En este último domingo del mes de la Patria, la Iglesia conmemora el Día de la Oración por Chile, en el cual se eleva a Dios la oración por nuestro país, bajo la intercesión de la Bienaventurada Madre de Dios, la Santísima Virgen del Carmen, Reina y Patrona de Chile.
Es importante pedir por Chile, en este año de elecciones, para que Dios nos traiga los mayores bienes e ilumine a las autoridades para lograr el bien común, por medio de leyes e iniciativas que sean justas.
En estos momentos conviene recordar lo que significa la palabra “Patria.” Este término viene del latín patres, que significa padres, es decir, la patria es la tierra de los padres, pero esto no sólo se refiere a los progenitores, si no a aquellos a quienes llamamos padres porque nos heredaron su cultura, valores e ideales. Por eso, en particular en este mes de la patria, para vivir un verdadero patriotismo es necesario pensar en los Padres de la Patria, es decir aquellas personas que ayudaron a fundar esta república, pensando sobre qué ideales les movían y sobre qué principios fundaron este país. Los Padres de la Patria, aún cuando defendieron la libertad política del país, jamás renegaron de la herencia española, antes bien asumieron sus principios y valores y se propusieron vivirlos en la libertad de una República independiente. El valor principal sobre el que fue fundado nuestro país fue la fe católica; fue la fe lo que movió a O’higgins y a los otros a conseguir la fundación de una nación independiente, que tuviese a España por madre en el origen y por hermana en la fe, pero que decidiera por sí sus destinos supremos en la libertad de los hijos de Dios, bajo el amparo de la Madre de Dios, bajo la advocación de la Virgen del Carmen.
La idea de Patria para Chile, por tanto, se funda sobre la unión de hombres libres que profesaban la religión verdadera, bajo el amparo de la Virgen del Carmen. Esta idea se mantuvo por varios decenios, bajo la influencia dejada por la herencia de los Padres de la Patria. Pero a fines del siglo XIX, bajo el alero de ideas de gobiernos liberales, se intentó desligar poco a poco a la Patria de su fundamento católico, hasta perder la confesionalidad del Estado en 1925. No obstante esto, el pueblo chileno continúa siendo mayoritariamente católico y la Iglesia sigue rezando continuamente por la Patria.
Pero cuando se pierde el fundamento se va perdiendo también el resto. Por no ser confesional el Estado muchos intentan hacer acallar la voz de la Iglesia cuando defiende la vida y sostiene con voz clara los principios morales básicos en toda sociedad y a los que no podemos renunciar en modo alguno.
Por eso es necesario cuestionarse sobre estos valores: el respeto a la vida (de todos) y la defensa de la familia. Cuando ciertos políticos intentan introducir leyes que atentan contra la unidad de la familia (y algunos quieren incluso eliminar la palabra “familia” de la constitución) o promueven leyes que atentan contra la vida de los más débiles (aborto, eutanasia), debemos reafirmar nuestra identidad como católicos y renunciar a apoyar a tales personas y combatir (en la medida de nuestras fuerzas, a veces será con nuestras acciones en instancias sociales otras será sólo con el voto) tales iniciativas.
Chile es una nación libre, pero la palabra nación significa el lugar de los que nacen, por lo tanto es un contrasentido que se introduzcan leyes antivida y antifamilia, pues el respeto a la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, y solidez de las familias, es lo que constituye una verdadera nación y le permite crecer con dignidad y justicia social real.
Imploremos a la Virgen del Carmen, Madre de Dios, que ilumine a los chilenos, para no renunciar a nuestra vocación de país a favor de la vida y de la dignidad de las personas, para que la celebración de los doscientos años de la independencia se haga en un contexto de verdadero progreso y justicia, con los valores e ideales que los Padres de la Patria buscaron al fundar nuestra república. Por eso nos decimos orgullosos de ser chilenos católicos, devotos de la Virgen del Carmen, a quien representa la estrella de nuestra bandera.
viernes, 25 de septiembre de 2009
sábado, 19 de septiembre de 2009
DEMOS GRACIAS A DIOS POR EL DON DE NUESTRA PATRIA
Extracto de la homilía de Monseñor Juan Ignacio González, nuestro obispo, en la Misa y Te Deum celebrado en la Catedral de San Bernardo.
Tal como su nombre lo indica, tanto cuando celebramos la Eucaristía (que significa acción de gracias) como cuando celebramos un "Te Deum Laudamus", ("a Ti Dios alabamos"), lo primero que brota de nuestro corazón es bendecir al Señor por los dones recibidos. Es un deber de justicia, un deber de lealtad, un deber de profundo reconocimiento, porque ni nosotros ni nuestra Patria nos hemos hecho solos, sino que todo los recibimos del Creador, por medio de su Hijo Jesucristo. Por eso, queridos hermanos y hermanas, hoy los invito a bendecir al Señor.
Bendecimos al Señor por formar parte de esta América cristiana y morena, y de esta nación chilena, tierra de esperanza donde todos compartimos una misma lengua que nos permite entendernos y vivir tradiciones muy queridas. Bendecimos al Señor por esta tierra de presente y de futuro, pródiga en recursos naturales, como el agua dulce y el agua de mar, con toda su riqueza, la cordillera que en sus entrañas alberga minerales, una flora y fauna tan variadas y bosques originarios con los que aún respira nuestra gente y que no siempre hemos sabido respetar con un uso racional y humano que las preserve para futuras generaciones
Bendecimos al Señor por la historia vivida y sufrida, historia amante de la justicia y el derecho, construida con los amores y sudores de todos y de todas, y le pedimos perdón a Dios por los quiebres tan profundos que hemos protagonizado por no saber enfrentar nuestras discrepancias con la lógica de la comprensión y el perdón. Quiebres que aún hoy nos enfrentan y dividen, y que nos urge sanar y reconciliar, para que Chile sea efectivamente una Patria de hermanas y hermanos.
Bendecimos al Señor porque con el esfuerzo de todos hemos construido un país más desarrollado, más estable económicamente y con mayores oportunidades de estudio y de trabajo. Pero debemos reconocer que no hemos sabido compartir con equidad los frutos del trabajo y los bienes generados, lo cual significa tener a muchos - ¡demasiados compatriotas! - viviendo en condiciones de pobreza y hasta de miseria que claman al cielo y son muchas veces el motivo de la violencia que lamentablemente crece en nuestras relaciones.
Bendecimos al Señor por la fe cristiana y católica del pueblo chileno que nos llevan a aceptar la ley de Dios como el camino para nuestro desarrollo y a adorar a Dios y a querer ponerlo en el primer lugar de nuestras vidas, aportando a Chile la riqueza del amor al prójimo. Pero reconocemos, a la vez, que la idolatría por el dinero, la suficiencia en el saber sólo humano, así como la altivez del poder, nos han llevado a formular proyectos y tomar decisiones que dan las espaldas a la presencia de Dios o van directamente contra sus leyes, aunque vivamos con su Nombre en nuestros labios.
Bendecimos a Dios por los héroes conocidos de nuestra Historia, a quienes honramos con justicia en este Bicentenario, y por los héroes anónimos que han entregado su sangre y sus fatigas para construir el país de sus sueños en la educación, en el foro, en la empresa, transformando la tierra con sus manos, mineros, pescadores, campesinos, así como artistas y literatos insignes que merecen estatuas en el corazón de todo buen chileno y le pedimos perdón por quienes quisieran construir un futuro que intenta desconocer la historia y la rica herencia que hemos recibido, dispuestos a ser padres y madres del mañana, pero renunciando torpemente a ser hijos e hijas del ayer.
El fin de la toda organización nacional es la búsqueda del bien común, es decir aquella particular forma de organización social, económica, política, etc. que permita que todos los miembros de la comunidad nacional puedan alcanzar su más pleno desarrollo material y espiritual. "El desarrollo (por tanto) debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es «uno en cuerpo y alma», nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente. Por eso San Agustín escribió: "nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón esta siempre inquieto mientras no descanse en ti." "Decir que el desarrollo es vocación equivale a reconocer, por un lado, que éste nace de una llamada trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado último por sí mismo. «No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana» Esta visión del progreso es el corazón de la mirada de la Iglesia y motiva todas sus reflexiones sobre la libertad, la verdad y la caridad en el desarrollo.
Tal como su nombre lo indica, tanto cuando celebramos la Eucaristía (que significa acción de gracias) como cuando celebramos un "Te Deum Laudamus", ("a Ti Dios alabamos"), lo primero que brota de nuestro corazón es bendecir al Señor por los dones recibidos. Es un deber de justicia, un deber de lealtad, un deber de profundo reconocimiento, porque ni nosotros ni nuestra Patria nos hemos hecho solos, sino que todo los recibimos del Creador, por medio de su Hijo Jesucristo. Por eso, queridos hermanos y hermanas, hoy los invito a bendecir al Señor.
Bendecimos al Señor por formar parte de esta América cristiana y morena, y de esta nación chilena, tierra de esperanza donde todos compartimos una misma lengua que nos permite entendernos y vivir tradiciones muy queridas. Bendecimos al Señor por esta tierra de presente y de futuro, pródiga en recursos naturales, como el agua dulce y el agua de mar, con toda su riqueza, la cordillera que en sus entrañas alberga minerales, una flora y fauna tan variadas y bosques originarios con los que aún respira nuestra gente y que no siempre hemos sabido respetar con un uso racional y humano que las preserve para futuras generaciones
Bendecimos al Señor por la historia vivida y sufrida, historia amante de la justicia y el derecho, construida con los amores y sudores de todos y de todas, y le pedimos perdón a Dios por los quiebres tan profundos que hemos protagonizado por no saber enfrentar nuestras discrepancias con la lógica de la comprensión y el perdón. Quiebres que aún hoy nos enfrentan y dividen, y que nos urge sanar y reconciliar, para que Chile sea efectivamente una Patria de hermanas y hermanos.
Bendecimos al Señor porque con el esfuerzo de todos hemos construido un país más desarrollado, más estable económicamente y con mayores oportunidades de estudio y de trabajo. Pero debemos reconocer que no hemos sabido compartir con equidad los frutos del trabajo y los bienes generados, lo cual significa tener a muchos - ¡demasiados compatriotas! - viviendo en condiciones de pobreza y hasta de miseria que claman al cielo y son muchas veces el motivo de la violencia que lamentablemente crece en nuestras relaciones.
Bendecimos al Señor por la fe cristiana y católica del pueblo chileno que nos llevan a aceptar la ley de Dios como el camino para nuestro desarrollo y a adorar a Dios y a querer ponerlo en el primer lugar de nuestras vidas, aportando a Chile la riqueza del amor al prójimo. Pero reconocemos, a la vez, que la idolatría por el dinero, la suficiencia en el saber sólo humano, así como la altivez del poder, nos han llevado a formular proyectos y tomar decisiones que dan las espaldas a la presencia de Dios o van directamente contra sus leyes, aunque vivamos con su Nombre en nuestros labios.
Bendecimos a Dios por los héroes conocidos de nuestra Historia, a quienes honramos con justicia en este Bicentenario, y por los héroes anónimos que han entregado su sangre y sus fatigas para construir el país de sus sueños en la educación, en el foro, en la empresa, transformando la tierra con sus manos, mineros, pescadores, campesinos, así como artistas y literatos insignes que merecen estatuas en el corazón de todo buen chileno y le pedimos perdón por quienes quisieran construir un futuro que intenta desconocer la historia y la rica herencia que hemos recibido, dispuestos a ser padres y madres del mañana, pero renunciando torpemente a ser hijos e hijas del ayer.
El fin de la toda organización nacional es la búsqueda del bien común, es decir aquella particular forma de organización social, económica, política, etc. que permita que todos los miembros de la comunidad nacional puedan alcanzar su más pleno desarrollo material y espiritual. "El desarrollo (por tanto) debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es «uno en cuerpo y alma», nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente. Por eso San Agustín escribió: "nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón esta siempre inquieto mientras no descanse en ti." "Decir que el desarrollo es vocación equivale a reconocer, por un lado, que éste nace de una llamada trascendente y, por otro, que es incapaz de darse su significado último por sí mismo. «No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto en el reconocimiento de una vocación que da la idea verdadera de la vida humana» Esta visión del progreso es el corazón de la mirada de la Iglesia y motiva todas sus reflexiones sobre la libertad, la verdad y la caridad en el desarrollo.
jueves, 10 de septiembre de 2009
EL QUE QUIERA VENIR TRAS DE MÍ QUE RENUNCIE A SÍ MISMO, TOME SU CRUZ Y ME SIGA…
Textos espirituales seleccionados de santos, sobre la mortificación cristiana.
San Agustín:
“Esa cruz que el Señor nos invita a llevar, para seguirle más deprisa ¿qué significa sino la mortificación?”
San Gregorio Magno:
"Pasó el tiempo de las persecuciones, pero también nuestra paz tiene un martirio propio: no doblamos ya nuestro cuello bajo el hierro, pero con la espada del espíritu nosotros mismos matamos los deseos carnales de nuestra alma".
Santa Brígida:
"Has de saber, hija mía, que mis caudales y tesoros están cercados de espinas, basta determinarse a soportar las primeras punzadas, para que todo se trueque en dulzuras."
San Francisco de Borja:
"Para poder sufrir más, Cristo no abrió enseguida su costado. Lo abrió después de morir, para revelar el amor de su corazón, para enseñarnos que el amor no se hace espiritualmente presente antes de la muerte del hombre viejo que vive en nosotros según la carne."
Santa Teresa de Jesús de Ávila:
“El amor de Dios se adquiere cuando nos resolvemos a trabajar y a sufrir por Él".
San Juan de la Cruz:
"El amor no consiste en grandes cosas, sino en tener grande desnudez y padecer por el Amado"
El Señor se le apareció con la cruz a cuestas y le dijo: "Juan, pídeme lo que quieras", El Santo respondió: " Padecer, Señor, y ser por Vos despreciado".
Santa Gema Galgani:
"Jesús, Dueño mío... Cuando mi cabeza se acerque a la tuya, hazme sentir el dolor de las espinas que te punzaron. Cuando mi pecho se recline sobre el tuyo, haz que yo sienta la lanzada que te traspasó”.
San Francisco de Sales:
"El corazón lleno de amor ama los mandamientos, y cuanto más difíciles son, los encuentra más dulces y agradables, porque complacen más el Amado y le dan más honor."
"Hay que dejar que rodeen nuestro cerebro las espinas de las dificultades, y dejar traspasar nuestro corazón por la lanza de la contradicción; beber la hiel y tragar el vinagre, ya que eso es lo que Dios quiere".
"Besad de corazón frecuentemente las cruces que Nuestro Señor mismo pone sobre vuestros hombros; no miréis si son de madera preciosa o perfumada; ellas son más cruz cuanto sean de una madera más vil, abyecta y maloliente".
Santa Teresita del Niño Jesús:
"En el lavadero mi compañera de trabajo sacudía la ropa con tal fuerza que me salpicaba de jabón la cara. Esto me hacía sufrir, pero jamás le dije nada al respecto, y así ofrecía este pequeño sacrificio por los pecadores.".
Santa Micaela del Santísimo Sacramento:
"Los santos no nacieron santos; llegaron a la santidad después de una larga continuidad de vencimientos propio."
San Josemaría Escrivá:
“Si no eres mortificado nunca serás alma de oración”.
“Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior”.
“Busca mortificaciones que no mortifiquen a los demás”.
San Luis María Griñón de Monfort:
"En efecto, toda la perfección cristiana consiste:
1. En querer ser santo:
"El que quiera venirse conmigo".
2. En abnegarse: "que reniegue de sí mismo".
3. En padecer: "que cargue con su cruz".
4. En obrar: "y me siga."
San Agustín:
“Esa cruz que el Señor nos invita a llevar, para seguirle más deprisa ¿qué significa sino la mortificación?”
San Gregorio Magno:
"Pasó el tiempo de las persecuciones, pero también nuestra paz tiene un martirio propio: no doblamos ya nuestro cuello bajo el hierro, pero con la espada del espíritu nosotros mismos matamos los deseos carnales de nuestra alma".
Santa Brígida:
"Has de saber, hija mía, que mis caudales y tesoros están cercados de espinas, basta determinarse a soportar las primeras punzadas, para que todo se trueque en dulzuras."
San Francisco de Borja:
"Para poder sufrir más, Cristo no abrió enseguida su costado. Lo abrió después de morir, para revelar el amor de su corazón, para enseñarnos que el amor no se hace espiritualmente presente antes de la muerte del hombre viejo que vive en nosotros según la carne."
Santa Teresa de Jesús de Ávila:
“El amor de Dios se adquiere cuando nos resolvemos a trabajar y a sufrir por Él".
San Juan de la Cruz:
"El amor no consiste en grandes cosas, sino en tener grande desnudez y padecer por el Amado"
El Señor se le apareció con la cruz a cuestas y le dijo: "Juan, pídeme lo que quieras", El Santo respondió: " Padecer, Señor, y ser por Vos despreciado".
Santa Gema Galgani:
"Jesús, Dueño mío... Cuando mi cabeza se acerque a la tuya, hazme sentir el dolor de las espinas que te punzaron. Cuando mi pecho se recline sobre el tuyo, haz que yo sienta la lanzada que te traspasó”.
San Francisco de Sales:
"El corazón lleno de amor ama los mandamientos, y cuanto más difíciles son, los encuentra más dulces y agradables, porque complacen más el Amado y le dan más honor."
"Hay que dejar que rodeen nuestro cerebro las espinas de las dificultades, y dejar traspasar nuestro corazón por la lanza de la contradicción; beber la hiel y tragar el vinagre, ya que eso es lo que Dios quiere".
"Besad de corazón frecuentemente las cruces que Nuestro Señor mismo pone sobre vuestros hombros; no miréis si son de madera preciosa o perfumada; ellas son más cruz cuanto sean de una madera más vil, abyecta y maloliente".
Santa Teresita del Niño Jesús:
"En el lavadero mi compañera de trabajo sacudía la ropa con tal fuerza que me salpicaba de jabón la cara. Esto me hacía sufrir, pero jamás le dije nada al respecto, y así ofrecía este pequeño sacrificio por los pecadores.".
Santa Micaela del Santísimo Sacramento:
"Los santos no nacieron santos; llegaron a la santidad después de una larga continuidad de vencimientos propio."
San Josemaría Escrivá:
“Si no eres mortificado nunca serás alma de oración”.
“Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior”.
“Busca mortificaciones que no mortifiquen a los demás”.
San Luis María Griñón de Monfort:
"En efecto, toda la perfección cristiana consiste:
1. En querer ser santo:
"El que quiera venirse conmigo".
2. En abnegarse: "que reniegue de sí mismo".
3. En padecer: "que cargue con su cruz".
4. En obrar: "y me siga."
viernes, 4 de septiembre de 2009
En el Corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor
Extracto de los escritos de Santa Teresita del Niño Jesús
Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme... Pero no es así... Ciertamente, estos tres privilegios son la esencia de mi vocación: carmelita, esposa y madre. Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas...
Jesús mío, ¿y tú qué responderás a todas mis locuras...? ¿Existe acaso un alma pequeña y más impotente que la mía...? Sin embargo, Señor, precisamente a causa de mi debilidad, tú has querido colmar mis pequeños deseos infantiles, y hoy quieres colmar otros deseos míos más grandes que el universo...
Como estos mis deseos me hacían sufrir durante la oración un verdadero martirio, abrí las cartas de san Pablo con el fin de buscar una respuesta. Y mis ojos se encontraron con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los Corintios... Leí en el primero que no todos pueden ser apóstoles, o profetas, o doctores, etc.; que la Iglesia está compuesta de diferentes miembros, y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. La respuesta estaba clara, pero no colmaba mis deseos ni me daba la paz...
Al igual que Magdalena, inclinándose sin cesar sobre la tumba vacía, acabó por encontrar lo que buscaba, así también yo, abajándome hasta las profundidades de mi nada, subí tan alto que logré alcanzar mi intento... Seguí leyendo, sin desanimarme, y esta frase me reconfortó: «Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino inigualable». Y el apóstol va explicando cómo los mejores carismas nada son sin el amor; Y que la caridad es ese camino inigualable que conduce a Dios con total seguridad.
Podía, por fin, descansar.
Al mirar el cuerpo místico de la Iglesia, yo no me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo; o, mejor dicho, quería reconocerme en todos ellos...
La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre...
Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares... En una palabra, ¡que el amor es eterno...!
Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado. En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... Así lo seré todo... ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad...!!!
¿Por qué hablar de alegría delirante? No, no es ésta la expresión justa. Es, más bien, la paz tranquila y serena del navegante al divisar el faro que ha de conducirle al puerto... ¡Oh, faro luminoso del amor, yo sé cómo llegar hasta ti! He encontrado el secreto para apropiarme de tu llama. No soy más que una niña, impotente y débil. Sin embargo, es precisamente mi debilidad lo que me da la audacia para ofrecerme como víctima a tu amor, ¡oh Jesús!
Ser tu esposa, Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de almas, debería bastarme... Pero no es así... Ciertamente, estos tres privilegios son la esencia de mi vocación: carmelita, esposa y madre. Sin embargo, siento en mi interior otras vocaciones: siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas...
Jesús mío, ¿y tú qué responderás a todas mis locuras...? ¿Existe acaso un alma pequeña y más impotente que la mía...? Sin embargo, Señor, precisamente a causa de mi debilidad, tú has querido colmar mis pequeños deseos infantiles, y hoy quieres colmar otros deseos míos más grandes que el universo...
Como estos mis deseos me hacían sufrir durante la oración un verdadero martirio, abrí las cartas de san Pablo con el fin de buscar una respuesta. Y mis ojos se encontraron con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los Corintios... Leí en el primero que no todos pueden ser apóstoles, o profetas, o doctores, etc.; que la Iglesia está compuesta de diferentes miembros, y que el ojo no puede ser al mismo tiempo mano. La respuesta estaba clara, pero no colmaba mis deseos ni me daba la paz...
Al igual que Magdalena, inclinándose sin cesar sobre la tumba vacía, acabó por encontrar lo que buscaba, así también yo, abajándome hasta las profundidades de mi nada, subí tan alto que logré alcanzar mi intento... Seguí leyendo, sin desanimarme, y esta frase me reconfortó: «Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino inigualable». Y el apóstol va explicando cómo los mejores carismas nada son sin el amor; Y que la caridad es ese camino inigualable que conduce a Dios con total seguridad.
Podía, por fin, descansar.
Al mirar el cuerpo místico de la Iglesia, yo no me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo; o, mejor dicho, quería reconocerme en todos ellos...
La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos ellos. Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre...
Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares... En una palabra, ¡que el amor es eterno...!
Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado. En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... Así lo seré todo... ¡¡¡Así mi sueño se verá hecho realidad...!!!
¿Por qué hablar de alegría delirante? No, no es ésta la expresión justa. Es, más bien, la paz tranquila y serena del navegante al divisar el faro que ha de conducirle al puerto... ¡Oh, faro luminoso del amor, yo sé cómo llegar hasta ti! He encontrado el secreto para apropiarme de tu llama. No soy más que una niña, impotente y débil. Sin embargo, es precisamente mi debilidad lo que me da la audacia para ofrecerme como víctima a tu amor, ¡oh Jesús!
Bene Omnia Fecit - Todo lo ha hecho bien
En el Evangelio de hoy, las multitudes decían de Cristo: “Todo lo ha hecho bien.” Porque el Señor hacía hablar a los mudos y oír a los sordos, su poder lograba vencer así los desordenes que el pecado logró entrar en la naturaleza.
“Bene omnia fecit” (Todo lo hizo bien), esta expresión recuerda el libro del Génesis cuando Dios creó el mundo y la Escritura recuerda: “et vidit Deus quod esset bonum” (Y vio Dios que era bueno); porque la maravilla de la creación del mundo es una figura y signo de la maravilla aún mayor de la Segunda Creación, es decir, la Salvación traída por Cristo, que renueva el universo y trae paz a todo el mundo. Por eso el mismo Señor dice: “Ecce nova facio omnia” (he aquí que hago nuevas todas las cosas), pues con su presencia renueva la creación entera y lo encamina todo al bien. Las multitudes se admiraban de Cristo y veían que su obra traía el bien al mundo.
Nosotros unidos a Cristo también podemos hacer las cosas bien; es decir, que cada trabajo puntual y honesto que hagamos, aún los que nos parecen los más insignificantes, son oportunidad de unirnos a Cristo y colaborar con Él en la Salvación del mundo. Cristo dice que Él hace nuevas “todas” las cosas, no sólo algunas o las más importantes, las multitudes decían que Él había hecho bien “todo” no sólo algunas cosas.
Así “todo” trabajo humano honesto cuenta con la bendición de Dios; toda obra humana que se hace en gracia de Dios y según el querer de Dios es oportunidad de salvación y de unión con Cristo. Por lo mismo dejemos que el Señor entre en nuestras vidas y dediquémosle por entero nuestras actividades diarias, nuestras vidas, nuestros trabajos, nuestros estudios, para que Él los renueve en su amor.
“Bene omnia fecit” (Todo lo hizo bien), esta expresión recuerda el libro del Génesis cuando Dios creó el mundo y la Escritura recuerda: “et vidit Deus quod esset bonum” (Y vio Dios que era bueno); porque la maravilla de la creación del mundo es una figura y signo de la maravilla aún mayor de la Segunda Creación, es decir, la Salvación traída por Cristo, que renueva el universo y trae paz a todo el mundo. Por eso el mismo Señor dice: “Ecce nova facio omnia” (he aquí que hago nuevas todas las cosas), pues con su presencia renueva la creación entera y lo encamina todo al bien. Las multitudes se admiraban de Cristo y veían que su obra traía el bien al mundo.
Nosotros unidos a Cristo también podemos hacer las cosas bien; es decir, que cada trabajo puntual y honesto que hagamos, aún los que nos parecen los más insignificantes, son oportunidad de unirnos a Cristo y colaborar con Él en la Salvación del mundo. Cristo dice que Él hace nuevas “todas” las cosas, no sólo algunas o las más importantes, las multitudes decían que Él había hecho bien “todo” no sólo algunas cosas.
Así “todo” trabajo humano honesto cuenta con la bendición de Dios; toda obra humana que se hace en gracia de Dios y según el querer de Dios es oportunidad de salvación y de unión con Cristo. Por lo mismo dejemos que el Señor entre en nuestras vidas y dediquémosle por entero nuestras actividades diarias, nuestras vidas, nuestros trabajos, nuestros estudios, para que Él los renueve en su amor.
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