viernes, 29 de abril de 2011

Antropología en San Pablo

Sic et scriptum est: “Factus est primus homo Adam in animam viventem”; novissimus Adam in Spiritum vivificantem1Cor 15,45

Breve tratado sobre la doctrina antropológica de san Pablo, presente en su colección epistolar

I. Introducción: Antropología en San Pablo.
“Ecce homo,” “He aquí al hombre” (Jn 19,5) con estas palabras presentaba Poncio Pilatos a Jesús. Cristo es el Hijo de Dios que se hizo Hijo del hombre, para restituir en él la imagen de Dios dañada por el pecado. Cristo revela lo que es el hombre al hombre mismo, san Pablo tiene clara esta verdad, por eso, al conocer las profundidades del Corazón de Cristo, es también conocedor del misterio del hombre. En sus cartas se deje entrever la riqueza de su doctrina y en ella aquella visión sobre quién es el hombre. El siguiente trabajo tiene por fin determinar cuál es la visión antropológica en las cartas canónicas de san Pablo, presentando no sólo la visión que tiene sobre los estados propios de la naturaleza humana (en función del pecado original y la Redención), sino que también sobre su constitución esencial metafísica (ser y esencia) y su finalidad propia (vida moral).
En su mayoría, la exegética moderna, ha intentado explicar las Escrituras desde una visión que abandona la enseñanza e interpretación tradicional y que deja de lado la doctrina de los Santos Padres y de santo Tomás de Aquino, adoptando visiones que intentan acoger los últimos progresos arqueológicos, pero que resultan ser insatisfactorias teológicamente y se acercan en mucho a explicaciones provenientes del protestantismo. La herejía modernista intenta ver en la Escritura, y principalmente en san Pablo, el fundamento de una visión antropológica puramente subjetiva (centrando el constitutivo metafísico de la persona en la autoconciencia o en la apertura a la trascendencia), y que deja de lado el actus essendi (acto de ser) como fundamento de la persona. Otros, también buscan fundamentar con san Pablo, una moral laxa, amparándose en su exposición entre el antagonismo ley-gracia y entre carne-espíritu, poniendo a la moral paulina como liberadora de la moral legalista tradicional. Tales interpretaciones deforman la doctrina paulina, hasta el punto de ir en contra de su pensamiento. Los Padres de Oriente y Occidente, así como el Magisterio, desde siempre han mostrado a san Pablo como un maestro de la verdad católica y doctor de la fe. No podríamos en un breve estudio desenmascarar cada uno de los errores de la exégesis moderna en torno a san Pablo, pero intentaremos en este estudio abordar la doctrina del Apóstol de las Gentes en su visión antropológica, para que pueda servir de apoyo seguro para la lectura espiritual e interpretación de los textos paulinos sobre la persona y que sirva como punto de partida para estudios futuros sobre el santo apóstol, más completos que lo que permiten estas breves páginas.
El tratado que se pretende presenta un problema inicial: ¿existen textos en que san Pablo establezca una doctrina antropológica explícita e intencionadamente tal? La respuesta es no. San Pablo no pretende hacer tratados de antropología, moral o metafísica, ni siquiera de teología moral o dogmática; el apóstol de las gentes es ante todo eso: un apóstol (Rm 1,1), un enviado por Jesucristo, para predicar el evangelio de Jesucristo; la finalidad de sus cartas es siempre pastoral, ya sea enseñe, amoneste, exhorte, forme, formule una opinión, etcétera, siempre busca formar en aquella comunidad el Cuerpo de Cristo (cfr 1Cor 12,13). Por tanto la sana doctrina (1Tm 1,10) que predica el apóstol es la vida en Cristo que pretende hacer vivir a los creyentes.
Pero a partir de estas exhortaciones, cuyo primer fin es pastoral, san Pablo deja entrever una profunda doctrina en todo orden, en donde alimenta a sus hijos con alimento sólido, les va penetrando cada vez más en los misterios divinos más altos: la vida íntima del Dios Uno y Trino, que se comunica a los hombres y los salva en la Palabra Encarnada.
A Partir de esto se puede acceder a un conocimiento antropológico en san Pablo, y podemos hacerlo por una doble vía:
- Cristo es Dios hecho hombre y revela al mismo hombre lo que es el hombre mismo, pues Cristo es verdadero hombre, y su humanidad es una humanidad salvadora, la humanidad de una Persona Divina, que merece ser conocida. Cuando Dios se comunica con el hombre por medio de la Palabra de Vida, que es Cristo, no sólo se revela a sí mismo, sino que, por ser la humanidad de Cristo el instrumento de esa revelación, nos revela también lo que es y debe ser el hombre, en el plan de Dios.
- Cristo es el Salvador de los hombres. Pero a partir de esta afirmación surgen varias preguntas, las que, en su respuesta, llevan implícitos varios tratados teológicos profundos: Si Cristo es Salvador del hombre, surgen las preguntas ¿Por qué es necesaria una salvación? (Naturaleza humana y pecado original) ¿De qué nos salva Cristo? (Condición de la humanidad caída), ¿Cómo nos salva Cristo? (La justificación y la gracia) ¿Cómo es el hombre una vez salvado? (Condición del hombre redimido y escatología); Las respuestas ofrecidas por Pablo a los creyentes a los que busca educar en Cristo, pueden darnos ciertas luces sobre qué es lo que es el hombre y sus diversos estados en el transcurso de la historia salvífica.
Es así como se accede, indirectamente, al estudio antropológico en las epístolas paulinas. Las luces que entrega el apóstol en sus cartas a las diversas comunidades a las que escribe o a alguno de sus discípulos, son una fuente preciosa para estudiar su visión acerca del hombre. A este estudio nos adentraremos en las páginas siguientes.


II. La Naturaleza Humana y sus Estados.

a. Estados de la Naturaleza Humana.
Sa
n Pablo al hablar sobre la naturaleza humana, no lo hace, como dijimos en la introducción, desde la perspectiva de un estudio sistemático. De ahí que, cuando se refiera a ella y analice sus alcances, lo haga en perspectiva principalmente histórica, refiriéndose a su condición propia en cada situación particular en la historia salutis.
Existen dos acontecimientos que son gravitantes en el estado de la naturaleza humana, ambos relacionados con lo obrado por dos hombres llamados a ser cabeza del género humano. El primero, al principio de la creación, con Adán, padre común de todos los hombres, dotado por Dios de singulares gracias y dones, pero que no supo ser fiel a esas dádivas divinas, y por su desobediencia hizo entrar el pecado en la naturaleza humana, condenando a sus descendientes a nacer en esa naturaleza caída, una raza que se alejó de la amistad con Dios por el pecado. El segundo suceso es la Salvación del hombre obrada por Dios, con Cristo (segundo Adán), que, Dios hecho hombre, es la Cabeza de la nueva humanidad nacida a partir de su obra redentora; Él, por su obediencia, mereció la salvación de los hombres de su anterior vida de pecado, por pura gracia, y les deparó una dignidad y herencia mayores a las que pudo tener el primer Adán, aún antes del pecado.
Así, a partir de los dos adanes, podemos situar la naturaleza humana en tres estados diversos: el primero de justicia original, es el hombre dotado por Dios de gracias y dones que van más allá de su propia naturaleza (estado de la humanidad antes del pecado original); el segundo estado es el de la humanidad caída, es el hombre heredero de Adán, cuya naturaleza se ve en cierta forma sometida al pecado (estado de la humanidad después del pecado original y antes de la Redención en Cristo); el tercero es el de la naturaleza redimida, que es el estado de los humanos salvados por Cristo, hechos hijos de Dios por gracia, partícipes de la vida divina, herederos del cielo y templos del Espíritu que habita en nosotros (estado de la humanidad después de la Redención en Cristo). Este último estado a su vez se puede subdividir en dos etapas: la primera, nuestra vida en este mundo, como peregrinos, antes de la plenitud escatológica, en donde ya se participa de los bienes futuros; y, la segunda, la etapa sin fin de la plenitud escatológica, que el alma del cristiano recibe después de morir y todo su ser (cuerpo y alma) después de la parusía. Aunque san Pablo hace hermosas reflexiones sobre lo que ocurrirá en la plenitud de nuestra Salvación en el Cielo, nos recuerda que ya poseemos en arras al Espíritu (las primicias del Espíritu, Rm 8,23), lo que nos hace ver que las realidades celestes están ya en cierta forma presentes, y lo que constituye una fuente de alegría espiritual constante para el cristiano aún en medio de las mayores tribulaciones de este mundo.
San Pablo hace girar toda su teoría de la salvación en torno a los dos adanes y las dos humanidades surgidas a partir de ellos. Por lo mismo, para entender al hombre según san Pablo, hay que acudir a su pensamiento de ambos estados históricos y sus principales características y diferencias.
En los siguientes puntos nos centraremos en estudiar a ambos estados de la naturaleza humana (el caído por el pecado y el redimido), para luego de ello (en el capítulo siguiente) poder entrar en consideraciones más metafísicas sobre la esencia del hombre, a las que, en san Pablo, sólo se puede llegar después de analizar cada uno de los estados históricos, pues es a la realidad concreta, la vivida por los discípulos, a la que san Pablo quiere llegar para presentar el misterio de Cristo; san Pablo no busca convertir a la humanidad, entendida como un abstracto anónimo e indefinido, si no que busca a cada hombre, en concreto, con sus propias experiencias de vida, su interioridad, sus reflexiones espirituales, sus luchas contra el pecado, sus pobrezas y abundancias, sus penas y alegrías, en fin todo el hombre, para llenar todo eso de Cristo, en quien se encuentra la vida plena, o, como el mismo Cristo lo había dicho, vida en abundancia.

b. Naturaleza caída.

Con Adán y Eva se abre la historia de la humanidad, una historia que estaba llamada a ser comunión amistosa de los hombres y Dios. Dios mismo entrega al hombre una serie de dones gratuitos que van más allá de su puro ser natural, pero el hombre renunció a esta amistad, y por ello también a esos dones añadidos, por desobedecer al plan de su Creador y pretender autodeterminarse en contra de este mismo plan.
¿Cómo hubiera sido la humanidad original sin esos dones añadidos?, ¿Qué hubiera sido de la humanidad sin la triste experiencia del pecado? San Pablo no hace elucubraciones teóricas ni fantásticas inútiles sobre una posible humanidad que no existió ni lo podrá hacer, él sólo se hace cargo de la realidad vivida y ve en ella la belleza del plan divino, la mano providente de Dios, que va guiando cada acontecimiento al mayor bien del hombre. Dios al crear al hombre, permite su caída, no porque le falte la capacidad para evitarla, sino porque quiere demostrar su mayor poder: el amor de misericordia, que no sólo se derrama a quien es justo, sino también al pecador, en un don que excede todo don (Cfr Rm 5, 6-8). Por eso el hombre, por propia culpa, se vio inmerso en esta realidad del pecado, que daña su naturaleza, introduciendo una herida, que le hace vivir una vida en donde la realidad del pecado será una lucha diaria. “Por tanto, como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rm 5,12) El pecado, y con él su salario que es la muerte (Rm 6,23), pasa a ser una realidad universal en esta humanidad nacida de Adán.
¿Cómo es este hombre heredero de Adán? El hombre sufre, por el pecado, esta herida en la naturaleza, que le provoca una tendencia al mal, sus pasiones se desordenan y a veces se revelan en contra de la misma voluntad, aún cuando ésta pueda querer hacer el bien. El pecado es la triste experiencia del hombre, que parece condenarlo sin remedio. Pero Dios no abandonó al hombre, sino que lo fue llevando poco a poco hasta su plan de salvación.
Dios se revela al hombre, como el Dios Único, y revela su ley moral natural, a los judíos en primer lugar, por la Revelación sobrenatural, que es anunció, cada vez más explícito, de la Salvación mesiánica; y a los gentiles también, por la revelación natural, Dios que nos habla en la creación, en la que el hombre puede alcanzarlo por su inteligencia.
Entonces aquí se aprecia un doble bien: la capacidad del hombre de ser sanado, no por sus propias fuerzas sino por la fuerza de Dios; pero posibilidad real al fin, de lo que se desprende que la humanidad caída es una naturaleza enferma por el pecado, pero no muerta. ¿Cómo sabemos que el hombre no puede sanarse por sus propias fuerzas? San Pablo responde que la triste experiencia del pecado lo comprueba, “judíos y griegos (mundo gentil) están bajo el pecado, como dice la Escritura: No hay quien sea justo ni uno sólo” (Rm 3,10); pues los judíos por no cumplir la Ley que les fue dada y los gentiles por no cumplir la ley natural y no descubrir al Dios invisible que se manifiesta en lo visible de la creación (Cfr Rm 1,20) están bajo la cólera de Dios.
Pero esta triste experiencia es parte del plan de Dios, pues ha permitido la dureza del corazón del hombre para manifestarle así al hombre su condición de dependiente del don divino. En efecto, el hombre caído no estaba muerto, sólo enfermo, pues podía conocer la ley divina (ya sea en la creación, por su inteligencia, o en la Ley, por la revelación), pero por su misma enfermedad no tenía la fuerza para cumplirla. ¿A qué viene conocer una ley que no se puede cumplir? Dios da la ley a un hombre que no puede cumplirla para que, al ver su impotencia, implore al Autor Divino de esa ley la gracia necesaria para cumplirla. Este hombre capaz de algún bien, no es capaz de un bien total, ordenado y completo, sino que flaquea en su intento, pero aún en él pervive ese deseo de algo superior, pues es a eso a lo que está llamado. Tal es el hombre heredero de Adán, enfermo por el pecado, condenado a la muerte (salario del pecado, cfr Rm 6,23), pero al que Dios, lejos de abandonarlo, llama a la Salvación.
Po
r eso en san Pablo no tiene cabida ni la posición protestante, en donde el hombre heredero de Adán está completamente corrompido por el pecado, incapaz de salvación intrínseca; ni la de Pelagio, en donde el hombre adámico es un ser totalmente capaz del bien, aún cuando éste pueda ser difícil de lograr. San Pablo nos sitúa con la verdad católica en el medio de estas dos herejías y defiende su argumentación no sólo con la Escritura, sino que con la experiencia cotidiana de cada hombre y de la humanidad en general.
Este hombre enfermo que no puede salvarse por sí mismo, sí puede ser salvado por Dios, entrando así en una nueva etapa de la humanidad.

c. Naturaleza redimida.
“Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor” (Ef 5,8). La regeneración del bautismo ha producido en el cristiano una nueva condición que tiene en sí un doble efecto: Sana la naturaleza de la enfermedad del pecado y eleva al alma a la unión con Dios. En ambos efectos se llega a una condición superior a la de los primeros padres, y esta superioridad es mayor aún por cuanto llegará a su plenitud en el cielo.
Veamos el primero de estos efectos: sana la naturaleza enferma. San Pablo no habla de una curación de la naturaleza enferma, pues la nueva vida en Cristo no sólo es curar sino que es reemplazar lo enfermo por lo nuevo, es una regeneración, es nacer de nuevo, dejar la vida de pecado por vida de justicia, por eso el nombre propio de esta regeneración es el de justificación, es hombre es hecho justo ante Dios.
Lutero planteó la herejía de la justificación extrínseca, haciéndola ver sólo como un decreto divino que no producía un cambio ontológico en el ser humano. Tal concepción no tiene cabida en la teología de san Pablo. Los protestantes se valen de expresiones que aparecen en San Pablo sobre que Dios cubre nuestros pecados y nos reviste de justicia, pero estas expresiones hay que entenderlas en el sentido que quiere darles san Pablo. Para el apóstol de las gentes, como para el resto de los apóstoles, la justificación obrada en el Bautismo es un nuevo nacimiento, regeneración, el hombre es una nueva criatura, siendo el revestimiento de Cristo una participación más plena y perfecta en su vida divina, por la participación de él en nuestra humanidad. San Pablo va más allá, la regeneración del bautismo no sólo es un nuevo nacer, es también una nueva creación, pues la creación entera se ve favorecida de ella y renovada por la Redención universal de Cristo (Cfr Rm 8, 20-22). Es significativo que san Pablo cuando describe la nueva situación de los creyentes use una palabra que nos hace remontarnos al génesis; cuando dice “en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor” (Ef 5,8), hace pensar en el relato de la Creación en el libro del Génesis (1,3) que habla de que en esas tinieblas iniciales del no-ser Dios dijo hágase la luz (y la luz se hizo)
El hombre redimido lo ha sido en su mismo ser. Pero esta renovación se da en dos etapas, la primera es en este mundo y la segunda es la plenitud de esta vida en el cielo. La vida del cristiano en este mundo todavía siente en parte los efectos de la caída original, una ley oculta que convierte la vida del cristiano en lucha, pero una lucha en la que Dios da las armas del triunfo y el triunfo final; el cristiano redimido no ha sido sacado del mundo por lo que debe combatir aún contra el mal, que incluso puede venir desde su misma carne, la clave de este combate es la mortificación (cfr Col 3,5 “mortificad vuestros miembros,” del griego mortificar, hacer morir), pues el cristiano, por la Cruz del Señor, está crucificado para el mundo y el mundo crucificado para él, muertos al mundo “si vivimos para el Señor vivimos (Rm 14,8)
Ahí viene el segundo efecto de la regeneración en Cristo: elevar el alma a la unión con Dios. Esto puede aparecer como consecuencia del primer efecto, pero es la finalidad de este. El fin de la Encarnación y la justificación es la unión de los hombres y Dios, por el amor (cfr Ef 1,4).
San Pablo sabe que el cristiano es incorporado a las relaciones intradivinas de las personas de la Trinidad, debido a su especial configuración con Cristo, pues la Iglesia es “el cuerpo suyo, la plenitud (pleroma) del que recibe ella su complemento (pleromenu) total y universal” (Ef 1,23). La deificación, de la que hablaron los Santos Padres, es para san Pablo una participación del cristiano en la vida divina, pero no sólo participación de la naturaleza divina (divinæ consortes naturæ, 2Ped 1,4), si no de la vida divina (cfr Gal 6,20), y esta vida es la unión del amor de las Tres Divinas Personas. Por eso las relaciones del cristiano con Dios ya no son las de una simple criatura, son de amistad, y la amistad es personal: esto es el camino de solución a un problema teológico el de la inhabitación trinitaria.
Sabemos, y es verdad de fe, que todas las obras ad extra de Dios son comunes a las Tres Divinas Personas, esto porque el principio operativo (la naturaleza divina) es común a los Tres; pero ¿Qué pasa con la inhabitación trinitaria? Los textos de la unión del cristiano con alguna de las divinas personas son demasiado claros para suponer que se refieren a apropiaciones de algo que es propio de una unión de naturaleza, el cristiano no tiene relaciones de amistad con la naturaleza divina, sino con cada persona divina, ¿cómo puede ser esto? Porque la inhabitación no es una obra ad extra de Dios, sino que puede ser llamada ad intra ¿cómo? Porque las relaciones de Dios con el cristiano son por el amor y el amor es siempre una comunicación personal, no de naturaleza, sino de la persona en cuanto tal, por eso se puede dar esa comunicación personal con Dios sin romper el dogma sobre las obras ad extra, pues el amor de Dios es lo propio de Dios (Dios es amor, las relaciones del Padre y el Hijo y el Espíritu Santo constituyen un solo Dios por la unión amorosa), y el cristiano es sumergido en esa comunión de amor. Tal es la deificación en san Pablo, no tanto una participación en la naturaleza, sino una participación en la vida intradivina de la comunión personal trinitaria del amor. Por eso cada Persona Divina se halla “inhabitando” en el cristiano al modo propio de su ser intradivino; esto también explica las misiones divinas (el Padre envía al Hijo; el Padre y el Hijo envían al Espíritu), que tampoco rompen la Trinidad, sino que la comunican a la criatura racional (única ontológicamente capaz de la comunión de amor) por pura gracia.
Por eso, aún cuando la plenitud de lo que seremos sólo se verá en el Cielo, para san Pablo ya existe una vida escatológica, pues la Redención no sólo habla de bienes futuros, sino de la vida de unión del cristiano, sanado del pecado (justificado por gracia), llamado a la comunión de amor con las Personas divinas (cfr 2Cor 13,13). Tal es la suerte del hombre redimido, salvado por el amor divino de la naturaleza caída, pero elevado a dimensiones más altas que las de Adán (cfr Rm 5,17).



III. La Naturaleza Humana de Jesucristo.

a. La Humanidad de Cristo
Otro punto esencial para entender la visión que tiene san Pablo sobre el hombre es captar lo que afirma sobre Jesucristo, quien si bien es el “gran Dios” (Tt 2,13), es también uno de nosotros, “nacido de mujer” (Gal 4,4). San Pablo afirma con toda claridad la divinidad de Cristo, pero a la vez confiesa su humanidad verdadera, dos naturalezas completas y una sola persona, como enseñaría el Concilio de Calcedonia en el siglo V.
Todo parece indicar que san Pablo no conoció a Jesús durante la vida mortal de éste. Puede, sin embargo haber oído hablar de Jesús y de sus milagros, pero no parece haber tenido nunca un encuentro personal con él o con alguno de los doce apóstoles. Antes de la experiencia de Damasco, Jesús es alguien ajeno a Pablo, un enemigo de las tradiciones de Israel, a quien debe combatir por amor a Dios y a su religión. Dios es el principal motor de Pablo, por amor a él persigue encarnizadamente a los que él equivocadamente considera enemigos del Dios de Israel, y luego, por amor al Dios vivo y verdadero, predicará el Evangelio a los gentiles y dará su vida como testimonio en Roma.
Pero esta fe religiosa no es algo abstracto en san Pablo, es una convicción personal y totalmente asumida. Aún cuando dijimos que no conoció a Cristo antes de su conversión, hay que decir que esta misma conversión tiene que ver con una experiencia personal de encuentro con Cristo. San Pablo no predica una idea, por convincente que parezca, él predica a una persona, predica a Cristo y a éste crucificado; con verdad afirma que él ha visto a Jesús (1Cor 9,1; 15,8), fue a Cristo a quien encontró en el camino (Gal 1,12) y fue a Cristo a quien Pablo perseguía (Hch 9, 1-18). No fue una experiencia religiosa puramente subjetiva, como una visión o un éxtasis psicológico, si no que se encontró con Cristo Resucitado. La experiencia debió tal vez ser traumática, pero el perdón divino dispensado por el Señor a Pablo, por pura gracia, dejó en su alma una huella que es más impresionante que la manifestación camino a Damasco.
San Pablo “conoce” a Jesús, y por eso el Evangelio no es para él sólo una buena y convincente doctrina, si no que es vida. Pablo es amigo de Cristo, Cristo llena su vida, Cristo es la vida de Pablo (cfr Gal 2,20), y si Pablo es hijo de Dios lo es por participar de la vida del Hijo Eterno del Padre (Gal 4,5)
San Pablo hace muchas alusiones a la vida divina de Cristo, su preexistencia eterna, pero su mayor hincapié es siempre en la humanidad del Salvador, la cual pasa por dos estados: la vida mortal y la vida gloriosa. Estas dos existencias humanas de Cristo marcan la Redención universal.
La primera es la humillación de Dios, quien teniendo la grandeza de ser tal, no tuvo a mal hacerse uno de nosotros. Cristo es verdadero hombre, que asumió en todo la humanidad (menos en el pecado), sin ostentar su categoría divina, incluso sometiéndose a la obediencia y a la muerte. Esta es la existencia de Cristo que teniendo la forma de Dios (morfé theú) asumió la forma de esclavo (morfé dulú) por nosotros (Ef 2, 5-7)
La segunda existencia humana es el premio a la primera. Su obra redentora realizada en esa humanidad muerta en muerte de Cruz (Ef 5,8), ha hecho que Dios lo levante, en cuanto hombre, sobre todas las cosas, con el Nombre sobre todo nombre, constituyéndolo Señor (Kyrios) ante el cual se debe doblar toda rodilla en el cielo y en la tierra (Ef 5, 9-11).
Es importante decir que la humanidad de Cristo es siempre total y verdadera, aún en su estado de glorificación, Cristo sentado a la diestra de Dios Padre y constituido Kyrios, sigue siendo plenamente humano. Por eso san Pablo ve en la humanidad del Salvador un modelo para imitar (Cfr. Ef 5,5; etc.)

b. La humanidad en Cristo.
Cristo, al asumir la naturaleza humana, se convierte en cabeza de la humanidad. Así, como Adán lo era por ser el primero de la especie, Cristo lo es porque su humanidad es la humanidad de Dios y porque él es el primero en esta nueva existencia humana según Dios y el primero en el orden escatológico, “es el primero en todo” (Col 1,18), por lo que se convierte en el nuevo Adán (Cfr Rm 5,14).
Esto le da a Cristo un lugar preponderante en el nuevo orden universal instaurado por Él mismo. El nuevo orden es un reino, del cual Cristo, Hijo muy querido del Padre, es el Rey (cfr Col 1,13). Este Reino no es solamente el Reino de lo Cielos del que se habla en los sinópticos, ni siquiera cuando se habla de éste ya presente en la tierra, sino que es un nuevo orden universal, en el que, por la Redención y la gracia del mundo sobrenatural, se ve beneficiado incluso el orden natural; Cristo es “primogénito de toda la creación,” (Col 1,15) el primer nacido de este nuevo orden en donde lo divino llena el mundo y lo ordena a lo sobrenatural, un adelanto, casi sacramental, de “los cielos nuevos y la tierra nueva” (Ap 21,1). Esta restauración universal alcanza a toda la creación, y, por tanto, de forma especial al hombre, quien es la principal criatura del mundo visible. Por esto la humanidad de Cristo produce una renovación de la humanidad en Cristo y por Cristo.
“Lo viejo pasó: mirad se ha hecho nuevo” (2Cor 5,17); en este nuevo orden el Padre ha querido poner a Cristo por Cabeza de todo (cfr Ef 1,10), pero en el caso del hombre Cristo no sólo es Cabeza (tema tan querido para san Pablo) sino que también es el constituyente vital. Cristo no sólo es la Cabeza como líder de la humanidad, sino que (según las visiones antiguas del mundo griego sobre la cabeza) es quien comunica la vida al cuerpo, pero san Pablo da un paso más allá y dice que Cristo no sólo comunica la vida, sino que él es la misma vida del creyente, pues el Padre nos vivifica con la vida de Cristo (cfr Ef 2,5); pero no en un orden puramente natural, pues esto se realiza en el nuevo orden universal instaurado en Cristo; si esto es una nueva creación, entonces san Pablo afirma sin problemas que “de él somos hechura, creados en Cristo Jesús” (Ef 2,10) pues “si uno está en Cristo es una nueva creación” (2Cor 5,17).



IV. La Naturaleza Humana y su Constitución Ontológica.

a. Constitución esencial del hombre.
Esta sección del presente trabajo pretende encontrar los rasgos más filosóficos y abstractos sobre la naturaleza humana, en el pensamiento paulino.
San Pablo, aunque sin explicitarlo (y tal vez sin proponérselo), mantiene el esquema aristotélico sobre la naturaleza humana, con el esquema básico hilemórfico, en donde el alma es la forma y el cuerpo la materia. El hombre es la unión substancial de cuerpo y alma, en la que estos dos elementos son diferentes entre sí, a veces incluso parecen opuestos, pero no se contradicen, sino que se complementan en la unidad del ser humano. Primero veremos la constitución dual del hombre (cuerpo – alma) y después veremos como en algunos pasajes esta constitución del hombre parece ser triple, y también en que se diferencia de la visión aristotélica.
San Pablo ve en la constitución cuerpo y alma (a veces expresada, por un fin teológico, como carne y espíritu) un excelente recurso didáctico para contraponer la naturaleza caída y la vida nueva en Cristo, lo mundano y lo espiritual. Es a través de este tipo de aseveraciones en que uno va descubriendo la antropología metafísica de san Pablo, quien ve esta dualidad, que por el pecado original, entra en conflicto en el hombre, haciendo que las potencias inferiores (las de la carne) se subleven a las superiores (las del espíritu); pero el hombre redimido en Cristo está llamado a vivir según el espíritu. Por eso enseña que la Redención alcanza al cuerpo, no sólo al alma: “Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por obra de su Espíritu, que habita en vosotros” (Rm 8,11) Esta vida según el espíritu hace que el hombre sea hijo de Dios, y si se es hijo también heredero (cfr Rm 8, 14-17).
La unión de cuerpo y alma, como unidad substancial de dos elementos diversos, no sólo le da a san Pablo la posibilidad de hacer una doctrina del espíritu y la carne como tendencias morales opuestas (incluso como modos existenciales diversos), sino que ilustra su doctrina en otros ámbitos. El matrimonio y el celibato, como formas de vida a la cual Dios llama a los cristianos, son realizaciones del plan divino en el cuerpo y el alma del hombre, que se consagran a Dios y a la Iglesia (directa y totalmente en el celibato, e indirecta y mediada por el cónyuge en el matrimonio) en su unidad substancial, pero cada uno desde su propia identidad (cfr 1Cor 7). Otro tema donde se ve la unidad cuerpo y alma y su diversidad natural, es la escatología, pues la gloria final de los cristianos la reciben en sus cuerpos y almas, en todo su ser; el espíritu es glorificado (ya inmediatamente en la escatología intermedia, cfr Flp 1,23) al conocer a Dios y gozarse de él, pero san Pablo no menciona transformación en él; mientras que la carne en la resurrección no sólo volverá a su lugar, sino que será transformada, pues ella, formada según el primer Adán ser transformada según el nuevo Adán, para ser incorruptible (cfr 1Cor 15, 35-49).
Sobre el modo de la unión del alma y el cuerpo, san Pablo no parece dar una explicación precisa ni técnica, pero podemos inferir a partir de sus escritos y de las consideraciones recién expuestas que se inclinaba a pensar en una unión virtual y no física de ambos compuestos esenciales del ser humano. Los judíos pensaban que el alma residía en la sangre de los vivientes (cfr Lv 17,11) por lo que se sigue una unión física del cuerpo y el alma, pero san Pablo parece no aceptar esto más que como una metáfora, que aunque con cierta importancia, no dejaba de ser sólo una metáfora. Pero si pensamos que san Pablo pensaba en una unión virtual, es decir, que el alma se une al cuerpo como la forma a la materia, relacionándose entre sí como el acto y la potencia (respectivamente), lo podemos basar en la idea antes dicha sobre la composición cuerpo–alma en san Pablo, en donde el santo parece sostener una idea cercana a Aristóteles, y que el santo resalta la supremacía del alma (2 Cor 4,16; 5,8) pero subrayando la realidad del cuerpo como parte integrante de la naturaleza (1Cor 6,19; Rm 12,1).
Pero hay textos en que la constitución de la naturaleza humana pareciera ser triple. A los tesalonicenses san Pablo les decía que oraba para que Dios los santifique íntegros, en todo su espíritu, alma y cuerpo, para la venida del Señor (cfr 1Ts 5,23). ¿Esto contradice lo anteriormente dicho? Ciertamente no, pero hay que decir que estos textos revelan que san Pablo tiene una visión que supera a la de Aristóteles, y que, más tarde, será una de las novedades filosóficas de los santos Padres. El hombre es un compuesto de cuerpo y alma, un elemento material y otro espiritual, pero afirmar esta dualidad puede hacer que, por reforzar un aspecto se pierda el otro, y así se dieron en la antigüedad (¡y aún en nuestros días!) muchas filosofías que limitaban al hombre a ser puro espíritu (el cuerpo es algo extrínseco, un envase, pero no el hombre) o puro cuerpo (materialismo, siempre de corte ateo o panteísta); Pero el cristianismo hablaba de la novedad del hombre como uno, en su cuerpo y en su alma, pero uno. La visión paulina integraba un tercer elemento al Psoma (cuerpo) y a la psijé (alma) que era el pneuma (espíritu) pero no entendido únicamente como espíritu, sino como aquel principio unificador del hombre, y lo identificaba con el espíritu, pues constituía al hombre un ser con pneuma imagen del Pneuma divino. El espíritu buscaba significar la unidad del cuerpo y el alma en algo superior, que en san Pablo no encuentra otro término filosófico que lo exprese mejor, y que sólo encontraría respuesta en lenguaje filosófico siglos más tarde, cuando santo Tomás descubra el ser (esse) como la perfección primera de los seres, sustento de toda actualidad y perfección; la constitución humana no sólo era su esencia (cuerpo y alma), hay una aún anterior que es la de esencia y ser, el ser es la que da actualidad ontológica a la esencia (naturaleza), el substrato último. En esto san Pablo supera a Aristóteles, y se soluciona el falso problema de la constitución de la naturaleza humana en san Pablo como dualidad o trinidad.

b. La Perfección natural.
San Pablo nunca habla de una perfección puramente natural, sin la ayuda de la gracia, pues sabe que esto es imposible para el hombre caído, pues los hijos de Adán, a causa de la herida dejada por el pecado original en la voluntad, son “incapaces de toda obra buena” (Tt 1,16) Pero esta misma herida es subsanada por la Redención en Cristo, y el hombre puede aspirar a vivir de un modo plenamente humano, dando un trabajo fecundo (Flp 1,22), pero apoyado en Cristo.
Por eso, cuando veamos ahora la perfección natural según san Pablo, no lo haremos pensando como opuesto a lo sobrenatural (contraposición de obras hechas con o sin la gracia de Dios en el alma), sino que lo haremos como contrapuesto a lo accidental (como perfección esencial, de la naturaleza humana, aunque ya redimida por Cristo, opuesto a alguna perfección accidental, que pudiese estar presente o no, sin influir en la naturaleza). Pero este análisis también incluye un aspecto de entender la perfección natural como opuesta a la sobrenatural, en el sentido que nos limitaremos a la perfección moral (y sabemos que la ley moral es natural y cognoscible por la razón natural) y no a la perfección mística o espiritual, en el camino de perfección de índole puramente sobrenatural y de fe.
El primer aspecto que hay que precisar es si san Pablo reconoce la ley moral como cognoscible por la razón (y por tanto su cumplimiento es exigible a todos los seres humanos, aún aquellos que no tienen fe) o solamente la restringe a la moral revelada por Dios, principalmente en el decálogo (y por ello sólo exigible en su cumplimiento a quienes tienen fe). La respuesta de san Pablo es clara: la ley moral se puede conocer por la fe y por la razón, nadie (con o sin fe) está eximido de su cumplimiento. Para quienes tienen fe Dios ha revelado la ley moral en la Escritura, a fin de encontrar en ellas vida eterna (cfr Jn 5,39), por lo que quienes han recibido la Revelación, por ella son juzgados (cfr Rm 2,12). Paralelamente, quienes no tienen la Revelación (para san Pablo el mundo griego gentil) tampoco tienen excusa, pues “lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras” (Rm 1,20), así que en la creación se ve reflejada la sabiduría de su Autor. Este es un punto muy importante de la teología paulina, pues es la manifestación de la armonía entre lo natural y sobrenatural, la fe y la razón, la filosofía y la religión, todo con un mismo Origen y Autor, en diversos modos, fines y órdenes, pero en plena armonía y nunca en contradicción. Es lo que santo Tomás afirmará más tarde con toda su doctrina, y precisando aún más, señalando que el orden sobrenatural no sólo no se opone al natural, sino que lo supone, es decir, la gracia se infunde en la naturaleza, no anulándola sino elevándola. Por eso san Pablo ve en la creación visible un reflejo de la Revelación, y con ella el mundo gentil (que no tenía las Escrituras) debía encontrar a Dios, darle culto y llevar las relaciones de amor y respeto al prójimo. Ahora bien, esta doctrina de san Pablo está incompleta sino se dice que ni la Ley (para los judíos) ni sus puras fuerzas naturales (para los griegos) bastaron para justificarlos, pues ambos terminaron cayendo en el pecado (Rm 3,23); la ley moral puede ser conocida (por fe o razón), pero este conocimiento no lleva consigo las fuerzas necesarias para cumplirla; ambos (judíos y griegos) se justificarán, ya no por la Ley ni por las puras fuerzas naturales, sino por la gracia de Cristo; no es el hombre el que se salva a sí mismo, sino que es la “justicia de Dios por la fe en Jesucristo… por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada” (Rm 3, 22.24). La fe por tanto no elimina el valor de la Ley (revelación de la ley moral), sino que la consolida (cfr Rm 3,31), pues Dios nos dio a conocer la ley moral por la Revelación, pese a que hubiésemos podido hacerlo por la sola razón, para que al conocer sus preceptos lo hiciéramos en orden, con claridad y sin mezcla de error; La fe no elimina la revelación, la plenifica, Cristo es la plenitud de la revelación, que no vino a abolir la Ley sino a dar cumplimiento (Mt 5,17).
Lo anterior indica el sujeto de la ley (todo hombre), pero hay que detenerse en el objeto de la ley (sus preceptos). Todo aquel que practica la ley es justo, quien no lo hace es injusto; pero lo único que nos justifica es la fe en Cristo por la gracia, porque sin ella no podemos obrar la justicia, es decir, cumplir la ley. ¿Qué cosa en concreto? La respuesta se atisba cuando san Pablo da la lista de aquellos que no cumplen la ley, es decir, son injustos y no heredarán el Reino de Dios: “¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios” (1Cor 6, 9-11). Esta lista, sin ser exhaustiva, remite necesariamente al Decálogo (Ex 20, 1-17; Dt 5, 6-22), el que, también en su mayoría con fórmulas negativas, da las pautas de conducta necesarias para el cumplimiento de la ley moral natural, según el orden preestablecido por Dios. La moral de san Pablo es la misma que la del Decálogo, pero con dos diferencias: por la gracia de Cristo, ya no sólo se cuenta con el mandato, sino que también Dios da la fuerza para cumplirlo, y, en segundo lugar, han sido renovados en su contenido por la novedad del Evangelio.
Entonces se afirma que la moral paulina contiene el mismo contenido que la moral del Decálogo, pero con la renovación que les dio el mensaje de salvación de Cristo. Veamos esto.
El primer y principal precepto del Decálogo ha sido renovado, pues ya no es sólo amar y adorar a un Dios lejano a quien no se le puede ver el rostro sino sólo la espalda (cfr Ex 33, 18-23), pero Cristo cambia esta realidad, al mostrarnos el rostro de Dios, pues “Él es imagen de Dios invisible” (col 1,15), y Él, en quien “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2,9), se nos presenta, no llamándonos siervos, sino amigos (cfr Jn 15,15), en una relación cercana, incluso familiar (cfr Ef 2,19), con relaciones de amor íntimas con el Dios Uno y Trino, de quien no sólo conocemos ya el Misterio de su vida íntima trinitaria, sino que además vivimos y participamos en él (cfr 2Cor 13,13).
Esta relación de amistad por Cristo también renueva los otros dos preceptos siguientes del Decálogo, pues ahora al honrar el Nombre divino sabemos que Cristo, nuestro modelo, es quien recibió el Nombre sobre todo nombre (cfr Flp 2, 5-11). También sabemos que el día del Señor ya no es el día del descanso, sino el día de la actividad de Dios: el día en que Cristo resucitó de entre los muertos; el día en Dios envió su Espíritu a la Iglesia, y el día en que esta misma Iglesia, reunida en su Nombre, se reúne a celebrar la comunión con el Cuerpo y Sangre de Cristo (cfr 1Cor 11,26).
El resto del decálogo también se ve renovado por la acción salvadora de Cristo, en quien “todo me es lícito,” pero sabiendo que “no todo me conviene” (cfr 1Cor 6, 12), y con la conciencia que la vida en Cristo es un llamado a una perfección pues nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo y que ya no nos pertenecemos (cfr 1Cor 6,19).
Tal vez podamos establecer citas de san Pablo para cada uno de los preceptos de la Ley, pero es innecesario, si tomamos en cuenta que él mismo los resume en una máxima muy sencilla: “Tened entre vosotros lo mismos sentimientos que Cristo” (Flp 2,5), es decir, “Haced todo con amor” (1Cor 16, 14)

c. La Perfección sobrenatural.
El llamado del Maestro: “Si vis perfectus esse…” (Mt 19,21) encuentra su eco en san Pablo, quien invita a los discípulos a “un camino más excelente” (1Cor 12, 31)
El cumplimiento de la ley moral, auxiliado por la gracia, es imperativo para todos; es lo mandado. Pero si el discípulo quiere ir más vivir la vida de Cristo, debe querer aspirar a más, a un nivel óptimo de perfección, que no es obligatorio por la ley, sino imperado por el amor, es lo aconsejado.
¿Cómo se llega a este nivel de perfección? Todos estamos llamados a ser santos y perfectos como Dios (Ef 1,4; 5,1), y no habiendo otra perfección humana posible que la sobrenatural hay que decir que perfección y santidad se identifican. Pero si se pone a Dios como modelo de perfección, entonces hay que recordar que Dios es Amor, por lo que la perfección cristiana consiste en configurar nuestra existencia con la divina, vivir del amor: la perfección de la caridad y el ejercicio de todas las virtudes bajo el imperio de la caridad.
“Dios nos ha elegido en Cristo, antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1,4); este llamado universal a la santidad por el amor, denota dos alcances: uno, es un llamado que alcanza a todos; y, dos, que sólo se consigue por la caridad. Veámoslo punto por punto.
“Dios nos ha elegido en Cristo…” expresa la sobrenaturalidad de la vocación de la perfección, pues la perfección humana sólo se consigue en Cristo y por gracia, de otro modo es imposible. Este llamado es a “santos,” y es un llamado universal, que entra en el plan salvífico de Dios establecido “antes de la fundación del mundo,” y en el que están incluidos judíos y gentiles, pues “nada cuenta ni la circuncisión ni la incircuncisión, sino la creación nueva,” (Gal 6,15) obrada por la Redención de Cristo.
Pero esta santidad no se da en las obras, las cuales, aunque necesarias pueden ser también arma de doble filo que haga que el corazón se engría. La santidad se da “en el amor.” San Pablo dice que el amor es un camino más excelente (1 Cor 12,31), en donde el cristiano encuentra su perfección, más allá de caminos particulares o de algún carisma especial. Todo el capítulo 13 de la Primera Carta a los Corintios es un himno al modo de vivir de los cristianos que viven según el amor.
Ahora bien, este amor el hombre no consigue por su propio esfuerzo, no es amor humano, es caridad sobrenatural, que se obtiene por gracia. Es Dios mismo que por la gracia santificante eleva la naturaleza humana hasta el punto de hacerla partícipe de la naturaleza divina y capaz de actos sobrenaturales meritorios de la vida eterna. ¡No sólo Dios ha puesto en nosotros la capacidad de amar sobrenaturalmente por la gracia, sino que Él mismo ha venido a habitar en nuestros corazones, siendo él mismo una gracia increada! Esta doble acción de Dios en nosotros (elevar el alma haciéndola capaz de amor sobrenatural e inhabitar el alma del justo) que se produce en un único proceso de santificación, san Pablo lo resume maravillosamente diciendo que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5).
Esta perfección en el amor es lo que llamamos vida mística, es decir, la vida de los dones del Espíritu Santo actuando en nosotros. Aún cuando la espiritualidad progresista intenta centrarse en la acción, abandonando (y hasta denostando) la vida mística, se debe reafirmar la vocación mística de todo bautizado. La vida mística no es una vía extraordinaria con señales maravillosas, en las que ni siquiera habrá que fijarse necesariamente (san Pablo mismo a las propias no les da más importancia que las que tienen, 2Cor 12, 1ss); si la vida mística es la perfección de la caridad sobrenatural, todos están llamados a esta vida, pues el precepto que dice: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” (Lc 10, 27), es universal. El amor es el camino a la unión mística con quien es el Amor substancial.
La caridad es contemplación amorosa y orante, pero también es búsqueda y lucha cada día. La lucha es contra potencias sobrenaturales y contra nosotros mismos; batallando constantemente, pero sabiendo que Cristo está con nosotros, pues Dios ha derramado su amor por el Espíritu (Rm 5,5). La lucha no nos debe desanimar, antes bien debe llevarnos a la paz y tranquilidad interior, por la esperanza, pues ese luchar por vivir del amor, es ya un vivir de amor.. La perfección, entonces, no está en tener ya la perfección de la caridad, sino en tender hacia ella, pues en esta vida se puede seguir creciendo indefinidamente en el amor.
El amor es la vida de la Iglesia. Nosotros, que somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo, experimentamos y realizamos la vida de Cristo en el amor. Este vivir de amor, se realiza desde cada vocación particular. Todos, cada uno en su lugar, nos podemos santificar en el amor y caminar a la perfección mística, que no es otra cosa que la unión amorosa con el Dios Trino que es amor..
Existe un muy hermoso resumen de esta doctrina de perfección en el amor y la vida de fe en la Iglesia, que es el Cuerpo místico de Cristo; ambas doctrinas claves en la teología de san Pablo. Esta idea, sin la cual no quisiera terminar este apartado sobre la perfección del hombre a la luz de san Pablo, la desarrolló santa Teresita del Niño Jesús, aquella maestra de la infancia espiritual, cuando meditaba sobre sus anhelos de perfección y buscó la respuesta en la Escritura, topándose con los capítulos 12 y 13 de la primera carta de san Pablo a los corintios:

“Como durante la oración mis deseos (de vivir todas las vocaciones) me hacían un verdadero martirio, abrí las cartas de san Pablo a fin de buscar allí alguna respuesta. Di justamente con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los corintios. En el primero leí que todos no pueden ser apóstoles, profetas, doctores, etc., que la Iglesia se compone de diferentes miembros y que el ojo no podría ser mano al mismo tiempo. La respuesta era clara, pero no daba satisfacción a mis deseos, no me daba la paz… Sin desanimarme continué mi lectura y esta frase me alivió: “Ustedes por su parte, aspiren a los dones más perfectos. Y ahora voy a mostrarles un camino más excelente.” Y el apóstol explica cómo todos los dones más perfectos son nada sin el amor; que la caridad es el camino excelente que conduce con seguridad a Dios.
Por fin había hallado reposo, al considerar el Cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo, o más bien, quería reconocerme en todos. La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tiene un cuerpo compuesto de miembros diversos, no le falta el más necesario, el más noble de todos; comprendí que la Iglesia tiene un corazón y que ese corazón está ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor hace obrar a los miembros de la Iglesia, que si el amor llegara a extinguirse los apóstoles no anunciarían ya el evangelio, los mártires se negarían a derramar su sangre. Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y todos los lugares, en una palabra: que es eterno.
Entonces, en los transportes de mi alegría delirante, exclamé: ¡Oh, Jesús, Amor mío!, ¡Por fin he hallado mi vocación: mi vocación es el amor!
Sí, he encontrado mi lugar en la Iglesia, y ese lugar tú mismo me lo has dado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor, así lo seré todo, así veré realizado mi sueño.”
Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz,
Manuscrito Autobiográfico B
“Historia de un Alma,” Capítulo IX



V. Conclusión: El Hombre según San Pablo.

“El primer hombre, de la tierra, terrestre; el segundo hombre, del cielo. Cual el terrestre, tales también los terrestres; y cual el celeste, tales también los celestes. Y como llevemos la imagen del terrestre, llevaremos también la imagen del celeste” (1Cor 15, 47-49)
San Pablo tiene una visión del hombre que va marcada por el estado en que se halla la humanidad, según la condición en que ha quedado por el pecado o por la gracia. Dos son los estados del ser humano:
El primer hombre es Adán. Este es el primer orden, que rige a todos los nacidos bajo esta ley de pecado (cfr Rm 5,12). Este estado es el de la primera creación, pero no responde a la creación según el plan original de Dios, sino que el hombre en su libertad ha decidido abandonar a Dios y optar por el pecado: Su consecuencia es la muerte (cfr Rm 6,23) introducida al género humano y, por él, a toda la creación. La característica de esta humanidad es que es una raza que se aleja de Dios (cfr Col 1,21) y que no tiene fuerzas para vivir el bien moral; enferma como está, no puede salvarse a sí misma. Clama por un Salvador, pues todos sus hijos están condenados al triste estado del pecado.
El segundo hombre es Cristo. Este el nuevo orden, que rige a todos los renacidos en las fuentes bautismales. Este es el estado de la nueva creación (2Cor 5,17), que responde al plan misericordioso de Dios (cfr Ef 1, 9-10), quien permitió la desobediencia del hombre, para darle bienes abundantes de amor y gracia. No es un estado al que el hombre haya llegado por sí mismo, sino se le ha dado por pura gracia. El Gran Reconciliador de los hombres con Dios, es Jesús, que es verdadero Dios y verdadero hombre, quien, a diferencia de Adán, no ha sido constituido Cabeza de la humanidad por ser el primero solamente, sino que por su naturaleza divina eterna (cfr Flp 2,6), y por que Él mismo se ha ganado ese derecho, en su abajarse y anonadarse (cfr Flp 2,7), hasta la muerte y muerte de cruz (cfr Flp 2,8), y resurgir glorioso del sepulcro, vivo y triunfante por los siglos (cfr 1Cor 15,20). Esta es la humanidad que clamaba salvación y la ha obtenido, de un Gran Dios (Tt 2,13), nacido de Mujer (Gal 4,4), que es Imagen de Dios Invisible y Primogénito de la Nueva Creación (Col 1,15).
Así como para san Pablo, el primer hombre es imagen de los hombres en su estado caído (cfr 1Cor 15,47); de igual modo, Cristo es la imagen de los que el hombre puede llegar a ser, y de lo que, de hecho, está llamado a ser. Cristo es modelo de la nueva humanidad, pero con una ventaja: Él comunica su Espíritu (cfr Rm 5,5) para que los hombres tengan las fuerzas necesarias para alcanzar esta meta. Y todo esto es por gracia y no por las obras.
Pero esta salvación alcanzará al hombre en su naturaleza íntegra: cuerpo y alma, pero aún más, en sus relaciones con Dios y relaciones mutuas y al cosmos en general. Cristo ha asumido toda la humanidad: cuerpo, alma, historia, amistades, entorno, penas, alegrías, problemas, esperanzas, etcétera. Y todo lo asumido es redimido, por lo que todo lo humano cae bajo la Redención de Cristo, que transforma todo con su poder.
Cada cosa será renovada en su situación particular y a su debido tiempo (cfr 1Cor 15, 22-23). Algunas cosas deberán esperar la manifestación gloriosa de Cristo. El cuerpo y el alma del hombre deberán renovarse cada una según su condición propia, primero el alma (cfr Flp 1,23) y luego el cuerpo (cfr 1Cor 15,52), pero ambos recibirán la gloria de Dios, cuando el hombre completo llegue a la plenitud celeste. De esta gloria ya formamos parte, aunque vemos como en un espejo, en la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, quien es la Cabeza y nosotros sus miembros. La Iglesia es presencia de Cristo en la tierra, pero es, además, el adelanto de lo que será el pueblo de Dios en el cielo, pueblo llamado a congregar a todas las naciones, todas las razas y lenguas, bajo Cristo, quien es puesto por el Padre como Cabeza de todo (cfr Ef 1,10).
Por eso san Pablo, al reflexionar sobre el ser humano, no puede hacerlo sin Cristo, pues en Él el hombre encuentra su verdadera existencia, su razón profunda de ser, pues fuimos creados por Él y para Él. Pero esta referencia a la existencia humana en Cristo no sólo parte de una reflexión puramente teórica que hace san Pablo, sino de la observación de las experiencias diarias que le ha tocado vivir como testigo privilegiado de un momento central de la historia, un conocedor de diversas culturas y pueblos, y un hombre de Dios, constituido en pastor de almas, a quienes debió escuchar y atender en sus múltiples necesidades.
El conocimiento de san Pablo sobre el hombre no se desarrolló en una biblioteca, sino que responde a las vivencias propias, en su contacto con otros hombres, en su trato con Cristo (su Dios y Señor, pero ante todo su mejor amigo) y en su oración meditativa de cada día. San Pablo era un hombre de vasta cultura, sin lugar a dudas, pero es ante todo un esclavo de Jesucristo, llamado a ser apóstol y separado para el Evangelio (Rm 1,1), esta es la dimensión que rige sus escritos y la intención primera de sus acciones y exhortaciones. Por eso el ánimo pastoral mueve sus escritos y reflexiones, y sólo desde él podemos sacar la doctrina paulina, que viene impregnada de una rica experiencia natural y sobrenatural.
Tal es la visión de san Pablo sobre el hombre y sobre lo que debe aspirar a ser el hombre: un espíritu renovado, que es capaz de decir que el amor de Dios a sido derramado en su corazón, por el Espíritu Santo que se le ha dado, (cfr Rm 5,5) de tal forma que “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 6,20).








Nota: el texto original incluye notas al píe y citas del original en griego que no pudieron ser transcritos al blog, por lo que si alguien quiere leer esa versión puede pedirla a lasalvat@gmail.com, asunto: Antropología en San Pablo.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Sobre Pedofilia y otras hierbas: La culpa aquí sí es del chancho pero también del que le da el afrecho

* Este artículo y los dos que preceden, están tomados de un blog amigo.
En el campo chileno existe el dicho "La culpa no es del chancho si no del que le da el afrecho," refrán que se utiliza para señalar que la principal culpa de un hecho a veces no es de su autor, si no de aquel o aquello que lo llevó a actuar de esa forma.
En los últimos días se ha armado una severa polémica por casos de pedofilia entre sacerdotes católicos, lo que ha herido duramente el alma de quienes profesamos la única fe verdadera. Ante tales aberraciones uno se puede preguntar:¿qué lleva a todo esto?
La primera y principal respuesta es que estos actos son criminales y por tanto tienen una responsabilidad personal cada uno de quienes han caído en estos actos repudiables. No es culpa de la Iglesia, ni de los obispos, ni de Dios. Los pedófilos, independiente de su cargo, profesión o rango deben ser puestos a disposición de los tribunales legítimos y recibir todo el rigor de la ley.
Ante esto, parecen descartarse todo tipo de responsabilidades comunitarias o asociativas, por lo que la Iglesia en cuanto tal no debiera ser sindicada como responsable de estos casos de pedofilia. Pero esta respuesta es simplona y hay que intentar ir más allá en nuestra consideración. En primer lugar existe responsabilidad criminal en las autoridades que sabiendo de estos casos no sólo no los denunciaron, si no que los ocultaron y trasladaron de lugar a los culpables para evitar escándalos; en este caso la responsabilidad es criminal, pues se hacen complices, y también moral, pues provocan escándalos aún mayores. No deben recibir igual condena las autoridades que al recibir denuncias no tienen medios de prueba, pues las denuncias falsas contra sacerdotes son bastantes comunes, pero sí hay responsabilidad moral seria, cuando no se ponen los medios de investigación necesarios para aclarar la verdad; en estos casos, la pusilanimidad y el temor a escándalos de algunas autoridades puede provocar daños insospechados, por lo que la búsqueda de la verdad es una obligación moral grave.
Pero hay que ir más allá aún. Los casos de pedofilia entre miembros del clero, aún cuando se han denunciado recién en la última década, han sido cometidos desde la década del 70 en adelante. Todo esto coincide con la reforma eclesial promovida por el Concilio Vaticano II y con la introducción del Novus Ordo Missae (nueva forma de celebrar la misa, con el misal de Pablo VI). Seguramente alguien me considerara exagerado o fanático al relacionar dos hechos tan abiertamente diversos (pedofilia y reforma postconciliar), pero sí existe es lícito pensarse la posibilidad de relación, al menos a partir de la conectividad temporal de ambos sucesos.
La Reforma Conciliar del Vaticano II promovió valores determinados que implicaban un cambio doctrinal y disciplinar en la Iglesia. El cambio doctrinal introdujo el ecumenismo y el diálogo interreligioso, lo que ha generado confusión teológica en institutos y universidades católicas (pues ahora se considera lícito disentir de santo Tomás, de los Padres, del Magisterio y de la fe de siempre) y mayor confusión en la gente común (el común de los mortales cree que cualquier religión da lo mismo, todos adoramos al mismo Dios, todos se salvan, el infierno no existe, no importa la fe que uno tenga o si la practica o no, etcétera); el cambio disciplinar (el cual es efecto lógico y necesario del anterior) es lo que se suele llamar "el aggiornamiento," es decir, la puesta al día de la Iglesia, con un nuevo modo de vivir la fe. Este último cambio es el más evidente, pues se ha hecho evidente en la Reforma Litúrgica (la nueva misa, con nuevo, sin latín, sin gregoriano y a veces con bailes y palmas), el nuevo arte religiosos (iglesias como galpones, pinturas religiosas modernistas, esculturas difíciles de entender, etc), monjitas sin hábito, sacerdotes sin sotana y vestidos de civil, sacerdotes metidos en política, pérdida de prácticas piadosas antiguas (rosarios, cofradías, comunión de rodillas, acción católica, etc) y muchas más que todo el mundo conoce de sobra. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la pedofilia? en principio nada, diran algunos, pues esa gente es gente enferma; pero sí existe una relación.
Lo que ha ocurrido es que se ha vulgarizado la fe y con ello se ha mundanizado el sacerdocio católico y la misma vivencia de la fe de cada católico. Lo esencial de un sacerdote es algo sagrado: la celebración de la Misa y hacer presente a Jesús por su ministerio, por eso su misma identidad es sagrada. La carta a los hebreos dice que todo sacerdote es tomado entre los hombres y separado del mundo (Cfr Hb 5,1; 7,26) y el mismo san Pablo dice de sí que es "separado (segregado) para el Evangelio de Dios" (Rm 1,1); pues la identidad misma del sacerdote se vive en lo sagrado, en lo celestial, por lo que la mundanización del sacerdote y del sacerdocio lo que consigue es deformar tanto su realidad al punto de quitarle su esencia e identidad, volviéndolo vacio, por lo que tiende a llenarse con lo que tiene a mano: el mundo, con sus placeres, comodidades y sensualidades; de ahí que hoy en día se hagan comunes las denuncias sobre faltas sexuales del clero, no sólo pedofilia, si no también quienes mantienen relaciones homosexuales y heterosexuales más o menos estables.
Todo lo que se ha hecho para atraer a la gente está terminando por espantarla definitivamente. Hoy en día se multiplican prácticas pastorales para "atraer" a la gente, existen sacerdotes cada vez más "cercanos a la realidad," existen misas cada vez más entretenidas: y lo que va quedando de todo eso son iglesias vacias y sacerdotes secularizados, sin identidad sagrada, mundanizados y que no viven su identidad propia.
El problema de la pedofilia ha puesto en evidencia muchas otras faltas al celibato y a la probidad en sacerdotes (también existen muchos escándalos en materia financiera...); por lo que algunos promueven como remedio eliminar el celibato y radicalizar el aggiornamiento de la Iglesia, modernizándola completamente, es decir, quieren combatir la enfermedad con más de aquello que la provoca.
Hay que denunciar a los sacerdotes infieles (sean pedófilos, homosexuales o ladrones) y que respondan cada uno por sus hechos, sin culpar a la Iglesia o a Dios; pero con la misma fuerza hay que buscar acabar con las causas últimas que promueven el ambiente necesario para que todas estas miserias se den.
Es cierto que escándalos se han dado siempre (partieron con Judas), pero nunca con la fuerza que hoy, pues nunca colaboró con ellos tanto el ambiente reinante (mundanización) como las políticas eclesiales oficiales (desde la promoción a altos cargos de sacerdotes mundanos y la persecusión de los tradicionalistas, hasta la prédica oficial que promueve una religión light e "innovadora"). No es suficiente que se condenen los abusos a menores si no se deja de proteger a los culpables y no se busca una verdadera reforma al clima reinante que favorece la inmoralidad por la secularización.
A algunos se les llama fanáticos por oponerse al Vaticano II y se dice que lo antiguo es sinónimo de impopular. Pero se hace evidente que las doctrinas y prácticas nuevas han permitido un ambiente mundano que fomenta la mundanización del clero (no solamente en materia sexual, si no basta con ver automoviles y casas parroquiales...), irregularidades administrativas, abusos de poder, etcétera.
La fe de siempre es remedio eficaz contra la secularización de hoy, por ello no se debe culpar a la Iglesia (en cuanto tal), a Dios, a la fe católica o al celibato, de actos de quienes en realidad han abandonado todo ello.
En resumen, hay que castigar a los culpables de abusos, pero también hay que buscar corregir todo aquello que da píe a un ambiente que promueve estas irregularidades. Como dirían en el campo, en este caso la culpa sí es del chancho, pero también de áquel que le da el afrecho.

Monólogo interreligioso

Sobre el Concilio Vaticano II, el mundo conservador suele señalar como lamentables los abusos litúrgicos y disciplinares cometidos en nombre del "espíritu" del Concilio, pero así mismo nombran ciertos frutos positivos del Concilio. Estos "frutos positivos" se suelen limitar a dos: presentar una Iglesia cercana a la gente (fruto desmentido con la simple experiencia de ver las iglesias vacias y las caídas del número de creyentes en los censos) y el diálogo interreligioso.
El diálogo interreligioso se suele ver como positivo por el mundo progresista y conservador, y como negativo por el mundo tradicionalista. Pero creo que merece algún comentario más.
Voy a partir este comentario (muy opinable) de un supuesto: "Todo diálogo es bueno." De ahí a priori hay que decir que el diálogo interreligioso (diálogo entre diversas religiones) debiera ser bueno (y, de hecho, me parece que lo es).
Pero existen otros supuestos que hay que considerar, que surgen a partir de la identidad misma de lo que es un diálogo. Diálogo es una palabra de origen griego que se compone a su vez de otras dos: "dia," prepocisión que significa "por, a través de, mediante," y "logos" que significa "palabra, verbo, ciencia, razón." Por tanto el diálogo es el intercambio de "logos" entre dos, mediante el mismo "logos;" un intercambio de lo que hay dentro de las personas, de las identidades, de las razones, de las palabras interiores, de verdades, mediante el uso de palabras externas. Entonces para que haya diálogo se requieren dos entes diversos que mendiante "logos" (palabras) se transmitan y comuniquen logos (verdad, razón).
De ahí que me parece que el Vaticano II y en especial los documentos Nostra Aetate y Dignitatis Humanae y la práctica posterior, lejos de iniciar una era de diálogo interreligioso, han abolido toda posibilidad de este mismo diálogo.
Cuando se sentaron las bases del nuevo diálogo interreligioso (como acercamiento entre católicos y otras religiones) y el ecumenismo (acercamiento entre diversos credos cristianos), se puso como punto de inicio lo que se tiene en común, partiendo de la gran verdad común inicial que todos adoramos a un mismo Dios.
Partamos diciendo algo: Esta gran afirmación inicial es falsa.
La base de una religión es su adoración a un dios, ya sea la verdadera religión que adora al verdadero Dios revelado por Jesucristo (la Santísima Trinidad, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, Único Dios verdadero) y las otras religiones que adoran a otros dioses que son falsos e inexistentes, pero que sus creyentes confiesan como verdaderos. Los cristianos adoramos al Dios revelado por Jesucristo, Uno y Único en ser y esencia, pero trino en Personas (Padre, Hijo, Espíritu Santo), por lo que si alguien niega la Trinidad de Personas Divinas niega la identidad misma del Dios verdadero, por tanto no adora el mismo Dios que nosotros. Por ende, de quién no confiese a Jesucristo como Dios verdadero no podemos decir que adora el mismo Dios que nosotros. Por su parte, los musulmanes, con toda seguridad y justicia, se ofenderán si les digo que yo (que soy de otra religión) adoro el mismo Dios que ellos, pero niego la divinidad de Alá, el dios islámico. Por esto, en sentido estricto, no adoramos el mismo Dios (Nota: no es lo mismo esto que la identificación que se hace cuando Santo Tomás identifica al Dios cristiano con el Motor Inmóvil de Aristóteles en las pruebas de la existencia de Dios, pues ahí existen cualidades esenciales comunes, la base que descubre a recta razón, que no aparecen en el diálogo interreligioso postconciliar, pues, como se muestra en el Encuentro de Asís, oraban juntos Juan Pablo II y el Dalai Lama, cuya religión ni siquiera venera un dios personal, imposible identificarlo con el Dios Uno y Trino del cristianismo).
Pero independiente de la falsedad de esa premisa inicial, supongamos su veracidad. Si adoracemos a un mismo Dios, ya no hay "diálogo interreligioso" por dos motivos:
- No es interreligioso. Pues lo esencial de la religión es la adoración a un dios, así que si se adora a un mismo dios se es de una misma religión (no pertenecen a dos religiones distintas quienes tienen dos visiones diversas de un mismo dios, así no llamamos "diálogo interreligioso" al acercamiento a las otras confesiones cristianas, si no que se le llama ecumenismo); por tanto si es cierto que todos adoramos a un mismo dios, es imposible el diálogo interreligioso, porque seríamos todos de la misma religión, por tanto lo que hoy existiría sería un ecumenismo sincretista extraño.
- No es diálogo. Por que al ser todos adoradores de un mismo Dios, y por eso de la misma religión, no hay dos interlocutores, lo que lo transforma en monólogo y no en verdadero diálogo.

Por esto, la práctica actual no es diálogo interreligioso, si no monólogo sincretista.

Pero hay otro elemento que impide la utilización del término "diálogo" para la práctica actual. Lo esencial del diálogo es el "Logos." Si no hay verdad y razón, es decir, transmisión del logos, no hay verdadero diálogo. Cuando se parte de una premisa falsa (identificación del dios de todos) y cuando se trata de ocultar las diferencias esenciales entre las religiones, disimulándolas en el sincretismo, cuando se oscurecen y relativizan las verdades dogmáticas, en medio de una teología ambigua, lo que se hace es ocultar y negar nuestro logos, lo que no nos deja dialogar con el otro. Las demás religiones nos merecen respeto, por lo mismo debemos acercarnos a ellos con la verdad, con toda nuestra riqueza e identidad, y aceptarlos a ellos con la propia, para que se entablezca verdadero diálogo (entre dos distintos, día, y con palabras con razón, logos), para que quien está en el error llegué a la verdad y quien está en la verdad la comparta con generosidad, y cuando eso no sea posible, se enriquezcan ambos con su experiencia y realidad completa, sin ocultar ni disimular temas que puedan ser incómodos o conflictivos. Ese es el verdadero diálogo, base para todo verdadero diálogo interreligioso o ecumenismo, esas son las bases de la doctrina de los concilios de Florencia, Lyon o Trento, esa es la experiencia de San Francisco predicándole a los musulmanes o de San Francisco Javier llevando el Evangelio por el mundo en las misiones que realizó.

Por eso las doctrinas postconciliares y prácticas como el Encuentro de Asís no han favorecido el diálogo interreligioso, si no que lo han sepultado. Evaluarlo es muy sencillo ¿Cuántas conversiones se han registrado así?

Por eso hoy en día no podemos hablar de verdadero diálogo, si no de un monólogo infecundo, que no permite compartir nuestro más valioso tesoro para el mundo y nuestra más alta obligación, entregar a los demás la verdad de Jesucristo, Logos eterno de Dios (Cfr Jn 1,1).

El pueblo judío y el Estado de Israel frente la historia

Este artículo es, en realidad, un comentario en respuesta a otro artículo de un blog amigo, pero por el contenido de la respuesta nos pareció interesante publicarlo.

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Don Fernando:

Leí con mucho interés su artículo de reflexiones personales sobre los conflictos en Medio Oriente. Ya que me ha invitado a comentar, me daré la libertad de hacerlo. El tema es de variantes múltiples y da para discusiones interminables, por lo que acotaré mi comentario a un solo tema: el papel del pueblo judío en la historia humana y del Estado de Israel en tierra Santa.

El tema de los conflictos en Tierra Santa tiene, como usted bien dice, implicancias que van más allá de lo político, pues hay factores históricos y sobrenaturales que explican el papel histórico del pueblo judío. Pero me gustaría opinar, si se me permite, haciendo algunas precisiones históricas y teológicas. Es cierto que Israel tiene un lugar especial en la historia de la humanidad, por ser el pueblo escogido en la Antigua Alianza. Pero los conflictos de ese pueblo en Tierra Santa no obedecen principalmente a su relación con esa tierra en los eventos del éxodo. A mí me parece que hay dos factores aún más relevantes: uno indirecto, de orden teológico, que es su lugar en la economía salvífica de la Nueva Alianza; y, el segundo, más directo, de orden histórico, que es el Sionismo y la naturaleza del Estado Israelí actual. Me explicaré en ambos casos, primero en sentido teológico y luego histórico.

El factor teológico del pueblo judío.
El pueblo judío fue formado por Dios (porque fue “formado” Dt 32,6; y no sólo, aunque también, “escogido” Sl 135, 4) para ser instrumento de salvación para el mundo (Jn 4,22), haciendo nacer de una Mujer de este pueblo (Is 7,14; Miq 5,2; Gn 3,15; Gal 4,4) al Salvador (Is 11, 1-5) y este Salvador sería Rey de Israel (Jr 23,5), pero no sólo de Israel si no del mundo entero (Is 49,6), pero para ello debía pasar por el sufrimiento (Is 50, 5.7; 53, 1-12). Ese Salvador (que no sólo es un hombre, si no que es Dios mismo encarnado: Is 7,14; Jn 1,1; 1,14; 1,18; Tt 2,13) no fue reconocido (Jn 1,10; 8,19) ni aceptado por Israel (Mt 21, 33-46). Jesús entregado a los romanos es condenado a muerte por instigación de los judíos (Jn 18, 25; 19,16), quienes aceptaron la responsabilidad del hecho (Mt 27, 24-26). En todo caso que quede claro: Cristo murió por los pecados de todos los hombres, así que todos somos responsables de esa muerte; aquí sólo hablo de responsabilidades históricas puntuales y al rol teológico de Israel por su vocación sagrada propia, que le entrega una responsabilidad particular y mayor en a muerte del Salvador, que queda consignada claramente en los evangelios (lo afirma Jesús explícitamente en Jn 19,11 e implícitamente en todo el Evangelio)

Ser la semilla de la salvación y su culpa en la Crucifixión de Cristo le da a Israel un lugar único en la historia de la humanidad, pues siendo el pueblo de Dios fue también el pueblo deicida. Su caída está causada por no reconocer a Jesucristo, lo que los excluye del plan de salvación (1Jn 2, 22-23). Esta caída trajo la salvación del mundo (Mt 21,43), a través de una convocación universal o asamblea universal (eso significa en griego Iglesia católica) por eso la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, instrumento universal de salvación (universal en dos sentidos: primero, por ser destinada a todo el universo; y, segundo, por contener en sí el universo de gracias necesarias para la salvación) y no hay salvación fuera de la Iglesia (Mt 16, 17-19; Jn 3,5; 6,53); pero si la caída de los judíos trajo eso, su rehabilitación (que incluye necesariamente su conversión a Cristo Rm10,4) traerá mayores gracias aún (Rm 11,12), pues Dios no los abandonará, pues el mismo Dios bendito procede de ellos según la carne (Rm 9,5); por esto se dice que la conversión de Israel al catolicismo (de una parte significativa al menos) será señal del fin de los tiempos.

Este destino escatológico de los judíos nos obliga a rezar por su conversión (como lo hace la Misa tradicional en Viernes Santo), costumbre que se ha perdido y difuminado con el diálogo interreligioso post Concilio Vaticano II (si les interesa escribí un artículo sobre el tema del diálogo interreligioso en las últimas décadas - titulado Monologo Interreligioso - en el blog Manete in Veritate: www.maneteinveritate.blogspot.com), pero este destino no aminora la realidad actual (tal vez la causa) y es que muchas veces los judíos son instrumento de persecución para la Iglesia y buscan por incontables medios afectar a la evangelización en el mundo para alejar a la gente de Cristo. Este papel en la historia de la Salvación en la economía de la nueva alianza, ayuda a entender (apoya una reflexión seria, pero no agota la explicación) sobre las vicisitudes de este pueblo y su actitud histórica respecto del catolicismo y de otros enemigos que tienen (por ejemplo los palestinos).

El origen histórico del actual Estado
Para entender la historia reciente del Estado de Israel, hay que atender a su origen histórico. No creo que se deba relacionar tanto al actual Estado judío con el Israel del Éxodo, conducido por Moisés por el desierto; pues la naturaleza y vocación del Israel veterotestamentario es sobrenatural, es decir, procede de Dios y hacia Él debía tender. El actual Estado israelí (Estado más preciso aún que referirse a la nación judía) es de carácter totalmente diverso, surgiendo en 1947, pero teniendo sus raíces en el movimiento sionista del siglo XIX.

Desde su destierro a manos del Imperio Romano y destrucción de Jerusalén (sucesos anunciados por Cristo), los judíos tuvieron el anhelo de volver a su tierra, la que con el correr de los siglos sería ocupada por diversos pueblos, hasta radicarse ahí los palestinos. En el siglo XIX surge el movimiento sionista, que buscaba la constitución de un estado judío (en principio no se determinó el lugar, de hecho se les ofreció un sector de África, luego se fue imponiendo la tesis de hacerlo en Tierra Santa). El movimiento fue financiado por particulares judíos europeos principalmente vinculados al mundo financiero (en Inglaterra y en menor medida en otros lugares, como Alemania, Francia, USA, etcétera), que promovieron la compra de tierra en suelo palestino. Todo esto surge en el contexto de las revoluciones nacionalistas europeas (por ejemplo la unificación italiana) y tras el influjo político de las revoluciones liberales hijas de la Revolución Francesa (como en la Europa de los años 1830 y 1848). El sionismo, por tanto, no era por tanto un movimiento religioso, si no de corte laicizante, como el de los otros procesos políticos europeos decimonónicos (en su mayoría); así, el sionismo estaba fuertemente vinculado al movimiento masónico judío y no se presentó como una reivindicación de corte religioso.

Su vinculación al Éxodo (y su implantación en Jerusalén) no es de corte teológico, si no por exacerbar el nacionalismo del proceso, aunque también para darle un tiente mesiánico pero en el sentido puramente inmanente y humano de ese término, al estilo del mesianismo marxista. Por esto mismo, esta obra (el movimiento sionista, la recuperación de Jerusalén y la constitución del Estado de Israel) es reprobado o al menos visto con recelo por el judaísmo ortodoxo y más religioso, pues el retorno de Israel debería ser movida por Dios y no obra puramente humana, pues el salvador de Israel debe ser Yahveh y no la banca europea ni los esfuerzos políticos sionistas.

Después de terminada la Segunda Guerra Mundial, el mundo se sensibilizó ante el horror sufrido por los judíos a manos nazis (la “Shoa,” el Holocausto, término impropio debido a que tiene una carga teológica de la cual carece el suceso histórico al que se refiere; la palabra técnica propia, y no menos terrible, debiese ser genocidio), reforzado por el lobby judío en el mundo, que incluso llegó a exagerar la cifra de muertos (que en realidad se desconoce) o a hacer parecer que fueron las únicas víctimas de los nazis (los judíos eran particularmente odiados por el régimen nazi, pero también se persiguió con crueldad sangrienta a católicos, polacos, gitanos, eslavos, etcétera); todo esto hizo que se generara un ambiente propicio para la creación del estado judío en tierra santa (ya poseían más de un 4% de la tierra), pero en esa zona habitaba legítimamente el pueblo palestino, lo que hizo a la ONU proponer en 1947 dos estados soberanos (uno hebreo y otro palestino) además de un territorio neutral internacional (en Jerusalén); al retirarse Inglaterra de la zona (que ocupaban desde el siglo pasado), los hebreos constituyeron militarmente la zona y crearon el Estado de Israel en todo el territorio, el cual se consolidó más tarde en sucesivas guerra (1948, 1967, 1979) incluso ocupando nuevos territorios (Franja de Gaza, Transjordania, Altos del Golán). La nación palestina quedó absorbida por un Estado extraño y de naturaleza muy diversa, y por ello han luchado desde entonces por su liberación. Eso ha mantenido a este país en guerra constante (judíos versus palestinos y Estado de Israel versus estados musulmanes vecinos – que apropiado el comentario sobre la isla, – todo por motivos más políticos, culturales y étnicos que religiosos), lo que hace de Israel un Estado muy militarizado, aunque esto se entiende desde su necesidad de supervivencia, pues una guerra perdida podría causar la desaparición de este Estado. A esto hay que agregar los apoyos políticos del Estado israelí en Occidente: Europa (principalmente Inglaterra) y, su mayor aliado, Estados Unidos, países en los cuales la presencia judía tiene importantes intereses políticos y económicos.

Ante esto hay sacar dos conclusiones, una ya dicha, que no se puede vincular al actual Estado de Israel con el pueblo de Dios del Antiguo Testamento, pues este Estado es de carácter ateo y puramente nacionalista, por tanto no es el pueblo de Israel en sentido religioso (con la carga teológica que esto tiene) si no el pueblo de Israel en sentido étnico y demográfico propiamente tal (lo que, de todas formas, tiene una cierta carga teológica, pero no es conciente en ellos); la segunda conclusión es que así como Occidente y el mundo entero se escandalizó ante los horrores sufridos por los judíos en la Segunda Guerra Mundial, del mismo modo debiera escandalizarse ante la opresión sufrida por el pueblo palestino, pues haber sufrido un genocidio tan horroroso como el que sufrieron los judíos ante los nazis no les justifica en nada la opresión de la que son victimarios ante los palestinos. Y todo esto sin referirme, por falta de tiempo y espacio, a las persecuciones y presiones religiosas del judaísmo masónico internacional para con el catolicismo (principalmente en los medios de comunicación masiva), que ha sido tolerado o torpemente enfrentado por las autoridades del Vaticano en los últimos 50 años.

Estimado don Fernando, estas apreciaciones las hago para aportar más en sus espacios de debate, intentado aportar más datos, que en aunque puedan parecer múltiples e inconexos, en su conjunto permiten dar una idea más clara del tema, para enfrentar de mejor manera la discusión o, tal vez, abrir discusiones futuras. Le pido disculpas por lo que tuviese de confuso esta exposición, pues son imprecisiones calamo currente, al correr de la pluma, es decir, le respondí su email en base a percepciones personales, hechas desde mi formación teológica (sin autoridad más que la de mis pocos estudios y la de creer con fe lo que la Iglesia ha enseñado en dos milenios) y formación histórica (eso es lo mío, soy profesor de historia, pero tampoco soy docto en este tema), pero sin preparar una exposición clara, si no que un poco a la rápida, en cuanto leí su artículo. Las citas bíblicas no son exhaustivas pues son las que se me vinieron a la mente en el momento del escrito, pero aunque se podría fundamentar más mi posición teológica (con más citas, con textos magisteriales o patrísticos), creo que es suficiente para nuestro espacio, pues no buscamos investigación docta, si no debate sano y reflexión amistosa e inteligente entre personas, sin ser ninguno de nosotros experto (al menos yo no).

Lo saludo y me despido, esperando nuevas reflexiones y aportes suyos.

Atentamente,

Luis Alberto Salvatierra

viernes, 6 de noviembre de 2009

La Madre estaba junto a la Cruz

tomado de los sermones de San Bernardo.

El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste –dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús– está puesto como una bandera discutida; y a ti –añade, dirigiéndose a María– una espada te traspasará el alma.
En verdad, Madre santa, una espada traspasó tu alma. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús –que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo– hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.

¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?
No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.

Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?» Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?» Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Este murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante.

viernes, 2 de octubre de 2009

EXTRACTO DE UNA CARTA DE SAN FRANCISCO PARA TODOS LOS FIELES

En el nombre del Señor, Padre e Hijo y Espíritu Santo Amén.
A todos los cristianos, religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres; a cuantos habitan en el mundo entero, el hermano Francisco, su siervo y súbdito: mis respetos con reverencia, paz verdadera del cielo y caridad sincera en el Señor.
Puesto que soy siervo de todos, a todos estoy obligado a servir y a suministrar las odoríferas palabras de mi Señor. Por eso, recapacitando que no puedo visitaros personalmente a cada uno dada la enfermedad y debilidad de mi cuerpo, me he esto comunicaros, a través de esta carta y de mensajeros, las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es el Verbo del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida (Jn 6,64). Y, siendo El sobremanera rico (2Cor 8,9), quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, escoger en el mundo la pobreza. Y poco antes de la pasión celebró la Pascua con sus discípulos, y, tomando el pan, dio las gracias, pronunció la bendición y lo partió, diciendo: Tomad y comed, esto es mi Cuerpo (Mt 26,26). Y, tomando el cáliz, dijo: Esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por vosotros y por todos para el perdón de los pecados (Mt 26,27).
A continuación oró al Padre, diciendo: Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz. Y sudó como gruesas gotas de sangre que corrían hasta la tierra (Lc 22,44). Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre, diciendo: Padre, hágase tu voluntad (Mt 26,42); no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (Mt 26,39). Y la voluntad de su Padre fue que su bendito y glorioso Hijo, a quien nos dio para nosotros y que nació por nuestro bien, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y hostia, por medio de su propia sangre, en el altar de la cruz; no para sí mismo, por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas (cf. 1Pe 2,21). Y quiere que todos seamos salvos por El y que lo recibamos con un corazón puro y con nuestro cuerpo casto. Pero son pocos los que quieren recibirlo y ser salvos por El, aunque su yugo es suave, y su carga ligera (cf. Mt 11,30).
Los que no quieren gustar cuán suave es el Señor (cf. Sal 33,9) y aman más las tinieblas que la luz (Jn 3,19), no queriendo cumplir los mandamientos del Señor, son malditos; y de ellos dice el profeta: Malditos los que se apartan de tus mandamientos (Sal 118,21). En cambio, ¡oh, cuán dichosos y benditos son los que aman a Dios y obran como dice el Señor mismo en el Evangelio: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda la mente, y a tu prójimo como a si mismo! (Mt 22,37.39)
Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y mente pura, porque esto es lo que sobre todo desea cuando dice: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad (Jn 4,23). Porque todos los que lo adoran, es preciso que lo adoren en espíritu de verdad (cf. Jn 2,24). Y dirijámosle alabanzas y oraciones día y noche (Sal 31,4), diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos (Mt 6,9), porque es preciso oremos siempre y no desfallezcamos (Lc 18,1).
Debemos también confesar todos nuestros pecados al sacerdote; y recibamos de él el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Quien no come su carne y no bebe su sangre (cf. Jn 6,55.57), no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3,5). Pero cómalo y bébalo dignamente, porque quien lo recibe indignamente, come y bebe su propia sentencia no reconociendo el cuerpo del Señor (1Cor 11,29), es decir, sin discernirlo. Hagamos, además, frutos dignos de penitencia (Lc 3,8). Y amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos (cf. Mt 22,39). Y si alguno no quiere amarlos como a sí mismo, al menos no les haga el mal, sino hágales el bien. Debemos también ayunar y abstenernos de los vicios y pecados (Eclo 3,32), Y de la demasía en el comer y beber, y ser católicos. Debemos también visitar con frecuencia las iglesias y tener en veneración y reverencia a los clérigos, no tanto por lo que son, en el caso de que sean pecadores, sino por razón del oficio y de la administración del santísimo cuerpo y sangre de Cristo, que sacrifican sobre el altar y reciben y administran a otros. Y a nadie de nosotros quepa la menor duda de que ninguno puede ser salvado sino por las santas palabras y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, que los clérigos pronuncian, proclaman y administran. Y sólo ellos deben administrarlos y no otros.
Yo, el hermano Francisco, vuestro menor siervo, os ruego y suplico, en la caridad que es Dios (cf. Jn 4,16) y con el deseo de besaros los pies, que os sintáis obligados a acoger, poner por obra y guardar con humildad y amor estas palabras y las demás de nuestro Señor Jesucristo. Y a todos aquellos y aquellas que las acojan benignamente, las entiendan y las envíen a otros para ejemplo, si perseveran en ellas hasta el fin (Mt 24,13), bendíganles el Padre, y el Hijo, y el Espíritu.

viernes, 25 de septiembre de 2009

EL DÍA DE LA ORACIÓN POR CHILE

En este último domingo del mes de la Patria, la Iglesia conmemora el Día de la Oración por Chile, en el cual se eleva a Dios la oración por nuestro país, bajo la intercesión de la Bienaventurada Madre de Dios, la Santísima Virgen del Carmen, Reina y Patrona de Chile.
Es importante pedir por Chile, en este año de elecciones, para que Dios nos traiga los mayores bienes e ilumine a las autoridades para lograr el bien común, por medio de leyes e iniciativas que sean justas.
En estos momentos conviene recordar lo que significa la palabra “Patria.” Este término viene del latín patres, que significa padres, es decir, la patria es la tierra de los padres, pero esto no sólo se refiere a los progenitores, si no a aquellos a quienes llamamos padres porque nos heredaron su cultura, valores e ideales. Por eso, en particular en este mes de la patria, para vivir un verdadero patriotismo es necesario pensar en los Padres de la Patria, es decir aquellas personas que ayudaron a fundar esta república, pensando sobre qué ideales les movían y sobre qué principios fundaron este país. Los Padres de la Patria, aún cuando defendieron la libertad política del país, jamás renegaron de la herencia española, antes bien asumieron sus principios y valores y se propusieron vivirlos en la libertad de una República independiente. El valor principal sobre el que fue fundado nuestro país fue la fe católica; fue la fe lo que movió a O’higgins y a los otros a conseguir la fundación de una nación independiente, que tuviese a España por madre en el origen y por hermana en la fe, pero que decidiera por sí sus destinos supremos en la libertad de los hijos de Dios, bajo el amparo de la Madre de Dios, bajo la advocación de la Virgen del Carmen.
La idea de Patria para Chile, por tanto, se funda sobre la unión de hombres libres que profesaban la religión verdadera, bajo el amparo de la Virgen del Carmen. Esta idea se mantuvo por varios decenios, bajo la influencia dejada por la herencia de los Padres de la Patria. Pero a fines del siglo XIX, bajo el alero de ideas de gobiernos liberales, se intentó desligar poco a poco a la Patria de su fundamento católico, hasta perder la confesionalidad del Estado en 1925. No obstante esto, el pueblo chileno continúa siendo mayoritariamente católico y la Iglesia sigue rezando continuamente por la Patria.
Pero cuando se pierde el fundamento se va perdiendo también el resto. Por no ser confesional el Estado muchos intentan hacer acallar la voz de la Iglesia cuando defiende la vida y sostiene con voz clara los principios morales básicos en toda sociedad y a los que no podemos renunciar en modo alguno.
Por eso es necesario cuestionarse sobre estos valores: el respeto a la vida (de todos) y la defensa de la familia. Cuando ciertos políticos intentan introducir leyes que atentan contra la unidad de la familia (y algunos quieren incluso eliminar la palabra “familia” de la constitución) o promueven leyes que atentan contra la vida de los más débiles (aborto, eutanasia), debemos reafirmar nuestra identidad como católicos y renunciar a apoyar a tales personas y combatir (en la medida de nuestras fuerzas, a veces será con nuestras acciones en instancias sociales otras será sólo con el voto) tales iniciativas.
Chile es una nación libre, pero la palabra nación significa el lugar de los que nacen, por lo tanto es un contrasentido que se introduzcan leyes antivida y antifamilia, pues el respeto a la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, y solidez de las familias, es lo que constituye una verdadera nación y le permite crecer con dignidad y justicia social real.
Imploremos a la Virgen del Carmen, Madre de Dios, que ilumine a los chilenos, para no renunciar a nuestra vocación de país a favor de la vida y de la dignidad de las personas, para que la celebración de los doscientos años de la independencia se haga en un contexto de verdadero progreso y justicia, con los valores e ideales que los Padres de la Patria buscaron al fundar nuestra república. Por eso nos decimos orgullosos de ser chilenos católicos, devotos de la Virgen del Carmen, a quien representa la estrella de nuestra bandera.