunidad.
Contrasta con esto el odio injustificado de los ataques de vándalos a imágenes de la Virgen: la primera sufrida por nosotros hace un mes, en la gruta a un costado de nuestra capilla, y la segunda en los rayados realizados a la imagen de la Virgen del Carmen puesta en la calle Baquedano con Cuatro Norte, cerca de la municipalidad de Paine. El pueblo cristiano se ha indignado ante tales ataques y ha dado muestras de un amor reparador realmente vivo.
Pero ¿Qué mueve a las personas visitadas por la Virgen Peregrina a unirse más a Dios? ¿Qué mueve a los enemigos de Dios a atacar las imágenes de la Virgen? Todos, los fieles verdaderos y los verdaderos enemigos de Cristo, pueden ver que algo hay en la Virgen que une a Dios y que es esencial en el Plan de Salvación. Por eso quienes buscamos la Salvación, buscamos a María. Quienes rechazan a Cristo Salvador rechazan a María.
María es signo de la salvación. Donde está la Virgen ahí está Cristo; donde se la rechaza se rechaza a Cristo. Por eso no puede haber verdadero cristianismo sin la Virgen, y quién se llame cristianos y no ame a María, sólo anda por caminos de error.
El profeta Isaías siglos antes de Cristo, anunció la salvación por medio de un signo salvífico: “Mirad, el Señor mismo os dará un signo: la Virgen está encinta y dará a luz un Hijo y le pondrá por Nombre: ‘Dios con nosotros’” (Is 7,14); El signo de salvación dado por Dios es Jesús, quien es Dios con nosotros (es decir, Dios hecho hombre) y este signo se da por María, la Virgen Madre. San Juan al escribir el Apocalipsis recordaba esto y escribía: “y apareció en el Cielo un gran Signo: Una Mujer, vestida de Sol, la luna bajo sus píes, y en su cabeza una corona de doce estrellas” (Ap 12,1).
María es el signo de la salvación, está vestida de sol, porque está llena de gracia (Lc 1,28), tiene a la luna bajo sus píes porque ha vencido al pecado, y tiene una corona de doce estrellas que es la Iglesia (fundada sobre los doce apóstoles) porque su gracia y su gloria redunda en sus hijos que somos todos los creyentes. Por eso nos alegramos con María, porque al verla glorificada por Dios y puesta por Dios como signo de la Salvación traída por su Cristo, nos regocijamos en que esa gloria pasará a nosotros algún día, como hijos de María y miembros del Cuerpo Místico de Cristo.

viernes, 21 de agosto de 2009

SAN BERNARDO, PATRONO DE NUESTRA DIÓCESIS

San Bernardo, el Patrono de nuestra Diócesis, fue uno de los santos más destacados de la Edad Media. Su santidad y su sabiduría marcaron profundamente la vida religiosa de la Europa del siglo XII.
San Bernardo nació en Francia en el año de 1091 en medio de una numerosa familia. Ingresó muy joven al convento de los monjes cistercienses y, por su entrega y santidad, arrastró consigo un gran número de otros jóvenes, familiares y amigos. Un vez en el convento, se caracterizó por su santidad de vida, sabiduría profunda y gran celo pastoral, llegando a ser el monje más ilustre de su siglo. A la edad de 24 años, llegó a ser el primer abad del monasterio de Claraval, que tenía 700 monjes.
Su sabiduría y fama de santidad lo hizo muy reconocido. Aunque él siempre quiso vivir la soledad y el silencio, se le encomendaron múltiples tareas pastorales en la Iglesia. Así, San Bernardo llegó a ser consejero de príncipes y papas, predicó la segunda cruzada para rescate de los Santos Lugares de Jerusalén. Fue el verdadero árbitro del siglo XII, combatiendo las teorías de Abelardo y desenmascarando a otros herejes.
Al morir, en 1153, dejó fundados 160 monasterios de su Orden, cuando los cistercienses constituían un verdadero ejército de monjes dedicados a la oración y al trabajo manual. Sus libros de mística, controversia, sermones y miles de cartas, revelan su verdadera influencia. Su fama se extendió con gran rapidez y el pueblo cristiano comenzó a encomendarse al santo abad de Claraval. El Papa Alejandro III lo canonizó en 1173, apenas 20 años después de su muerte; y el Papa Pío VIII lo declaró doctor de la Iglesia. Los teólogos lo llaman el “Doctor melifluo” por la dulzura de sus escritos. Pero lo que más lo caracterizó, además de su profunda sabiduría, fue su enorme amor a la Santísima Virgen, de quien escribió muchas obras y a quien dedicó muchas oraciones, entre ellas, el “Acordaos.” La Virgen fue siempre su apoyo; Por eso San Bernardo siempre recomendó a todos que encomendaran cualquier causa a la Virgen, quien nunca defrauda a sus hijos; ella es la protectora de los cristianos, guía segura en los peligros y necesidades.
Pidamos al Señor que, por intercesión de San Bernardo, podamos nosotros tener ese mismo amor a su Madre Santísima y ese espíritu apostólico que caracterizó a nuestro Patrono, quien dedicó su vida a servir a Cristo en su Iglesia.

sábado, 15 de agosto de 2009

LA SANTÍSIMA VIRGEN LLEVADA AL CIELO ES FIGURA DE NUESTRA GLORIA FUTURA

La Santísima Virgen María no experimentó la corrupción del sepulcro, pues su Hijo, Verdadero Dios, la elevó a la gloria del Cielo en cuerpo y alma.

Y convenía que no fuera entregado a la corrupción el cuerpo de la Virgen, pues en esta vida jamás llevó en su alma la corrupción del pecado; el santísimo cuerpo de la Virgen fue verdadero templo de Dios en el mundo, de ella fue formado el Cuerpo de Cristo, por quién vino la Salvación.

Terminado el transcurso de su vida en esta tierra, la Virgen fue llevada al Cielo en cuerpo y alma. De esta forma, ella es un anticipo de lo que será toda la Iglesia en la gloria del Cielo, una vida de felicidad eterna junto a Cristo Señor, Vida y Salvación nuestra.

AVE MARÍA GRATIA PLENA DOMINUS TECUM

domingo, 9 de agosto de 2009

Iesu Dulcis Memoria

Jesu dulcis memoria Oh, Jesús, Dulce Recuerdo
Dans vera cordis gaudia: verdadero gozo para el corazón
Sed super mel et omnia superior a la miel y a todo
Ejus dulcis praesentia. es tu dulce presencia

Nil canitur suavius, nada se canta más suave
Nil auditur jucundius nada se oye más alegre
Nil cogitatur dulcius nada se piensa más suave
Quam Jesus Dei filius. que Jesús el Hijo de Dios

Jesu spes penitentibus, Oh Jesús, esperanza de los penitentes
Quam pius es petentibus! que piadoso eres para los que te desean
Quam bonus te quaerentibus! que bueno para los que te buscan
Sed quid invenientibus? mas, !¿Qué serás para los que te encuentran?!

Nec lingua valet dicere, ni la lengua puede decirlo
Nec littera exprimere: ni la letra escribirlo
Expertus potest credere, sólo quién lo ha experimentado puede creer
Quid sit Jesum diligere. lo que es amar a Jesús

Sis Jesu nostrum gaudium se oh Jesús, nuestro gozo
Qui es futurus praemium tú que eres el premio futuro
Sit nostra in te gloria esté en tí nuestra gloria
Per cuncta semper saecula. por los siglos y siempre.
Amen. Amén.

lunes, 3 de agosto de 2009

INSTRUCCIÓN PASTORAL DE NUESTRO OBISPO SOBRE LAS INDULGENCIAS CONCEDIDAS POR EL AÑO SACERDOTAL

Por mandato del Santo Padre Benedicto XVI la Penitenciaría Apostólica ha emanado un Decreto por el cual se conceden abundantes Indulgencias con motivo del Año del Sacerdocio, que a continuación se exponen. Hay que recordar que para poder ganar o lucrar indulgencias es necesario cumplir exactamente las obras prescritas, además de las condiciones generales o habituales. Las condiciones generales para las indulgencias plenarias son: exclusión de todo afecto a cualquier pecado, cumplir exactamente la obra enriquecida con indulgencia y las llamadas “tres acostumbradas condiciones”: confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice.
Las condiciones generales para las indulgencias parciales son: estar sinceramente arrepentidos de los propios pecados y cumplir la obra prescrita.
Este Decreto consta de dos partes o conjuntos de concesiones; una primera exclusivamente dedicada a los sacerdotes y una segunda parte a todos los fieles.

I. Indulgencias concedidas a los sacerdotes

1. Indulgencia plenaria.
a. Obra prescrita: Rezar con devoción Laudes o Vísperas ante el Santísimo Sacramento, ya sea expuesto a la adoración pública, ya sea reservado en el Sagrario.
b. Intención unida a la obra: Que el mismo sacerdote se ofrezca con espíritu dispuesto y generoso a la celebración de los sacramentos, sobre todo al de la Penitencia.
c. Ocasión: Cualquier día dentro del Año Sacerdotal (19 de junio de 2009 a 10 de junio de 2010)
d. Aplicación de la indulgencia: por el propio presbítero o en sufragio de las almas de los presbíteros difuntos.
2. Indulgencia parcial.
a. Obra prescrita: Rezar con devoción oraciones aprobadas, para llevar una vida santa y cumplir santamente las tareas encomendadas a los presbíteros.
b. Aplicación: por el mismo presbítero o en sufragio de presbíteros difuntos.
Continúa en la página siguiente.

II. Indulgencias concedidas a todos los fieles

1. Indulgencia plenaria.
a. Obras prescritas: Asistir con devoción al Sacrificio divino de la Misa, ofrecer por los sacerdotes de la Iglesia oraciones a Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, y realizar cualquier obra buena ese día.
b. Intención unida a estas tres obras: Para que Jesucristo santifique y modele a los sacerdotes según su Corazón.
c. Ocasión: En los siguientes días dentro del Año Sacerdotal:
i) 19 de junio de 2009: inauguración del Año, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
ii) 10 de junio de 2010: clausura del Año, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
iii) 4 de agosto de 2009: aniversario 150 de la muerte de San Juan María Vianney, Cura de Ars, su Fiesta litúrgica.
iv) Cada primer jueves de mes dentro del Año
d. Aplicación de la indulgencia: por el propio fiel que la gana o en sufragio de cualquier fiel difunto.
2. Indulgencia plenaria para los que no pueden asistir a la Iglesia.
a. Destinatarios: Los ancianos, los enfermos y todos aquellos que por motivos legítimos no puedan salir de casa.
b. Obras prescritas: Rezar oraciones y ofrecer con confianza a Dios, por medio de María, Reina de los Apóstoles, sus enfermedades y las molestias de su vida.
c. Intención unida a estas obras: Por la santificación de los sacerdotes. Y además, tener el espíritu desprendido de cualquier pecado y con la intención de cumplir, en cuanto les sea posible, las “tres acostumbradas condiciones”.
d. Ocasión: los mismos días enunciados anteriormente para todos los fieles; pero en su propia casa o donde se encuentren a causa de su impedimento (19-junio-2009, 10-junio-2010, 4-agosto-2009 y primeros jueves de mes).
e. Aplicación de la indulgencia: por el propio fiel que la gana o en sufragio del alma de cualquier difunto.
3. Indulgencia parcial:
a. Obra prescrita: Cada vez que recen en honor del Sagrado Corazón de Jesús cinco Padrenuestros, Avemarías y Glorias, u otra oración aprobada específicamente, para que los sacerdotes se conserven en pureza y santidad de vida.
b. Aplicación de la indulgencia: por el propio fiel que la gana o en sufragio del alma de cualquier difunto.

Dada en San Bernardo, con fecha 4 de agosto de 2009, Fiesta del Santo Cura de Ars, en el Año Sacerdotal promulgado por S.S. el Papa Benedicto XVI.

+ Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo