viernes, 21 de agosto de 2009

SAN BERNARDO, PATRONO DE NUESTRA DIÓCESIS

San Bernardo, el Patrono de nuestra Diócesis, fue uno de los santos más destacados de la Edad Media. Su santidad y su sabiduría marcaron profundamente la vida religiosa de la Europa del siglo XII.
San Bernardo nació en Francia en el año de 1091 en medio de una numerosa familia. Ingresó muy joven al convento de los monjes cistercienses y, por su entrega y santidad, arrastró consigo un gran número de otros jóvenes, familiares y amigos. Un vez en el convento, se caracterizó por su santidad de vida, sabiduría profunda y gran celo pastoral, llegando a ser el monje más ilustre de su siglo. A la edad de 24 años, llegó a ser el primer abad del monasterio de Claraval, que tenía 700 monjes.
Su sabiduría y fama de santidad lo hizo muy reconocido. Aunque él siempre quiso vivir la soledad y el silencio, se le encomendaron múltiples tareas pastorales en la Iglesia. Así, San Bernardo llegó a ser consejero de príncipes y papas, predicó la segunda cruzada para rescate de los Santos Lugares de Jerusalén. Fue el verdadero árbitro del siglo XII, combatiendo las teorías de Abelardo y desenmascarando a otros herejes.
Al morir, en 1153, dejó fundados 160 monasterios de su Orden, cuando los cistercienses constituían un verdadero ejército de monjes dedicados a la oración y al trabajo manual. Sus libros de mística, controversia, sermones y miles de cartas, revelan su verdadera influencia. Su fama se extendió con gran rapidez y el pueblo cristiano comenzó a encomendarse al santo abad de Claraval. El Papa Alejandro III lo canonizó en 1173, apenas 20 años después de su muerte; y el Papa Pío VIII lo declaró doctor de la Iglesia. Los teólogos lo llaman el “Doctor melifluo” por la dulzura de sus escritos. Pero lo que más lo caracterizó, además de su profunda sabiduría, fue su enorme amor a la Santísima Virgen, de quien escribió muchas obras y a quien dedicó muchas oraciones, entre ellas, el “Acordaos.” La Virgen fue siempre su apoyo; Por eso San Bernardo siempre recomendó a todos que encomendaran cualquier causa a la Virgen, quien nunca defrauda a sus hijos; ella es la protectora de los cristianos, guía segura en los peligros y necesidades.
Pidamos al Señor que, por intercesión de San Bernardo, podamos nosotros tener ese mismo amor a su Madre Santísima y ese espíritu apostólico que caracterizó a nuestro Patrono, quien dedicó su vida a servir a Cristo en su Iglesia.

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