sábado, 19 de septiembre de 2009

DEMOS GRACIAS A DIOS POR EL DON DE NUESTRA PATRIA

Extracto de la homilía de Monseñor Juan Ignacio González, nuestro obispo, en la Misa y Te Deum celebrado en la Catedral de San Bernardo.

Tal como su nombre lo indica, tanto cuando celebramos la Eucaristía (que significa acción de gracias) como cuando celebramos un "Te Deum Laudamus", ("a Ti Dios alabamos"), lo primero que brota de nuestro corazón es bendecir al Señor por los dones recibidos. Es un deber de justicia, un deber de lealtad, un deber de profundo reconocimiento, porque ni nosotros ni nuestra Patria nos hemos hecho solos, sino que todo los recibimos del Creador, por medio de su Hijo Jesucristo. Por eso, queridos hermanos y hermanas, hoy los invito a bendecir al Señor.
Bendecimos al Señor por formar parte de esta América cristiana y morena, y de esta nación chilena, tierra de esperanza donde todos compartimos una misma lengua que nos permite entendernos y vivir tradiciones muy queridas. Bendecimos al Señor por esta tierra de presente y de futuro, pródiga en recursos naturales, como el agua dulce y el agua de mar, con toda su riqueza, la cordillera que en sus entrañas alberga minerales, una flora y fauna tan variadas y bosques originarios con los que aún respira nuestra gente y que no siempre hemos sabido respetar con un uso racional y humano que las preserve para futuras generaciones
Bendecimos al Señor por la historia vivida y sufrida, historia amante de la justicia y el derecho, construida con los amores y sudores de todos y de todas, y le pedimos perdón a Dios por los quiebres tan profundos que hemos protagonizado por no saber enfrentar nuestras discrepancias con la lógica de la comprensión y el perdón. Quiebres que aún hoy nos enfrentan y dividen, y que nos urge sanar y reconciliar, para que Chile sea efectivamente una Patria de hermanas y hermanos.
Bendecimos al Señor porque con el esfuerzo de todos hemos construido un país más desarrollado, más estable económicamente y con mayores oportunidades de estudio y de trabajo. Pero debemos reconocer que no hemos sabido compartir con equidad los frutos del trabajo y los bienes generados, lo cual significa tener a muchos - ¡demasiados compatriotas! - viviendo en condiciones de pobreza y hasta de miseria que claman al cielo y son muchas veces el motivo de la violencia que lamentablemente crece en nuestras relaciones.
Bendecimos al Señor por la fe cristiana y católica del pueblo chileno que nos llevan a aceptar la ley de Dios como el camino para nuestro desarrollo y a adorar a Dios y a querer ponerlo en el primer lugar de nuestras vidas, aportando a Chile la riqueza del amor al prójimo. Pero reconocemos, a la vez, que la idolatría por el dinero, la suficiencia en el saber sólo humano, así como la altivez del poder, nos han llevado a formular proyectos y tomar decisiones que dan las espaldas a la presencia de Dios o van directamente contra sus leyes, aunque vivamos con su Nombre en nuestros labios.
Bendecimos a Dios por los héroes conocidos de nuestra Historia, a quienes honramos con justicia en este Bicentenario, y por los héroes anónimos que han entregado su sangre y sus fatigas para construir el país de sus sueños en la educación, en el foro, en la empresa, transformando la tierra con sus manos, mineros, pescadores, campesinos, así como artistas y literatos insignes que merecen estatuas en el corazón de todo buen chileno y le pedimos perdón por quienes quisieran construir un futuro que intenta desconocer la historia y la rica herencia que hemos recibido, dispuestos a ser padres y madres del mañana, pero renunciando torpemente a ser hijos e hijas del ayer.
El fin de la toda organización nacional es la búsqueda del bien común, es decir aquella particular forma de organización social, económica, política, etc. que permita que todos los miembros de la comunidad nacional puedan alcanzar su más pleno desarrollo material y espiritual. "El desarrollo (por tanto) debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es «uno en cuerpo y alma», nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente. Por eso San Agustín escribió: "nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón esta siempre inquieto mientras no descanse en ti." "Decir que el desarrollo es vocación equivale a reconocer, por un lado, que éste nace de una llamada trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado último por sí mismo. «No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana» Esta visión del progreso es el corazón de la mirada de la Iglesia y motiva todas sus reflexiones sobre la libertad, la verdad y la caridad en el desarrollo.

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