* Este artículo y los dos que preceden, están tomados de un blog amigo.
En el campo chileno existe el dicho "La culpa no es del chancho si no del que le da el afrecho," refrán que se utiliza para señalar que la principal culpa de un hecho a veces no es de su autor, si no de aquel o aquello que lo llevó a actuar de esa forma.
En los últimos días se ha armado una severa polémica por casos de pedofilia entre sacerdotes católicos, lo que ha herido duramente el alma de quienes profesamos la única fe verdadera. Ante tales aberraciones uno se puede preguntar:¿qué lleva a todo esto?
La primera y principal respuesta es que estos actos son criminales y por tanto tienen una responsabilidad personal cada uno de quienes han caído en estos actos repudiables. No es culpa de la Iglesia, ni de los obispos, ni de Dios. Los pedófilos, independiente de su cargo, profesión o rango deben ser puestos a disposición de los tribunales legítimos y recibir todo el rigor de la ley.
Ante esto, parecen descartarse todo tipo de responsabilidades comunitarias o asociativas, por lo que la Iglesia en cuanto tal no debiera ser sindicada como responsable de estos casos de pedofilia. Pero esta respuesta es simplona y hay que intentar ir más allá en nuestra consideración. En primer lugar existe responsabilidad criminal en las autoridades que sabiendo de estos casos no sólo no los denunciaron, si no que los ocultaron y trasladaron de lugar a los culpables para evitar escándalos; en este caso la responsabilidad es criminal, pues se hacen complices, y también moral, pues provocan escándalos aún mayores. No deben recibir igual condena las autoridades que al recibir denuncias no tienen medios de prueba, pues las denuncias falsas contra sacerdotes son bastantes comunes, pero sí hay responsabilidad moral seria, cuando no se ponen los medios de investigación necesarios para aclarar la verdad; en estos casos, la pusilanimidad y el temor a escándalos de algunas autoridades puede provocar daños insospechados, por lo que la búsqueda de la verdad es una obligación moral grave.
Pero hay que ir más allá aún. Los casos de pedofilia entre miembros del clero, aún cuando se han denunciado recién en la última década, han sido cometidos desde la década del 70 en adelante. Todo esto coincide con la reforma eclesial promovida por el Concilio Vaticano II y con la introducción del Novus Ordo Missae (nueva forma de celebrar la misa, con el misal de Pablo VI). Seguramente alguien me considerara exagerado o fanático al relacionar dos hechos tan abiertamente diversos (pedofilia y reforma postconciliar), pero sí existe es lícito pensarse la posibilidad de relación, al menos a partir de la conectividad temporal de ambos sucesos.
La Reforma Conciliar del Vaticano II promovió valores determinados que implicaban un cambio doctrinal y disciplinar en la Iglesia. El cambio doctrinal introdujo el ecumenismo y el diálogo interreligioso, lo que ha generado confusión teológica en institutos y universidades católicas (pues ahora se considera lícito disentir de santo Tomás, de los Padres, del Magisterio y de la fe de siempre) y mayor confusión en la gente común (el común de los mortales cree que cualquier religión da lo mismo, todos adoramos al mismo Dios, todos se salvan, el infierno no existe, no importa la fe que uno tenga o si la practica o no, etcétera); el cambio disciplinar (el cual es efecto lógico y necesario del anterior) es lo que se suele llamar "el aggiornamiento," es decir, la puesta al día de la Iglesia, con un nuevo modo de vivir la fe. Este último cambio es el más evidente, pues se ha hecho evidente en la Reforma Litúrgica (la nueva misa, con nuevo, sin latín, sin gregoriano y a veces con bailes y palmas), el nuevo arte religiosos (iglesias como galpones, pinturas religiosas modernistas, esculturas difíciles de entender, etc), monjitas sin hábito, sacerdotes sin sotana y vestidos de civil, sacerdotes metidos en política, pérdida de prácticas piadosas antiguas (rosarios, cofradías, comunión de rodillas, acción católica, etc) y muchas más que todo el mundo conoce de sobra. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la pedofilia? en principio nada, diran algunos, pues esa gente es gente enferma; pero sí existe una relación.
Lo que ha ocurrido es que se ha vulgarizado la fe y con ello se ha mundanizado el sacerdocio católico y la misma vivencia de la fe de cada católico. Lo esencial de un sacerdote es algo sagrado: la celebración de la Misa y hacer presente a Jesús por su ministerio, por eso su misma identidad es sagrada. La carta a los hebreos dice que todo sacerdote es tomado entre los hombres y separado del mundo (Cfr Hb 5,1; 7,26) y el mismo san Pablo dice de sí que es "separado (segregado) para el Evangelio de Dios" (Rm 1,1); pues la identidad misma del sacerdote se vive en lo sagrado, en lo celestial, por lo que la mundanización del sacerdote y del sacerdocio lo que consigue es deformar tanto su realidad al punto de quitarle su esencia e identidad, volviéndolo vacio, por lo que tiende a llenarse con lo que tiene a mano: el mundo, con sus placeres, comodidades y sensualidades; de ahí que hoy en día se hagan comunes las denuncias sobre faltas sexuales del clero, no sólo pedofilia, si no también quienes mantienen relaciones homosexuales y heterosexuales más o menos estables.
Todo lo que se ha hecho para atraer a la gente está terminando por espantarla definitivamente. Hoy en día se multiplican prácticas pastorales para "atraer" a la gente, existen sacerdotes cada vez más "cercanos a la realidad," existen misas cada vez más entretenidas: y lo que va quedando de todo eso son iglesias vacias y sacerdotes secularizados, sin identidad sagrada, mundanizados y que no viven su identidad propia.
El problema de la pedofilia ha puesto en evidencia muchas otras faltas al celibato y a la probidad en sacerdotes (también existen muchos escándalos en materia financiera...); por lo que algunos promueven como remedio eliminar el celibato y radicalizar el aggiornamiento de la Iglesia, modernizándola completamente, es decir, quieren combatir la enfermedad con más de aquello que la provoca.
Hay que denunciar a los sacerdotes infieles (sean pedófilos, homosexuales o ladrones) y que respondan cada uno por sus hechos, sin culpar a la Iglesia o a Dios; pero con la misma fuerza hay que buscar acabar con las causas últimas que promueven el ambiente necesario para que todas estas miserias se den.
Es cierto que escándalos se han dado siempre (partieron con Judas), pero nunca con la fuerza que hoy, pues nunca colaboró con ellos tanto el ambiente reinante (mundanización) como las políticas eclesiales oficiales (desde la promoción a altos cargos de sacerdotes mundanos y la persecusión de los tradicionalistas, hasta la prédica oficial que promueve una religión light e "innovadora"). No es suficiente que se condenen los abusos a menores si no se deja de proteger a los culpables y no se busca una verdadera reforma al clima reinante que favorece la inmoralidad por la secularización.
A algunos se les llama fanáticos por oponerse al Vaticano II y se dice que lo antiguo es sinónimo de impopular. Pero se hace evidente que las doctrinas y prácticas nuevas han permitido un ambiente mundano que fomenta la mundanización del clero (no solamente en materia sexual, si no basta con ver automoviles y casas parroquiales...), irregularidades administrativas, abusos de poder, etcétera.
La fe de siempre es remedio eficaz contra la secularización de hoy, por ello no se debe culpar a la Iglesia (en cuanto tal), a Dios, a la fe católica o al celibato, de actos de quienes en realidad han abandonado todo ello.
En resumen, hay que castigar a los culpables de abusos, pero también hay que buscar corregir todo aquello que da píe a un ambiente que promueve estas irregularidades. Como dirían en el campo, en este caso la culpa sí es del chancho, pero también de áquel que le da el afrecho.
En los últimos días se ha armado una severa polémica por casos de pedofilia entre sacerdotes católicos, lo que ha herido duramente el alma de quienes profesamos la única fe verdadera. Ante tales aberraciones uno se puede preguntar:¿qué lleva a todo esto?
La primera y principal respuesta es que estos actos son criminales y por tanto tienen una responsabilidad personal cada uno de quienes han caído en estos actos repudiables. No es culpa de la Iglesia, ni de los obispos, ni de Dios. Los pedófilos, independiente de su cargo, profesión o rango deben ser puestos a disposición de los tribunales legítimos y recibir todo el rigor de la ley.
Ante esto, parecen descartarse todo tipo de responsabilidades comunitarias o asociativas, por lo que la Iglesia en cuanto tal no debiera ser sindicada como responsable de estos casos de pedofilia. Pero esta respuesta es simplona y hay que intentar ir más allá en nuestra consideración. En primer lugar existe responsabilidad criminal en las autoridades que sabiendo de estos casos no sólo no los denunciaron, si no que los ocultaron y trasladaron de lugar a los culpables para evitar escándalos; en este caso la responsabilidad es criminal, pues se hacen complices, y también moral, pues provocan escándalos aún mayores. No deben recibir igual condena las autoridades que al recibir denuncias no tienen medios de prueba, pues las denuncias falsas contra sacerdotes son bastantes comunes, pero sí hay responsabilidad moral seria, cuando no se ponen los medios de investigación necesarios para aclarar la verdad; en estos casos, la pusilanimidad y el temor a escándalos de algunas autoridades puede provocar daños insospechados, por lo que la búsqueda de la verdad es una obligación moral grave.
Pero hay que ir más allá aún. Los casos de pedofilia entre miembros del clero, aún cuando se han denunciado recién en la última década, han sido cometidos desde la década del 70 en adelante. Todo esto coincide con la reforma eclesial promovida por el Concilio Vaticano II y con la introducción del Novus Ordo Missae (nueva forma de celebrar la misa, con el misal de Pablo VI). Seguramente alguien me considerara exagerado o fanático al relacionar dos hechos tan abiertamente diversos (pedofilia y reforma postconciliar), pero sí existe es lícito pensarse la posibilidad de relación, al menos a partir de la conectividad temporal de ambos sucesos.
La Reforma Conciliar del Vaticano II promovió valores determinados que implicaban un cambio doctrinal y disciplinar en la Iglesia. El cambio doctrinal introdujo el ecumenismo y el diálogo interreligioso, lo que ha generado confusión teológica en institutos y universidades católicas (pues ahora se considera lícito disentir de santo Tomás, de los Padres, del Magisterio y de la fe de siempre) y mayor confusión en la gente común (el común de los mortales cree que cualquier religión da lo mismo, todos adoramos al mismo Dios, todos se salvan, el infierno no existe, no importa la fe que uno tenga o si la practica o no, etcétera); el cambio disciplinar (el cual es efecto lógico y necesario del anterior) es lo que se suele llamar "el aggiornamiento," es decir, la puesta al día de la Iglesia, con un nuevo modo de vivir la fe. Este último cambio es el más evidente, pues se ha hecho evidente en la Reforma Litúrgica (la nueva misa, con nuevo, sin latín, sin gregoriano y a veces con bailes y palmas), el nuevo arte religiosos (iglesias como galpones, pinturas religiosas modernistas, esculturas difíciles de entender, etc), monjitas sin hábito, sacerdotes sin sotana y vestidos de civil, sacerdotes metidos en política, pérdida de prácticas piadosas antiguas (rosarios, cofradías, comunión de rodillas, acción católica, etc) y muchas más que todo el mundo conoce de sobra. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la pedofilia? en principio nada, diran algunos, pues esa gente es gente enferma; pero sí existe una relación.
Lo que ha ocurrido es que se ha vulgarizado la fe y con ello se ha mundanizado el sacerdocio católico y la misma vivencia de la fe de cada católico. Lo esencial de un sacerdote es algo sagrado: la celebración de la Misa y hacer presente a Jesús por su ministerio, por eso su misma identidad es sagrada. La carta a los hebreos dice que todo sacerdote es tomado entre los hombres y separado del mundo (Cfr Hb 5,1; 7,26) y el mismo san Pablo dice de sí que es "separado (segregado) para el Evangelio de Dios" (Rm 1,1); pues la identidad misma del sacerdote se vive en lo sagrado, en lo celestial, por lo que la mundanización del sacerdote y del sacerdocio lo que consigue es deformar tanto su realidad al punto de quitarle su esencia e identidad, volviéndolo vacio, por lo que tiende a llenarse con lo que tiene a mano: el mundo, con sus placeres, comodidades y sensualidades; de ahí que hoy en día se hagan comunes las denuncias sobre faltas sexuales del clero, no sólo pedofilia, si no también quienes mantienen relaciones homosexuales y heterosexuales más o menos estables.
Todo lo que se ha hecho para atraer a la gente está terminando por espantarla definitivamente. Hoy en día se multiplican prácticas pastorales para "atraer" a la gente, existen sacerdotes cada vez más "cercanos a la realidad," existen misas cada vez más entretenidas: y lo que va quedando de todo eso son iglesias vacias y sacerdotes secularizados, sin identidad sagrada, mundanizados y que no viven su identidad propia.
El problema de la pedofilia ha puesto en evidencia muchas otras faltas al celibato y a la probidad en sacerdotes (también existen muchos escándalos en materia financiera...); por lo que algunos promueven como remedio eliminar el celibato y radicalizar el aggiornamiento de la Iglesia, modernizándola completamente, es decir, quieren combatir la enfermedad con más de aquello que la provoca.
Hay que denunciar a los sacerdotes infieles (sean pedófilos, homosexuales o ladrones) y que respondan cada uno por sus hechos, sin culpar a la Iglesia o a Dios; pero con la misma fuerza hay que buscar acabar con las causas últimas que promueven el ambiente necesario para que todas estas miserias se den.
Es cierto que escándalos se han dado siempre (partieron con Judas), pero nunca con la fuerza que hoy, pues nunca colaboró con ellos tanto el ambiente reinante (mundanización) como las políticas eclesiales oficiales (desde la promoción a altos cargos de sacerdotes mundanos y la persecusión de los tradicionalistas, hasta la prédica oficial que promueve una religión light e "innovadora"). No es suficiente que se condenen los abusos a menores si no se deja de proteger a los culpables y no se busca una verdadera reforma al clima reinante que favorece la inmoralidad por la secularización.
A algunos se les llama fanáticos por oponerse al Vaticano II y se dice que lo antiguo es sinónimo de impopular. Pero se hace evidente que las doctrinas y prácticas nuevas han permitido un ambiente mundano que fomenta la mundanización del clero (no solamente en materia sexual, si no basta con ver automoviles y casas parroquiales...), irregularidades administrativas, abusos de poder, etcétera.
La fe de siempre es remedio eficaz contra la secularización de hoy, por ello no se debe culpar a la Iglesia (en cuanto tal), a Dios, a la fe católica o al celibato, de actos de quienes en realidad han abandonado todo ello.
En resumen, hay que castigar a los culpables de abusos, pero también hay que buscar corregir todo aquello que da píe a un ambiente que promueve estas irregularidades. Como dirían en el campo, en este caso la culpa sí es del chancho, pero también de áquel que le da el afrecho.
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