lunes, 29 de noviembre de 2010

Sobre Pedofilia y otras hierbas: La culpa aquí sí es del chancho pero también del que le da el afrecho

* Este artículo y los dos que preceden, están tomados de un blog amigo.
En el campo chileno existe el dicho "La culpa no es del chancho si no del que le da el afrecho," refrán que se utiliza para señalar que la principal culpa de un hecho a veces no es de su autor, si no de aquel o aquello que lo llevó a actuar de esa forma.
En los últimos días se ha armado una severa polémica por casos de pedofilia entre sacerdotes católicos, lo que ha herido duramente el alma de quienes profesamos la única fe verdadera. Ante tales aberraciones uno se puede preguntar:¿qué lleva a todo esto?
La primera y principal respuesta es que estos actos son criminales y por tanto tienen una responsabilidad personal cada uno de quienes han caído en estos actos repudiables. No es culpa de la Iglesia, ni de los obispos, ni de Dios. Los pedófilos, independiente de su cargo, profesión o rango deben ser puestos a disposición de los tribunales legítimos y recibir todo el rigor de la ley.
Ante esto, parecen descartarse todo tipo de responsabilidades comunitarias o asociativas, por lo que la Iglesia en cuanto tal no debiera ser sindicada como responsable de estos casos de pedofilia. Pero esta respuesta es simplona y hay que intentar ir más allá en nuestra consideración. En primer lugar existe responsabilidad criminal en las autoridades que sabiendo de estos casos no sólo no los denunciaron, si no que los ocultaron y trasladaron de lugar a los culpables para evitar escándalos; en este caso la responsabilidad es criminal, pues se hacen complices, y también moral, pues provocan escándalos aún mayores. No deben recibir igual condena las autoridades que al recibir denuncias no tienen medios de prueba, pues las denuncias falsas contra sacerdotes son bastantes comunes, pero sí hay responsabilidad moral seria, cuando no se ponen los medios de investigación necesarios para aclarar la verdad; en estos casos, la pusilanimidad y el temor a escándalos de algunas autoridades puede provocar daños insospechados, por lo que la búsqueda de la verdad es una obligación moral grave.
Pero hay que ir más allá aún. Los casos de pedofilia entre miembros del clero, aún cuando se han denunciado recién en la última década, han sido cometidos desde la década del 70 en adelante. Todo esto coincide con la reforma eclesial promovida por el Concilio Vaticano II y con la introducción del Novus Ordo Missae (nueva forma de celebrar la misa, con el misal de Pablo VI). Seguramente alguien me considerara exagerado o fanático al relacionar dos hechos tan abiertamente diversos (pedofilia y reforma postconciliar), pero sí existe es lícito pensarse la posibilidad de relación, al menos a partir de la conectividad temporal de ambos sucesos.
La Reforma Conciliar del Vaticano II promovió valores determinados que implicaban un cambio doctrinal y disciplinar en la Iglesia. El cambio doctrinal introdujo el ecumenismo y el diálogo interreligioso, lo que ha generado confusión teológica en institutos y universidades católicas (pues ahora se considera lícito disentir de santo Tomás, de los Padres, del Magisterio y de la fe de siempre) y mayor confusión en la gente común (el común de los mortales cree que cualquier religión da lo mismo, todos adoramos al mismo Dios, todos se salvan, el infierno no existe, no importa la fe que uno tenga o si la practica o no, etcétera); el cambio disciplinar (el cual es efecto lógico y necesario del anterior) es lo que se suele llamar "el aggiornamiento," es decir, la puesta al día de la Iglesia, con un nuevo modo de vivir la fe. Este último cambio es el más evidente, pues se ha hecho evidente en la Reforma Litúrgica (la nueva misa, con nuevo, sin latín, sin gregoriano y a veces con bailes y palmas), el nuevo arte religiosos (iglesias como galpones, pinturas religiosas modernistas, esculturas difíciles de entender, etc), monjitas sin hábito, sacerdotes sin sotana y vestidos de civil, sacerdotes metidos en política, pérdida de prácticas piadosas antiguas (rosarios, cofradías, comunión de rodillas, acción católica, etc) y muchas más que todo el mundo conoce de sobra. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la pedofilia? en principio nada, diran algunos, pues esa gente es gente enferma; pero sí existe una relación.
Lo que ha ocurrido es que se ha vulgarizado la fe y con ello se ha mundanizado el sacerdocio católico y la misma vivencia de la fe de cada católico. Lo esencial de un sacerdote es algo sagrado: la celebración de la Misa y hacer presente a Jesús por su ministerio, por eso su misma identidad es sagrada. La carta a los hebreos dice que todo sacerdote es tomado entre los hombres y separado del mundo (Cfr Hb 5,1; 7,26) y el mismo san Pablo dice de sí que es "separado (segregado) para el Evangelio de Dios" (Rm 1,1); pues la identidad misma del sacerdote se vive en lo sagrado, en lo celestial, por lo que la mundanización del sacerdote y del sacerdocio lo que consigue es deformar tanto su realidad al punto de quitarle su esencia e identidad, volviéndolo vacio, por lo que tiende a llenarse con lo que tiene a mano: el mundo, con sus placeres, comodidades y sensualidades; de ahí que hoy en día se hagan comunes las denuncias sobre faltas sexuales del clero, no sólo pedofilia, si no también quienes mantienen relaciones homosexuales y heterosexuales más o menos estables.
Todo lo que se ha hecho para atraer a la gente está terminando por espantarla definitivamente. Hoy en día se multiplican prácticas pastorales para "atraer" a la gente, existen sacerdotes cada vez más "cercanos a la realidad," existen misas cada vez más entretenidas: y lo que va quedando de todo eso son iglesias vacias y sacerdotes secularizados, sin identidad sagrada, mundanizados y que no viven su identidad propia.
El problema de la pedofilia ha puesto en evidencia muchas otras faltas al celibato y a la probidad en sacerdotes (también existen muchos escándalos en materia financiera...); por lo que algunos promueven como remedio eliminar el celibato y radicalizar el aggiornamiento de la Iglesia, modernizándola completamente, es decir, quieren combatir la enfermedad con más de aquello que la provoca.
Hay que denunciar a los sacerdotes infieles (sean pedófilos, homosexuales o ladrones) y que respondan cada uno por sus hechos, sin culpar a la Iglesia o a Dios; pero con la misma fuerza hay que buscar acabar con las causas últimas que promueven el ambiente necesario para que todas estas miserias se den.
Es cierto que escándalos se han dado siempre (partieron con Judas), pero nunca con la fuerza que hoy, pues nunca colaboró con ellos tanto el ambiente reinante (mundanización) como las políticas eclesiales oficiales (desde la promoción a altos cargos de sacerdotes mundanos y la persecusión de los tradicionalistas, hasta la prédica oficial que promueve una religión light e "innovadora"). No es suficiente que se condenen los abusos a menores si no se deja de proteger a los culpables y no se busca una verdadera reforma al clima reinante que favorece la inmoralidad por la secularización.
A algunos se les llama fanáticos por oponerse al Vaticano II y se dice que lo antiguo es sinónimo de impopular. Pero se hace evidente que las doctrinas y prácticas nuevas han permitido un ambiente mundano que fomenta la mundanización del clero (no solamente en materia sexual, si no basta con ver automoviles y casas parroquiales...), irregularidades administrativas, abusos de poder, etcétera.
La fe de siempre es remedio eficaz contra la secularización de hoy, por ello no se debe culpar a la Iglesia (en cuanto tal), a Dios, a la fe católica o al celibato, de actos de quienes en realidad han abandonado todo ello.
En resumen, hay que castigar a los culpables de abusos, pero también hay que buscar corregir todo aquello que da píe a un ambiente que promueve estas irregularidades. Como dirían en el campo, en este caso la culpa sí es del chancho, pero también de áquel que le da el afrecho.

Monólogo interreligioso

Sobre el Concilio Vaticano II, el mundo conservador suele señalar como lamentables los abusos litúrgicos y disciplinares cometidos en nombre del "espíritu" del Concilio, pero así mismo nombran ciertos frutos positivos del Concilio. Estos "frutos positivos" se suelen limitar a dos: presentar una Iglesia cercana a la gente (fruto desmentido con la simple experiencia de ver las iglesias vacias y las caídas del número de creyentes en los censos) y el diálogo interreligioso.
El diálogo interreligioso se suele ver como positivo por el mundo progresista y conservador, y como negativo por el mundo tradicionalista. Pero creo que merece algún comentario más.
Voy a partir este comentario (muy opinable) de un supuesto: "Todo diálogo es bueno." De ahí a priori hay que decir que el diálogo interreligioso (diálogo entre diversas religiones) debiera ser bueno (y, de hecho, me parece que lo es).
Pero existen otros supuestos que hay que considerar, que surgen a partir de la identidad misma de lo que es un diálogo. Diálogo es una palabra de origen griego que se compone a su vez de otras dos: "dia," prepocisión que significa "por, a través de, mediante," y "logos" que significa "palabra, verbo, ciencia, razón." Por tanto el diálogo es el intercambio de "logos" entre dos, mediante el mismo "logos;" un intercambio de lo que hay dentro de las personas, de las identidades, de las razones, de las palabras interiores, de verdades, mediante el uso de palabras externas. Entonces para que haya diálogo se requieren dos entes diversos que mendiante "logos" (palabras) se transmitan y comuniquen logos (verdad, razón).
De ahí que me parece que el Vaticano II y en especial los documentos Nostra Aetate y Dignitatis Humanae y la práctica posterior, lejos de iniciar una era de diálogo interreligioso, han abolido toda posibilidad de este mismo diálogo.
Cuando se sentaron las bases del nuevo diálogo interreligioso (como acercamiento entre católicos y otras religiones) y el ecumenismo (acercamiento entre diversos credos cristianos), se puso como punto de inicio lo que se tiene en común, partiendo de la gran verdad común inicial que todos adoramos a un mismo Dios.
Partamos diciendo algo: Esta gran afirmación inicial es falsa.
La base de una religión es su adoración a un dios, ya sea la verdadera religión que adora al verdadero Dios revelado por Jesucristo (la Santísima Trinidad, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, Único Dios verdadero) y las otras religiones que adoran a otros dioses que son falsos e inexistentes, pero que sus creyentes confiesan como verdaderos. Los cristianos adoramos al Dios revelado por Jesucristo, Uno y Único en ser y esencia, pero trino en Personas (Padre, Hijo, Espíritu Santo), por lo que si alguien niega la Trinidad de Personas Divinas niega la identidad misma del Dios verdadero, por tanto no adora el mismo Dios que nosotros. Por ende, de quién no confiese a Jesucristo como Dios verdadero no podemos decir que adora el mismo Dios que nosotros. Por su parte, los musulmanes, con toda seguridad y justicia, se ofenderán si les digo que yo (que soy de otra religión) adoro el mismo Dios que ellos, pero niego la divinidad de Alá, el dios islámico. Por esto, en sentido estricto, no adoramos el mismo Dios (Nota: no es lo mismo esto que la identificación que se hace cuando Santo Tomás identifica al Dios cristiano con el Motor Inmóvil de Aristóteles en las pruebas de la existencia de Dios, pues ahí existen cualidades esenciales comunes, la base que descubre a recta razón, que no aparecen en el diálogo interreligioso postconciliar, pues, como se muestra en el Encuentro de Asís, oraban juntos Juan Pablo II y el Dalai Lama, cuya religión ni siquiera venera un dios personal, imposible identificarlo con el Dios Uno y Trino del cristianismo).
Pero independiente de la falsedad de esa premisa inicial, supongamos su veracidad. Si adoracemos a un mismo Dios, ya no hay "diálogo interreligioso" por dos motivos:
- No es interreligioso. Pues lo esencial de la religión es la adoración a un dios, así que si se adora a un mismo dios se es de una misma religión (no pertenecen a dos religiones distintas quienes tienen dos visiones diversas de un mismo dios, así no llamamos "diálogo interreligioso" al acercamiento a las otras confesiones cristianas, si no que se le llama ecumenismo); por tanto si es cierto que todos adoramos a un mismo dios, es imposible el diálogo interreligioso, porque seríamos todos de la misma religión, por tanto lo que hoy existiría sería un ecumenismo sincretista extraño.
- No es diálogo. Por que al ser todos adoradores de un mismo Dios, y por eso de la misma religión, no hay dos interlocutores, lo que lo transforma en monólogo y no en verdadero diálogo.

Por esto, la práctica actual no es diálogo interreligioso, si no monólogo sincretista.

Pero hay otro elemento que impide la utilización del término "diálogo" para la práctica actual. Lo esencial del diálogo es el "Logos." Si no hay verdad y razón, es decir, transmisión del logos, no hay verdadero diálogo. Cuando se parte de una premisa falsa (identificación del dios de todos) y cuando se trata de ocultar las diferencias esenciales entre las religiones, disimulándolas en el sincretismo, cuando se oscurecen y relativizan las verdades dogmáticas, en medio de una teología ambigua, lo que se hace es ocultar y negar nuestro logos, lo que no nos deja dialogar con el otro. Las demás religiones nos merecen respeto, por lo mismo debemos acercarnos a ellos con la verdad, con toda nuestra riqueza e identidad, y aceptarlos a ellos con la propia, para que se entablezca verdadero diálogo (entre dos distintos, día, y con palabras con razón, logos), para que quien está en el error llegué a la verdad y quien está en la verdad la comparta con generosidad, y cuando eso no sea posible, se enriquezcan ambos con su experiencia y realidad completa, sin ocultar ni disimular temas que puedan ser incómodos o conflictivos. Ese es el verdadero diálogo, base para todo verdadero diálogo interreligioso o ecumenismo, esas son las bases de la doctrina de los concilios de Florencia, Lyon o Trento, esa es la experiencia de San Francisco predicándole a los musulmanes o de San Francisco Javier llevando el Evangelio por el mundo en las misiones que realizó.

Por eso las doctrinas postconciliares y prácticas como el Encuentro de Asís no han favorecido el diálogo interreligioso, si no que lo han sepultado. Evaluarlo es muy sencillo ¿Cuántas conversiones se han registrado así?

Por eso hoy en día no podemos hablar de verdadero diálogo, si no de un monólogo infecundo, que no permite compartir nuestro más valioso tesoro para el mundo y nuestra más alta obligación, entregar a los demás la verdad de Jesucristo, Logos eterno de Dios (Cfr Jn 1,1).

El pueblo judío y el Estado de Israel frente la historia

Este artículo es, en realidad, un comentario en respuesta a otro artículo de un blog amigo, pero por el contenido de la respuesta nos pareció interesante publicarlo.

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Don Fernando:

Leí con mucho interés su artículo de reflexiones personales sobre los conflictos en Medio Oriente. Ya que me ha invitado a comentar, me daré la libertad de hacerlo. El tema es de variantes múltiples y da para discusiones interminables, por lo que acotaré mi comentario a un solo tema: el papel del pueblo judío en la historia humana y del Estado de Israel en tierra Santa.

El tema de los conflictos en Tierra Santa tiene, como usted bien dice, implicancias que van más allá de lo político, pues hay factores históricos y sobrenaturales que explican el papel histórico del pueblo judío. Pero me gustaría opinar, si se me permite, haciendo algunas precisiones históricas y teológicas. Es cierto que Israel tiene un lugar especial en la historia de la humanidad, por ser el pueblo escogido en la Antigua Alianza. Pero los conflictos de ese pueblo en Tierra Santa no obedecen principalmente a su relación con esa tierra en los eventos del éxodo. A mí me parece que hay dos factores aún más relevantes: uno indirecto, de orden teológico, que es su lugar en la economía salvífica de la Nueva Alianza; y, el segundo, más directo, de orden histórico, que es el Sionismo y la naturaleza del Estado Israelí actual. Me explicaré en ambos casos, primero en sentido teológico y luego histórico.

El factor teológico del pueblo judío.
El pueblo judío fue formado por Dios (porque fue “formado” Dt 32,6; y no sólo, aunque también, “escogido” Sl 135, 4) para ser instrumento de salvación para el mundo (Jn 4,22), haciendo nacer de una Mujer de este pueblo (Is 7,14; Miq 5,2; Gn 3,15; Gal 4,4) al Salvador (Is 11, 1-5) y este Salvador sería Rey de Israel (Jr 23,5), pero no sólo de Israel si no del mundo entero (Is 49,6), pero para ello debía pasar por el sufrimiento (Is 50, 5.7; 53, 1-12). Ese Salvador (que no sólo es un hombre, si no que es Dios mismo encarnado: Is 7,14; Jn 1,1; 1,14; 1,18; Tt 2,13) no fue reconocido (Jn 1,10; 8,19) ni aceptado por Israel (Mt 21, 33-46). Jesús entregado a los romanos es condenado a muerte por instigación de los judíos (Jn 18, 25; 19,16), quienes aceptaron la responsabilidad del hecho (Mt 27, 24-26). En todo caso que quede claro: Cristo murió por los pecados de todos los hombres, así que todos somos responsables de esa muerte; aquí sólo hablo de responsabilidades históricas puntuales y al rol teológico de Israel por su vocación sagrada propia, que le entrega una responsabilidad particular y mayor en a muerte del Salvador, que queda consignada claramente en los evangelios (lo afirma Jesús explícitamente en Jn 19,11 e implícitamente en todo el Evangelio)

Ser la semilla de la salvación y su culpa en la Crucifixión de Cristo le da a Israel un lugar único en la historia de la humanidad, pues siendo el pueblo de Dios fue también el pueblo deicida. Su caída está causada por no reconocer a Jesucristo, lo que los excluye del plan de salvación (1Jn 2, 22-23). Esta caída trajo la salvación del mundo (Mt 21,43), a través de una convocación universal o asamblea universal (eso significa en griego Iglesia católica) por eso la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, instrumento universal de salvación (universal en dos sentidos: primero, por ser destinada a todo el universo; y, segundo, por contener en sí el universo de gracias necesarias para la salvación) y no hay salvación fuera de la Iglesia (Mt 16, 17-19; Jn 3,5; 6,53); pero si la caída de los judíos trajo eso, su rehabilitación (que incluye necesariamente su conversión a Cristo Rm10,4) traerá mayores gracias aún (Rm 11,12), pues Dios no los abandonará, pues el mismo Dios bendito procede de ellos según la carne (Rm 9,5); por esto se dice que la conversión de Israel al catolicismo (de una parte significativa al menos) será señal del fin de los tiempos.

Este destino escatológico de los judíos nos obliga a rezar por su conversión (como lo hace la Misa tradicional en Viernes Santo), costumbre que se ha perdido y difuminado con el diálogo interreligioso post Concilio Vaticano II (si les interesa escribí un artículo sobre el tema del diálogo interreligioso en las últimas décadas - titulado Monologo Interreligioso - en el blog Manete in Veritate: www.maneteinveritate.blogspot.com), pero este destino no aminora la realidad actual (tal vez la causa) y es que muchas veces los judíos son instrumento de persecución para la Iglesia y buscan por incontables medios afectar a la evangelización en el mundo para alejar a la gente de Cristo. Este papel en la historia de la Salvación en la economía de la nueva alianza, ayuda a entender (apoya una reflexión seria, pero no agota la explicación) sobre las vicisitudes de este pueblo y su actitud histórica respecto del catolicismo y de otros enemigos que tienen (por ejemplo los palestinos).

El origen histórico del actual Estado
Para entender la historia reciente del Estado de Israel, hay que atender a su origen histórico. No creo que se deba relacionar tanto al actual Estado judío con el Israel del Éxodo, conducido por Moisés por el desierto; pues la naturaleza y vocación del Israel veterotestamentario es sobrenatural, es decir, procede de Dios y hacia Él debía tender. El actual Estado israelí (Estado más preciso aún que referirse a la nación judía) es de carácter totalmente diverso, surgiendo en 1947, pero teniendo sus raíces en el movimiento sionista del siglo XIX.

Desde su destierro a manos del Imperio Romano y destrucción de Jerusalén (sucesos anunciados por Cristo), los judíos tuvieron el anhelo de volver a su tierra, la que con el correr de los siglos sería ocupada por diversos pueblos, hasta radicarse ahí los palestinos. En el siglo XIX surge el movimiento sionista, que buscaba la constitución de un estado judío (en principio no se determinó el lugar, de hecho se les ofreció un sector de África, luego se fue imponiendo la tesis de hacerlo en Tierra Santa). El movimiento fue financiado por particulares judíos europeos principalmente vinculados al mundo financiero (en Inglaterra y en menor medida en otros lugares, como Alemania, Francia, USA, etcétera), que promovieron la compra de tierra en suelo palestino. Todo esto surge en el contexto de las revoluciones nacionalistas europeas (por ejemplo la unificación italiana) y tras el influjo político de las revoluciones liberales hijas de la Revolución Francesa (como en la Europa de los años 1830 y 1848). El sionismo, por tanto, no era por tanto un movimiento religioso, si no de corte laicizante, como el de los otros procesos políticos europeos decimonónicos (en su mayoría); así, el sionismo estaba fuertemente vinculado al movimiento masónico judío y no se presentó como una reivindicación de corte religioso.

Su vinculación al Éxodo (y su implantación en Jerusalén) no es de corte teológico, si no por exacerbar el nacionalismo del proceso, aunque también para darle un tiente mesiánico pero en el sentido puramente inmanente y humano de ese término, al estilo del mesianismo marxista. Por esto mismo, esta obra (el movimiento sionista, la recuperación de Jerusalén y la constitución del Estado de Israel) es reprobado o al menos visto con recelo por el judaísmo ortodoxo y más religioso, pues el retorno de Israel debería ser movida por Dios y no obra puramente humana, pues el salvador de Israel debe ser Yahveh y no la banca europea ni los esfuerzos políticos sionistas.

Después de terminada la Segunda Guerra Mundial, el mundo se sensibilizó ante el horror sufrido por los judíos a manos nazis (la “Shoa,” el Holocausto, término impropio debido a que tiene una carga teológica de la cual carece el suceso histórico al que se refiere; la palabra técnica propia, y no menos terrible, debiese ser genocidio), reforzado por el lobby judío en el mundo, que incluso llegó a exagerar la cifra de muertos (que en realidad se desconoce) o a hacer parecer que fueron las únicas víctimas de los nazis (los judíos eran particularmente odiados por el régimen nazi, pero también se persiguió con crueldad sangrienta a católicos, polacos, gitanos, eslavos, etcétera); todo esto hizo que se generara un ambiente propicio para la creación del estado judío en tierra santa (ya poseían más de un 4% de la tierra), pero en esa zona habitaba legítimamente el pueblo palestino, lo que hizo a la ONU proponer en 1947 dos estados soberanos (uno hebreo y otro palestino) además de un territorio neutral internacional (en Jerusalén); al retirarse Inglaterra de la zona (que ocupaban desde el siglo pasado), los hebreos constituyeron militarmente la zona y crearon el Estado de Israel en todo el territorio, el cual se consolidó más tarde en sucesivas guerra (1948, 1967, 1979) incluso ocupando nuevos territorios (Franja de Gaza, Transjordania, Altos del Golán). La nación palestina quedó absorbida por un Estado extraño y de naturaleza muy diversa, y por ello han luchado desde entonces por su liberación. Eso ha mantenido a este país en guerra constante (judíos versus palestinos y Estado de Israel versus estados musulmanes vecinos – que apropiado el comentario sobre la isla, – todo por motivos más políticos, culturales y étnicos que religiosos), lo que hace de Israel un Estado muy militarizado, aunque esto se entiende desde su necesidad de supervivencia, pues una guerra perdida podría causar la desaparición de este Estado. A esto hay que agregar los apoyos políticos del Estado israelí en Occidente: Europa (principalmente Inglaterra) y, su mayor aliado, Estados Unidos, países en los cuales la presencia judía tiene importantes intereses políticos y económicos.

Ante esto hay sacar dos conclusiones, una ya dicha, que no se puede vincular al actual Estado de Israel con el pueblo de Dios del Antiguo Testamento, pues este Estado es de carácter ateo y puramente nacionalista, por tanto no es el pueblo de Israel en sentido religioso (con la carga teológica que esto tiene) si no el pueblo de Israel en sentido étnico y demográfico propiamente tal (lo que, de todas formas, tiene una cierta carga teológica, pero no es conciente en ellos); la segunda conclusión es que así como Occidente y el mundo entero se escandalizó ante los horrores sufridos por los judíos en la Segunda Guerra Mundial, del mismo modo debiera escandalizarse ante la opresión sufrida por el pueblo palestino, pues haber sufrido un genocidio tan horroroso como el que sufrieron los judíos ante los nazis no les justifica en nada la opresión de la que son victimarios ante los palestinos. Y todo esto sin referirme, por falta de tiempo y espacio, a las persecuciones y presiones religiosas del judaísmo masónico internacional para con el catolicismo (principalmente en los medios de comunicación masiva), que ha sido tolerado o torpemente enfrentado por las autoridades del Vaticano en los últimos 50 años.

Estimado don Fernando, estas apreciaciones las hago para aportar más en sus espacios de debate, intentado aportar más datos, que en aunque puedan parecer múltiples e inconexos, en su conjunto permiten dar una idea más clara del tema, para enfrentar de mejor manera la discusión o, tal vez, abrir discusiones futuras. Le pido disculpas por lo que tuviese de confuso esta exposición, pues son imprecisiones calamo currente, al correr de la pluma, es decir, le respondí su email en base a percepciones personales, hechas desde mi formación teológica (sin autoridad más que la de mis pocos estudios y la de creer con fe lo que la Iglesia ha enseñado en dos milenios) y formación histórica (eso es lo mío, soy profesor de historia, pero tampoco soy docto en este tema), pero sin preparar una exposición clara, si no que un poco a la rápida, en cuanto leí su artículo. Las citas bíblicas no son exhaustivas pues son las que se me vinieron a la mente en el momento del escrito, pero aunque se podría fundamentar más mi posición teológica (con más citas, con textos magisteriales o patrísticos), creo que es suficiente para nuestro espacio, pues no buscamos investigación docta, si no debate sano y reflexión amistosa e inteligente entre personas, sin ser ninguno de nosotros experto (al menos yo no).

Lo saludo y me despido, esperando nuevas reflexiones y aportes suyos.

Atentamente,

Luis Alberto Salvatierra

viernes, 6 de noviembre de 2009

La Madre estaba junto a la Cruz

tomado de los sermones de San Bernardo.

El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste –dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús– está puesto como una bandera discutida; y a ti –añade, dirigiéndose a María– una espada te traspasará el alma.
En verdad, Madre santa, una espada traspasó tu alma. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús –que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo– hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.

¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?
No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.

Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?» Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?» Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Este murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante.

viernes, 2 de octubre de 2009

EXTRACTO DE UNA CARTA DE SAN FRANCISCO PARA TODOS LOS FIELES

En el nombre del Señor, Padre e Hijo y Espíritu Santo Amén.
A todos los cristianos, religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres; a cuantos habitan en el mundo entero, el hermano Francisco, su siervo y súbdito: mis respetos con reverencia, paz verdadera del cielo y caridad sincera en el Señor.
Puesto que soy siervo de todos, a todos estoy obligado a servir y a suministrar las odoríferas palabras de mi Señor. Por eso, recapacitando que no puedo visitaros personalmente a cada uno dada la enfermedad y debilidad de mi cuerpo, me he esto comunicaros, a través de esta carta y de mensajeros, las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es el Verbo del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida (Jn 6,64). Y, siendo El sobremanera rico (2Cor 8,9), quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, escoger en el mundo la pobreza. Y poco antes de la pasión celebró la Pascua con sus discípulos, y, tomando el pan, dio las gracias, pronunció la bendición y lo partió, diciendo: Tomad y comed, esto es mi Cuerpo (Mt 26,26). Y, tomando el cáliz, dijo: Esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por vosotros y por todos para el perdón de los pecados (Mt 26,27).
A continuación oró al Padre, diciendo: Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz. Y sudó como gruesas gotas de sangre que corrían hasta la tierra (Lc 22,44). Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre, diciendo: Padre, hágase tu voluntad (Mt 26,42); no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (Mt 26,39). Y la voluntad de su Padre fue que su bendito y glorioso Hijo, a quien nos dio para nosotros y que nació por nuestro bien, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y hostia, por medio de su propia sangre, en el altar de la cruz; no para sí mismo, por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas (cf. 1Pe 2,21). Y quiere que todos seamos salvos por El y que lo recibamos con un corazón puro y con nuestro cuerpo casto. Pero son pocos los que quieren recibirlo y ser salvos por El, aunque su yugo es suave, y su carga ligera (cf. Mt 11,30).
Los que no quieren gustar cuán suave es el Señor (cf. Sal 33,9) y aman más las tinieblas que la luz (Jn 3,19), no queriendo cumplir los mandamientos del Señor, son malditos; y de ellos dice el profeta: Malditos los que se apartan de tus mandamientos (Sal 118,21). En cambio, ¡oh, cuán dichosos y benditos son los que aman a Dios y obran como dice el Señor mismo en el Evangelio: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda la mente, y a tu prójimo como a si mismo! (Mt 22,37.39)
Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y mente pura, porque esto es lo que sobre todo desea cuando dice: Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad (Jn 4,23). Porque todos los que lo adoran, es preciso que lo adoren en espíritu de verdad (cf. Jn 2,24). Y dirijámosle alabanzas y oraciones día y noche (Sal 31,4), diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos (Mt 6,9), porque es preciso oremos siempre y no desfallezcamos (Lc 18,1).
Debemos también confesar todos nuestros pecados al sacerdote; y recibamos de él el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Quien no come su carne y no bebe su sangre (cf. Jn 6,55.57), no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3,5). Pero cómalo y bébalo dignamente, porque quien lo recibe indignamente, come y bebe su propia sentencia no reconociendo el cuerpo del Señor (1Cor 11,29), es decir, sin discernirlo. Hagamos, además, frutos dignos de penitencia (Lc 3,8). Y amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos (cf. Mt 22,39). Y si alguno no quiere amarlos como a sí mismo, al menos no les haga el mal, sino hágales el bien. Debemos también ayunar y abstenernos de los vicios y pecados (Eclo 3,32), Y de la demasía en el comer y beber, y ser católicos. Debemos también visitar con frecuencia las iglesias y tener en veneración y reverencia a los clérigos, no tanto por lo que son, en el caso de que sean pecadores, sino por razón del oficio y de la administración del santísimo cuerpo y sangre de Cristo, que sacrifican sobre el altar y reciben y administran a otros. Y a nadie de nosotros quepa la menor duda de que ninguno puede ser salvado sino por las santas palabras y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, que los clérigos pronuncian, proclaman y administran. Y sólo ellos deben administrarlos y no otros.
Yo, el hermano Francisco, vuestro menor siervo, os ruego y suplico, en la caridad que es Dios (cf. Jn 4,16) y con el deseo de besaros los pies, que os sintáis obligados a acoger, poner por obra y guardar con humildad y amor estas palabras y las demás de nuestro Señor Jesucristo. Y a todos aquellos y aquellas que las acojan benignamente, las entiendan y las envíen a otros para ejemplo, si perseveran en ellas hasta el fin (Mt 24,13), bendíganles el Padre, y el Hijo, y el Espíritu.

viernes, 25 de septiembre de 2009

EL DÍA DE LA ORACIÓN POR CHILE

En este último domingo del mes de la Patria, la Iglesia conmemora el Día de la Oración por Chile, en el cual se eleva a Dios la oración por nuestro país, bajo la intercesión de la Bienaventurada Madre de Dios, la Santísima Virgen del Carmen, Reina y Patrona de Chile.
Es importante pedir por Chile, en este año de elecciones, para que Dios nos traiga los mayores bienes e ilumine a las autoridades para lograr el bien común, por medio de leyes e iniciativas que sean justas.
En estos momentos conviene recordar lo que significa la palabra “Patria.” Este término viene del latín patres, que significa padres, es decir, la patria es la tierra de los padres, pero esto no sólo se refiere a los progenitores, si no a aquellos a quienes llamamos padres porque nos heredaron su cultura, valores e ideales. Por eso, en particular en este mes de la patria, para vivir un verdadero patriotismo es necesario pensar en los Padres de la Patria, es decir aquellas personas que ayudaron a fundar esta república, pensando sobre qué ideales les movían y sobre qué principios fundaron este país. Los Padres de la Patria, aún cuando defendieron la libertad política del país, jamás renegaron de la herencia española, antes bien asumieron sus principios y valores y se propusieron vivirlos en la libertad de una República independiente. El valor principal sobre el que fue fundado nuestro país fue la fe católica; fue la fe lo que movió a O’higgins y a los otros a conseguir la fundación de una nación independiente, que tuviese a España por madre en el origen y por hermana en la fe, pero que decidiera por sí sus destinos supremos en la libertad de los hijos de Dios, bajo el amparo de la Madre de Dios, bajo la advocación de la Virgen del Carmen.
La idea de Patria para Chile, por tanto, se funda sobre la unión de hombres libres que profesaban la religión verdadera, bajo el amparo de la Virgen del Carmen. Esta idea se mantuvo por varios decenios, bajo la influencia dejada por la herencia de los Padres de la Patria. Pero a fines del siglo XIX, bajo el alero de ideas de gobiernos liberales, se intentó desligar poco a poco a la Patria de su fundamento católico, hasta perder la confesionalidad del Estado en 1925. No obstante esto, el pueblo chileno continúa siendo mayoritariamente católico y la Iglesia sigue rezando continuamente por la Patria.
Pero cuando se pierde el fundamento se va perdiendo también el resto. Por no ser confesional el Estado muchos intentan hacer acallar la voz de la Iglesia cuando defiende la vida y sostiene con voz clara los principios morales básicos en toda sociedad y a los que no podemos renunciar en modo alguno.
Por eso es necesario cuestionarse sobre estos valores: el respeto a la vida (de todos) y la defensa de la familia. Cuando ciertos políticos intentan introducir leyes que atentan contra la unidad de la familia (y algunos quieren incluso eliminar la palabra “familia” de la constitución) o promueven leyes que atentan contra la vida de los más débiles (aborto, eutanasia), debemos reafirmar nuestra identidad como católicos y renunciar a apoyar a tales personas y combatir (en la medida de nuestras fuerzas, a veces será con nuestras acciones en instancias sociales otras será sólo con el voto) tales iniciativas.
Chile es una nación libre, pero la palabra nación significa el lugar de los que nacen, por lo tanto es un contrasentido que se introduzcan leyes antivida y antifamilia, pues el respeto a la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, y solidez de las familias, es lo que constituye una verdadera nación y le permite crecer con dignidad y justicia social real.
Imploremos a la Virgen del Carmen, Madre de Dios, que ilumine a los chilenos, para no renunciar a nuestra vocación de país a favor de la vida y de la dignidad de las personas, para que la celebración de los doscientos años de la independencia se haga en un contexto de verdadero progreso y justicia, con los valores e ideales que los Padres de la Patria buscaron al fundar nuestra república. Por eso nos decimos orgullosos de ser chilenos católicos, devotos de la Virgen del Carmen, a quien representa la estrella de nuestra bandera.

sábado, 19 de septiembre de 2009

DEMOS GRACIAS A DIOS POR EL DON DE NUESTRA PATRIA

Extracto de la homilía de Monseñor Juan Ignacio González, nuestro obispo, en la Misa y Te Deum celebrado en la Catedral de San Bernardo.

Tal como su nombre lo indica, tanto cuando celebramos la Eucaristía (que significa acción de gracias) como cuando celebramos un "Te Deum Laudamus", ("a Ti Dios alabamos"), lo primero que brota de nuestro corazón es bendecir al Señor por los dones recibidos. Es un deber de justicia, un deber de lealtad, un deber de profundo reconocimiento, porque ni nosotros ni nuestra Patria nos hemos hecho solos, sino que todo los recibimos del Creador, por medio de su Hijo Jesucristo. Por eso, queridos hermanos y hermanas, hoy los invito a bendecir al Señor.
Bendecimos al Señor por formar parte de esta América cristiana y morena, y de esta nación chilena, tierra de esperanza donde todos compartimos una misma lengua que nos permite entendernos y vivir tradiciones muy queridas. Bendecimos al Señor por esta tierra de presente y de futuro, pródiga en recursos naturales, como el agua dulce y el agua de mar, con toda su riqueza, la cordillera que en sus entrañas alberga minerales, una flora y fauna tan variadas y bosques originarios con los que aún respira nuestra gente y que no siempre hemos sabido respetar con un uso racional y humano que las preserve para futuras generaciones
Bendecimos al Señor por la historia vivida y sufrida, historia amante de la justicia y el derecho, construida con los amores y sudores de todos y de todas, y le pedimos perdón a Dios por los quiebres tan profundos que hemos protagonizado por no saber enfrentar nuestras discrepancias con la lógica de la comprensión y el perdón. Quiebres que aún hoy nos enfrentan y dividen, y que nos urge sanar y reconciliar, para que Chile sea efectivamente una Patria de hermanas y hermanos.
Bendecimos al Señor porque con el esfuerzo de todos hemos construido un país más desarrollado, más estable económicamente y con mayores oportunidades de estudio y de trabajo. Pero debemos reconocer que no hemos sabido compartir con equidad los frutos del trabajo y los bienes generados, lo cual significa tener a muchos - ¡demasiados compatriotas! - viviendo en condiciones de pobreza y hasta de miseria que claman al cielo y son muchas veces el motivo de la violencia que lamentablemente crece en nuestras relaciones.
Bendecimos al Señor por la fe cristiana y católica del pueblo chileno que nos llevan a aceptar la ley de Dios como el camino para nuestro desarrollo y a adorar a Dios y a querer ponerlo en el primer lugar de nuestras vidas, aportando a Chile la riqueza del amor al prójimo. Pero reconocemos, a la vez, que la idolatría por el dinero, la suficiencia en el saber sólo humano, así como la altivez del poder, nos han llevado a formular proyectos y tomar decisiones que dan las espaldas a la presencia de Dios o van directamente contra sus leyes, aunque vivamos con su Nombre en nuestros labios.
Bendecimos a Dios por los héroes conocidos de nuestra Historia, a quienes honramos con justicia en este Bicentenario, y por los héroes anónimos que han entregado su sangre y sus fatigas para construir el país de sus sueños en la educación, en el foro, en la empresa, transformando la tierra con sus manos, mineros, pescadores, campesinos, así como artistas y literatos insignes que merecen estatuas en el corazón de todo buen chileno y le pedimos perdón por quienes quisieran construir un futuro que intenta desconocer la historia y la rica herencia que hemos recibido, dispuestos a ser padres y madres del mañana, pero renunciando torpemente a ser hijos e hijas del ayer.
El fin de la toda organización nacional es la búsqueda del bien común, es decir aquella particular forma de organización social, económica, política, etc. que permita que todos los miembros de la comunidad nacional puedan alcanzar su más pleno desarrollo material y espiritual. "El desarrollo (por tanto) debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es «uno en cuerpo y alma», nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente. Por eso San Agustín escribió: "nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón esta siempre inquieto mientras no descanse en ti." "Decir que el desarrollo es vocación equivale a reconocer, por un lado, que éste nace de una llamada trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado último por sí mismo. «No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana» Esta visión del progreso es el corazón de la mirada de la Iglesia y motiva todas sus reflexiones sobre la libertad, la verdad y la caridad en el desarrollo.