Sic et scriptum est: “Factus est primus homo Adam in animam viventem”; novissimus Adam in Spiritum vivificantem1Cor 15,45
Breve tratado sobre la doctrina antropológica de san Pablo, presente en su colección epistolar
I. Introducción: Antropología en San Pablo.
“Ecce homo,” “He aquí al hombre” (Jn 19,5) con estas palabras presentaba Poncio Pilatos a Jesús. Cristo es el Hijo de Dios que se hizo Hijo del hombre, para restituir en él la imagen de Dios dañada por el pecado. Cristo revela lo que es el hombre al hombre mismo, san Pablo tiene clara esta verdad, por eso, al conocer las profundidades del Corazón de Cristo, es también conocedor del misterio del hombre. En sus cartas se deje entrever la riqueza de su doctrina y en ella aquella visión sobre quién es el hombre. El siguiente trabajo tiene por fin determinar cuál es la visión antropológica en las cartas canónicas de san Pablo, presentando no sólo la visión que tiene sobre los estados propios de la naturaleza humana (en función del pecado original y
En su mayoría, la exegética moderna, ha intentado explicar las Escrituras desde una visión que abandona la enseñanza e interpretación tradicional y que deja de lado la doctrina de los Santos Padres y de santo Tomás de Aquino, adoptando visiones que intentan acoger los últimos progresos arqueológicos, pero que resultan ser insatisfactorias teológicamente y se acercan en mucho a explicaciones provenientes del protestantismo. La herejía modernista intenta ver en
El tratado que se pretende presenta un problema inicial: ¿existen textos en que san Pablo establezca una doctrina antropológica explícita e intencionadamente tal? La respuesta es no. San Pablo no pretende hacer tratados de antropología, moral o metafísica, ni siquiera de teología moral o dogmática; el apóstol de las gentes es ante todo eso: un apóstol (Rm 1,1), un enviado por Jesucristo, para predicar el evangelio de Jesucristo; la finalidad de sus cartas es siempre pastoral, ya sea enseñe, amoneste, exhorte, forme, formule una opinión, etcétera, siempre busca formar en aquella comunidad el Cuerpo de Cristo (cfr 1Cor 12,13). Por tanto la sana doctrina (1Tm 1,10) que predica el apóstol es la vida en Cristo que pretende hacer vivir a los creyentes.
Pero a partir de estas exhortaciones, cuyo primer fin es pastoral, san Pablo deja entrever una profunda doctrina en todo orden, en donde alimenta a sus hijos con alimento sólido, les va penetrando cada vez más en los misterios divinos más altos: la vida íntima del Dios Uno y Trino, que se comunica a los hombres y los salva en
A Partir de esto se puede acceder a un conocimiento antropológico en san Pablo, y podemos hacerlo por una doble vía:
- Cristo es Dios hecho hombre y revela al mismo hombre lo que es el hombre mismo, pues Cristo es verdadero hombre, y su humanidad es una humanidad salvadora, la humanidad de una Persona Divina, que merece ser conocida. Cuando Dios se comunica con el hombre por medio de
- Cristo es el Salvador de los hombres. Pero a partir de esta afirmación surgen varias preguntas, las que, en su respuesta, llevan implícitos varios tratados teológicos profundos: Si Cristo es Salvador del hombre, surgen las preguntas ¿Por qué es necesaria una salvación? (Naturaleza humana y pecado original) ¿De qué nos salva Cristo? (Condición de la humanidad caída), ¿Cómo nos salva Cristo? (La justificación y la gracia) ¿Cómo es el hombre una vez salvado? (Condición del hombre redimido y escatología); Las respuestas ofrecidas por Pablo a los creyentes a los que busca educar en Cristo, pueden darnos ciertas luces sobre qué es lo que es el hombre y sus diversos estados en el transcurso de la historia salvífica.
Es así como se accede, indirectamente, al estudio antropológico en las epístolas paulinas. Las luces que entrega el apóstol en sus cartas a las diversas comunidades a las que escribe o a alguno de sus discípulos, son una fuente preciosa para estudiar su visión acerca del hombre. A este estudio nos adentraremos en las páginas siguientes.
II.
a. Estados de
Sa
Existen dos acontecimientos que son gravitantes en el estado de la naturaleza humana, ambos relacionados con lo obrado por dos hombres llamados a ser cabeza del género humano. El primero, al principio de la creación, con Adán, padre común de todos los hombres, dotado por Dios de singulares gracias y dones, pero que no supo ser fiel a esas dádivas divinas, y por su desobediencia hizo entrar el pecado en la naturaleza humana, condenando a sus descendientes a nacer en esa naturaleza caída, una raza que se alejó de la amistad con Dios por el pecado. El segundo suceso es
Así, a partir de los dos adanes, podemos situar la naturaleza humana en tres estados diversos: el primero de justicia original, es el hombre dotado por Dios de gracias y dones que van más allá de su propia naturaleza (estado de la humanidad antes del pecado original); el segundo estado es el de la humanidad caída, es el hombre heredero de Adán, cuya naturaleza se ve en cierta forma sometida al pecado (estado de la humanidad después del pecado original y antes de
San Pablo hace girar toda su teoría de la salvación en torno a los dos adanes y las dos humanidades surgidas a partir de ellos. Por lo mismo, para entender al hombre según san Pablo, hay que acudir a su pensamiento de ambos estados históricos y sus principales características y diferencias.
En los siguientes puntos nos centraremos en estudiar a ambos estados de la naturaleza humana (el caído por el pecado y el redimido), para luego de ello (en el capítulo siguiente) poder entrar en consideraciones más metafísicas sobre la esencia del hombre, a las que, en san Pablo, sólo se puede llegar después de analizar cada uno de los estados históricos, pues es a la realidad concreta, la vivida por los discípulos, a la que san Pablo quiere llegar para presentar el misterio de Cristo; san Pablo no busca convertir a la humanidad, entendida como un abstracto anónimo e indefinido, si no que busca a cada hombre, en concreto, con sus propias experiencias de vida, su interioridad, sus reflexiones espirituales, sus luchas contra el pecado, sus pobrezas y abundancias, sus penas y alegrías, en fin todo el hombre, para llenar todo eso de Cristo, en quien se encuentra la vida plena, o, como el mismo Cristo lo había dicho, vida en abundancia.
b. Naturaleza caída.
Con Adán y Eva se abre la historia de la humanidad, una historia que estaba llamada a ser comunión amistosa de los hombres y Dios. Dios mismo entrega al hombre una serie de dones gratuitos que van más allá de su puro ser natural, pero el hombre renunció a esta amistad, y por ello también a esos dones añadidos, por desobedecer al plan de su Creador y pretender autodeterminarse en contra de este mismo plan.
¿Cómo hubiera sido la humanidad original sin esos dones añadidos?, ¿Qué hubiera sido de la humanidad sin la triste experiencia del pecado? San Pablo no hace elucubraciones teóricas ni fantásticas inútiles sobre una posible humanidad que no existió ni lo podrá hacer, él sólo se hace cargo de la realidad vivida y ve en ella la belleza del plan divino, la mano providente de Dios, que va guiando cada acontecimiento al mayor bien del hombre. Dios al crear al hombre, permite su caída, no porque le falte la capacidad para evitarla, sino porque quiere demostrar su mayor poder: el amor de misericordia, que no sólo se derrama a quien es justo, sino también al pecador, en un don que excede todo don (Cfr Rm 5, 6-8). Por eso el hombre, por propia culpa, se vio inmerso en esta realidad del pecado, que daña su naturaleza, introduciendo una herida, que le hace vivir una vida en donde la realidad del pecado será una lucha diaria. “Por tanto, como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rm 5,12) El pecado, y con él su salario que es la muerte (Rm 6,23), pasa a ser una realidad universal en esta humanidad nacida de Adán.
¿Cómo es este hombre heredero de Adán? El hombre sufre, por el pecado, esta herida en la naturaleza, que le provoca una tendencia al mal, sus pasiones se desordenan y a veces se revelan en contra de la misma voluntad, aún cuando ésta pueda querer hacer el bien. El pecado es la triste experiencia del hombre, que parece condenarlo sin remedio. Pero Dios no abandonó al hombre, sino que lo fue llevando poco a poco hasta su plan de salvación.
Dios se revela al hombre, como el Dios Único, y revela su ley moral natural, a los judíos en primer lugar, por
Entonces aquí se aprecia un doble bien: la capacidad del hombre de ser sanado, no por sus propias fuerzas sino por la fuerza de Dios; pero posibilidad real al fin, de lo que se desprende que la humanidad caída es una naturaleza enferma por el pecado, pero no muerta. ¿Cómo sabemos que el hombre no puede sanarse por sus propias fuerzas? San Pablo responde que la triste experiencia del pecado lo comprueba, “judíos y griegos (mundo gentil) están bajo el pecado, como dice
Pero esta triste experiencia es parte del plan de Dios, pues ha permitido la dureza del corazón del hombre para manifestarle así al hombre su condición de dependiente del don divino. En efecto, el hombre caído no estaba muerto, sólo enfermo, pues podía conocer la ley divina (ya sea en la creación, por su inteligencia, o en
Po
Este hombre enfermo que no puede salvarse por sí mismo, sí puede ser salvado por Dios, entrando así en una nueva etapa de la humanidad.
c. Naturaleza redimida.
“Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor” (Ef 5,8). La regeneración del bautismo ha producido en el cristiano una nueva condición que tiene en sí un doble efecto: Sana la naturaleza de la enfermedad del pecado y eleva al alma a la unión con Dios. En ambos efectos se llega a una condición superior a la de los primeros padres, y esta superioridad es mayor aún por cuanto llegará a su plenitud en el cielo.
Veamos el primero de estos efectos: sana la naturaleza enferma. San Pablo no habla de una curación de la naturaleza enferma, pues la nueva vida en Cristo no sólo es curar sino que es reemplazar lo enfermo por lo nuevo, es una regeneración, es nacer de nuevo, dejar la vida de pecado por vida de justicia, por eso el nombre propio de esta regeneración es el de justificación, es hombre es hecho justo ante Dios.
Lutero planteó la herejía de la justificación extrínseca, haciéndola ver sólo como un decreto divino que no producía un cambio ontológico en el ser humano. Tal concepción no tiene cabida en la teología de san Pablo. Los protestantes se valen de expresiones que aparecen en San Pablo sobre que Dios cubre nuestros pecados y nos reviste de justicia, pero estas expresiones hay que entenderlas en el sentido que quiere darles san Pablo. Para el apóstol de las gentes, como para el resto de los apóstoles, la justificación obrada en el Bautismo es un nuevo nacimiento, regeneración, el hombre es una nueva criatura, siendo el revestimiento de Cristo una participación más plena y perfecta en su vida divina, por la participación de él en nuestra humanidad. San Pablo va más allá, la regeneración del bautismo no sólo es un nuevo nacer, es también una nueva creación, pues la creación entera se ve favorecida de ella y renovada por
El hombre redimido lo ha sido en su mismo ser. Pero esta renovación se da en dos etapas, la primera es en este mundo y la segunda es la plenitud de esta vida en el cielo. La vida del cristiano en este mundo todavía siente en parte los efectos de la caída original, una ley oculta que convierte la vida del cristiano en lucha, pero una lucha en la que Dios da las armas del triunfo y el triunfo final; el cristiano redimido no ha sido sacado del mundo por lo que debe combatir aún contra el mal, que incluso puede venir desde su misma carne, la clave de este combate es la mortificación (cfr Col 3,5 “mortificad vuestros miembros,” del griego mortificar, hacer morir), pues el cristiano, por
Ahí viene el segundo efecto de la regeneración en Cristo: elevar el alma a la unión con Dios. Esto puede aparecer como consecuencia del primer efecto, pero es la finalidad de este. El fin de
San Pablo sabe que el cristiano es incorporado a las relaciones intradivinas de las personas de
Sabemos, y es verdad de fe, que todas las obras ad extra de Dios son comunes a las Tres Divinas Personas, esto porque el principio operativo (la naturaleza divina) es común a los Tres; pero ¿Qué pasa con la inhabitación trinitaria? Los textos de la unión del cristiano con alguna de las divinas personas son demasiado claros para suponer que se refieren a apropiaciones de algo que es propio de una unión de naturaleza, el cristiano no tiene relaciones de amistad con la naturaleza divina, sino con cada persona divina, ¿cómo puede ser esto? Porque la inhabitación no es una obra ad extra de Dios, sino que puede ser llamada ad intra ¿cómo? Porque las relaciones de Dios con el cristiano son por el amor y el amor es siempre una comunicación personal, no de naturaleza, sino de la persona en cuanto tal, por eso se puede dar esa comunicación personal con Dios sin romper el dogma sobre las obras ad extra, pues el amor de Dios es lo propio de Dios (Dios es amor, las relaciones del Padre y el Hijo y el Espíritu Santo constituyen un solo Dios por la unión amorosa), y el cristiano es sumergido en esa comunión de amor. Tal es la deificación en san Pablo, no tanto una participación en la naturaleza, sino una participación en la vida intradivina de la comunión personal trinitaria del amor. Por eso cada Persona Divina se halla “inhabitando” en el cristiano al modo propio de su ser intradivino; esto también explica las misiones divinas (el Padre envía al Hijo; el Padre y el Hijo envían al Espíritu), que tampoco rompen
Por eso, aún cuando la plenitud de lo que seremos sólo se verá en el Cielo, para san Pablo ya existe una vida escatológica, pues
III.
a.
Otro punto esencial para entender la visión que tiene san Pablo sobre el hombre es captar lo que afirma sobre Jesucristo, quien si bien es el “gran Dios” (Tt 2,13), es también uno de nosotros, “nacido de mujer” (Gal 4,4). San Pablo afirma con toda claridad la divinidad de Cristo, pero a la vez confiesa su humanidad verdadera, dos naturalezas completas y una sola persona, como enseñaría el Concilio de Calcedonia en el siglo V.
Todo parece indicar que san Pablo no conoció a Jesús durante la vida mortal de éste. Puede, sin embargo haber oído hablar de Jesús y de sus milagros, pero no parece haber tenido nunca un encuentro personal con él o con alguno de los doce apóstoles. Antes de la experiencia de Damasco, Jesús es alguien ajeno a Pablo, un enemigo de las tradiciones de Israel, a quien debe combatir por amor a Dios y a su religión. Dios es el principal motor de Pablo, por amor a él persigue encarnizadamente a los que él equivocadamente considera enemigos del Dios de Israel, y luego, por amor al Dios vivo y verdadero, predicará el Evangelio a los gentiles y dará su vida como testimonio en Roma.
Pero esta fe religiosa no es algo abstracto en san Pablo, es una convicción personal y totalmente asumida. Aún cuando dijimos que no conoció a Cristo antes de su conversión, hay que decir que esta misma conversión tiene que ver con una experiencia personal de encuentro con Cristo. San Pablo no predica una idea, por convincente que parezca, él predica a una persona, predica a Cristo y a éste crucificado; con verdad afirma que él ha visto a Jesús (1Cor 9,1; 15,8), fue a Cristo a quien encontró en el camino (Gal 1,12) y fue a Cristo a quien Pablo perseguía (Hch 9, 1-18). No fue una experiencia religiosa puramente subjetiva, como una visión o un éxtasis psicológico, si no que se encontró con Cristo Resucitado. La experiencia debió tal vez ser traumática, pero el perdón divino dispensado por el Señor a Pablo, por pura gracia, dejó en su alma una huella que es más impresionante que la manifestación camino a Damasco.
San Pablo “conoce” a Jesús, y por eso el Evangelio no es para él sólo una buena y convincente doctrina, si no que es vida. Pablo es amigo de Cristo, Cristo llena su vida, Cristo es la vida de Pablo (cfr Gal 2,20), y si Pablo es hijo de Dios lo es por participar de la vida del Hijo Eterno del Padre (Gal 4,5)
San Pablo hace muchas alusiones a la vida divina de Cristo, su preexistencia eterna, pero su mayor hincapié es siempre en la humanidad del Salvador, la cual pasa por dos estados: la vida mortal y la vida gloriosa. Estas dos existencias humanas de Cristo marcan
La primera es la humillación de Dios, quien teniendo la grandeza de ser tal, no tuvo a mal hacerse uno de nosotros. Cristo es verdadero hombre, que asumió en todo la humanidad (menos en el pecado), sin ostentar su categoría divina, incluso sometiéndose a la obediencia y a la muerte. Esta es la existencia de Cristo que teniendo la forma de Dios (morfé theú) asumió la forma de esclavo (morfé dulú) por nosotros (Ef 2, 5-7)
La segunda existencia humana es el premio a la primera. Su obra redentora realizada en esa humanidad muerta en muerte de Cruz (Ef 5,8), ha hecho que Dios lo levante, en cuanto hombre, sobre todas las cosas, con el Nombre sobre todo nombre, constituyéndolo Señor (Kyrios) ante el cual se debe doblar toda rodilla en el cielo y en la tierra (Ef 5, 9-11).
Es importante decir que la humanidad de Cristo es siempre total y verdadera, aún en su estado de glorificación, Cristo sentado a la diestra de Dios Padre y constituido Kyrios, sigue siendo plenamente humano. Por eso san Pablo ve en la humanidad del Salvador un modelo para imitar (Cfr. Ef 5,5; etc.)
b. La humanidad en Cristo.
Cristo, al asumir la naturaleza humana, se convierte en cabeza de la humanidad. Así, como Adán lo era por ser el primero de la especie, Cristo lo es porque su humanidad es la humanidad de Dios y porque él es el primero en esta nueva existencia humana según Dios y el primero en el orden escatológico, “es el primero en todo” (Col 1,18), por lo que se convierte en el nuevo Adán (Cfr Rm 5,14).
Esto le da a Cristo un lugar preponderante en el nuevo orden universal instaurado por Él mismo. El nuevo orden es un reino, del cual Cristo, Hijo muy querido del Padre, es el Rey (cfr Col 1,13). Este Reino no es solamente el Reino de lo Cielos del que se habla en los sinópticos, ni siquiera cuando se habla de éste ya presente en la tierra, sino que es un nuevo orden universal, en el que, por
“Lo viejo pasó: mirad se ha hecho nuevo” (2Cor 5,17); en este nuevo orden el Padre ha querido poner a Cristo por Cabeza de todo (cfr Ef 1,10), pero en el caso del hombre Cristo no sólo es Cabeza (tema tan querido para san Pablo) sino que también es el constituyente vital. Cristo no sólo es
IV.
a. Constitución esencial del hombre.
Esta sección del presente trabajo pretende encontrar los rasgos más filosóficos y abstractos sobre la naturaleza humana, en el pensamiento paulino.
San Pablo, aunque sin explicitarlo (y tal vez sin proponérselo), mantiene el esquema aristotélico sobre la naturaleza humana, con el esquema básico hilemórfico, en donde el alma es la forma y el cuerpo la materia. El hombre es la unión substancial de cuerpo y alma, en la que estos dos elementos son diferentes entre sí, a veces incluso parecen opuestos, pero no se contradicen, sino que se complementan en la unidad del ser humano. Primero veremos la constitución dual del hombre (cuerpo – alma) y después veremos como en algunos pasajes esta constitución del hombre parece ser triple, y también en que se diferencia de la visión aristotélica.
San Pablo ve en la constitución cuerpo y alma (a veces expresada, por un fin teológico, como carne y espíritu) un excelente recurso didáctico para contraponer la naturaleza caída y la vida nueva en Cristo, lo mundano y lo espiritual. Es a través de este tipo de aseveraciones en que uno va descubriendo la antropología metafísica de san Pablo, quien ve esta dualidad, que por el pecado original, entra en conflicto en el hombre, haciendo que las potencias inferiores (las de la carne) se subleven a las superiores (las del espíritu); pero el hombre redimido en Cristo está llamado a vivir según el espíritu. Por eso enseña que
La unión de cuerpo y alma, como unidad substancial de dos elementos diversos, no sólo le da a san Pablo la posibilidad de hacer una doctrina del espíritu y la carne como tendencias morales opuestas (incluso como modos existenciales diversos), sino que ilustra su doctrina en otros ámbitos. El matrimonio y el celibato, como formas de vida a la cual Dios llama a los cristianos, son realizaciones del plan divino en el cuerpo y el alma del hombre, que se consagran a Dios y a
Sobre el modo de la unión del alma y el cuerpo, san Pablo no parece dar una explicación precisa ni técnica, pero podemos inferir a partir de sus escritos y de las consideraciones recién expuestas que se inclinaba a pensar en una unión virtual y no física de ambos compuestos esenciales del ser humano. Los judíos pensaban que el alma residía en la sangre de los vivientes (cfr Lv 17,11) por lo que se sigue una unión física del cuerpo y el alma, pero san Pablo parece no aceptar esto más que como una metáfora, que aunque con cierta importancia, no dejaba de ser sólo una metáfora. Pero si pensamos que san Pablo pensaba en una unión virtual, es decir, que el alma se une al cuerpo como la forma a la materia, relacionándose entre sí como el acto y la potencia (respectivamente), lo podemos basar en la idea antes dicha sobre la composición cuerpo–alma en san Pablo, en donde el santo parece sostener una idea cercana a Aristóteles, y que el santo resalta la supremacía del alma (2 Cor 4,16; 5,8) pero subrayando la realidad del cuerpo como parte integrante de la naturaleza (1Cor 6,19; Rm 12,1).
Pero hay textos en que la constitución de la naturaleza humana pareciera ser triple. A los tesalonicenses san Pablo les decía que oraba para que Dios los santifique íntegros, en todo su espíritu, alma y cuerpo, para la venida del Señor (cfr 1Ts 5,23). ¿Esto contradice lo anteriormente dicho? Ciertamente no, pero hay que decir que estos textos revelan que san Pablo tiene una visión que supera a la de Aristóteles, y que, más tarde, será una de las novedades filosóficas de los santos Padres. El hombre es un compuesto de cuerpo y alma, un elemento material y otro espiritual, pero afirmar esta dualidad puede hacer que, por reforzar un aspecto se pierda el otro, y así se dieron en la antigüedad (¡y aún en nuestros días!) muchas filosofías que limitaban al hombre a ser puro espíritu (el cuerpo es algo extrínseco, un envase, pero no el hombre) o puro cuerpo (materialismo, siempre de corte ateo o panteísta); Pero el cristianismo hablaba de la novedad del hombre como uno, en su cuerpo y en su alma, pero uno. La visión paulina integraba un tercer elemento al Psoma (cuerpo) y a la psijé (alma) que era el pneuma (espíritu) pero no entendido únicamente como espíritu, sino como aquel principio unificador del hombre, y lo identificaba con el espíritu, pues constituía al hombre un ser con pneuma imagen del Pneuma divino. El espíritu buscaba significar la unidad del cuerpo y el alma en algo superior, que en san Pablo no encuentra otro término filosófico que lo exprese mejor, y que sólo encontraría respuesta en lenguaje filosófico siglos más tarde, cuando santo Tomás descubra el ser (esse) como la perfección primera de los seres, sustento de toda actualidad y perfección; la constitución humana no sólo era su esencia (cuerpo y alma), hay una aún anterior que es la de esencia y ser, el ser es la que da actualidad ontológica a la esencia (naturaleza), el substrato último. En esto san Pablo supera a Aristóteles, y se soluciona el falso problema de la constitución de la naturaleza humana en san Pablo como dualidad o trinidad.
b.
San Pablo nunca habla de una perfección puramente natural, sin la ayuda de la gracia, pues sabe que esto es imposible para el hombre caído, pues los hijos de Adán, a causa de la herida dejada por el pecado original en la voluntad, son “incapaces de toda obra buena” (Tt 1,16) Pero esta misma herida es subsanada por
Por eso, cuando veamos ahora la perfección natural según san Pablo, no lo haremos pensando como opuesto a lo sobrenatural (contraposición de obras hechas con o sin la gracia de Dios en el alma), sino que lo haremos como contrapuesto a lo accidental (como perfección esencial, de la naturaleza humana, aunque ya redimida por Cristo, opuesto a alguna perfección accidental, que pudiese estar presente o no, sin influir en la naturaleza). Pero este análisis también incluye un aspecto de entender la perfección natural como opuesta a la sobrenatural, en el sentido que nos limitaremos a la perfección moral (y sabemos que la ley moral es natural y cognoscible por la razón natural) y no a la perfección mística o espiritual, en el camino de perfección de índole puramente sobrenatural y de fe.
El primer aspecto que hay que precisar es si san Pablo reconoce la ley moral como cognoscible por la razón (y por tanto su cumplimiento es exigible a todos los seres humanos, aún aquellos que no tienen fe) o solamente la restringe a la moral revelada por Dios, principalmente en el decálogo (y por ello sólo exigible en su cumplimiento a quienes tienen fe). La respuesta de san Pablo es clara: la ley moral se puede conocer por la fe y por la razón, nadie (con o sin fe) está eximido de su cumplimiento. Para quienes tienen fe Dios ha revelado la ley moral en
Lo anterior indica el sujeto de la ley (todo hombre), pero hay que detenerse en el objeto de la ley (sus preceptos). Todo aquel que practica la ley es justo, quien no lo hace es injusto; pero lo único que nos justifica es la fe en Cristo por la gracia, porque sin ella no podemos obrar la justicia, es decir, cumplir la ley. ¿Qué cosa en concreto? La respuesta se atisba cuando san Pablo da la lista de aquellos que no cumplen la ley, es decir, son injustos y no heredarán el Reino de Dios: “¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios” (1Cor 6, 9-11). Esta lista, sin ser exhaustiva, remite necesariamente al Decálogo (Ex 20, 1-17; Dt 5, 6-22), el que, también en su mayoría con fórmulas negativas, da las pautas de conducta necesarias para el cumplimiento de la ley moral natural, según el orden preestablecido por Dios. La moral de san Pablo es la misma que la del Decálogo, pero con dos diferencias: por la gracia de Cristo, ya no sólo se cuenta con el mandato, sino que también Dios da la fuerza para cumplirlo, y, en segundo lugar, han sido renovados en su contenido por la novedad del Evangelio.
Entonces se afirma que la moral paulina contiene el mismo contenido que la moral del Decálogo, pero con la renovación que les dio el mensaje de salvación de Cristo. Veamos esto.
El primer y principal precepto del Decálogo ha sido renovado, pues ya no es sólo amar y adorar a un Dios lejano a quien no se le puede ver el rostro sino sólo la espalda (cfr Ex 33, 18-23), pero Cristo cambia esta realidad, al mostrarnos el rostro de Dios, pues “Él es imagen de Dios invisible” (col 1,15), y Él, en quien “reside toda
Esta relación de amistad por Cristo también renueva los otros dos preceptos siguientes del Decálogo, pues ahora al honrar el Nombre divino sabemos que Cristo, nuestro modelo, es quien recibió el Nombre sobre todo nombre (cfr Flp 2, 5-11). También sabemos que el día del Señor ya no es el día del descanso, sino el día de la actividad de Dios: el día en que Cristo resucitó de entre los muertos; el día en Dios envió su Espíritu a
El resto del decálogo también se ve renovado por la acción salvadora de Cristo, en quien “todo me es lícito,” pero sabiendo que “no todo me conviene” (cfr 1Cor 6, 12), y con la conciencia que la vida en Cristo es un llamado a una perfección pues nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo y que ya no nos pertenecemos (cfr 1Cor 6,19).
Tal vez podamos establecer citas de san Pablo para cada uno de los preceptos de
c.
El llamado del Maestro: “Si vis perfectus esse…” (Mt 19,21) encuentra su eco en san Pablo, quien invita a los discípulos a “un camino más excelente” (1Cor 12, 31)
El cumplimiento de la ley moral, auxiliado por la gracia, es imperativo para todos; es lo mandado. Pero si el discípulo quiere ir más vivir la vida de Cristo, debe querer aspirar a más, a un nivel óptimo de perfección, que no es obligatorio por la ley, sino imperado por el amor, es lo aconsejado.
¿Cómo se llega a este nivel de perfección? Todos estamos llamados a ser santos y perfectos como Dios (Ef 1,4; 5,1), y no habiendo otra perfección humana posible que la sobrenatural hay que decir que perfección y santidad se identifican. Pero si se pone a Dios como modelo de perfección, entonces hay que recordar que Dios es Amor, por lo que la perfección cristiana consiste en configurar nuestra existencia con la divina, vivir del amor: la perfección de la caridad y el ejercicio de todas las virtudes bajo el imperio de la caridad.
“Dios nos ha elegido en Cristo, antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1,4); este llamado universal a la santidad por el amor, denota dos alcances: uno, es un llamado que alcanza a todos; y, dos, que sólo se consigue por la caridad. Veámoslo punto por punto.
“Dios nos ha elegido en Cristo…” expresa la sobrenaturalidad de la vocación de la perfección, pues la perfección humana sólo se consigue en Cristo y por gracia, de otro modo es imposible. Este llamado es a “santos,” y es un llamado universal, que entra en el plan salvífico de Dios establecido “antes de la fundación del mundo,” y en el que están incluidos judíos y gentiles, pues “nada cuenta ni la circuncisión ni la incircuncisión, sino la creación nueva,” (Gal 6,15) obrada por
Pero esta santidad no se da en las obras, las cuales, aunque necesarias pueden ser también arma de doble filo que haga que el corazón se engría. La santidad se da “en el amor.” San Pablo dice que el amor es un camino más excelente (1 Cor 12,31), en donde el cristiano encuentra su perfección, más allá de caminos particulares o de algún carisma especial. Todo el capítulo 13 de
Ahora bien, este amor el hombre no consigue por su propio esfuerzo, no es amor humano, es caridad sobrenatural, que se obtiene por gracia. Es Dios mismo que por la gracia santificante eleva la naturaleza humana hasta el punto de hacerla partícipe de la naturaleza divina y capaz de actos sobrenaturales meritorios de la vida eterna. ¡No sólo Dios ha puesto en nosotros la capacidad de amar sobrenaturalmente por la gracia, sino que Él mismo ha venido a habitar en nuestros corazones, siendo él mismo una gracia increada! Esta doble acción de Dios en nosotros (elevar el alma haciéndola capaz de amor sobrenatural e inhabitar el alma del justo) que se produce en un único proceso de santificación, san Pablo lo resume maravillosamente diciendo que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5).
Esta perfección en el amor es lo que llamamos vida mística, es decir, la vida de los dones del Espíritu Santo actuando en nosotros. Aún cuando la espiritualidad progresista intenta centrarse en la acción, abandonando (y hasta denostando) la vida mística, se debe reafirmar la vocación mística de todo bautizado. La vida mística no es una vía extraordinaria con señales maravillosas, en las que ni siquiera habrá que fijarse necesariamente (san Pablo mismo a las propias no les da más importancia que las que tienen, 2Cor 12, 1ss); si la vida mística es la perfección de la caridad sobrenatural, todos están llamados a esta vida, pues el precepto que dice: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” (Lc 10, 27), es universal. El amor es el camino a la unión mística con quien es el Amor substancial.
La caridad es contemplación amorosa y orante, pero también es búsqueda y lucha cada día. La lucha es contra potencias sobrenaturales y contra nosotros mismos; batallando constantemente, pero sabiendo que Cristo está con nosotros, pues Dios ha derramado su amor por el Espíritu (Rm 5,5). La lucha no nos debe desanimar, antes bien debe llevarnos a la paz y tranquilidad interior, por la esperanza, pues ese luchar por vivir del amor, es ya un vivir de amor.. La perfección, entonces, no está en tener ya la perfección de la caridad, sino en tender hacia ella, pues en esta vida se puede seguir creciendo indefinidamente en el amor.
El amor es la vida de
Existe un muy hermoso resumen de esta doctrina de perfección en el amor y la vida de fe en
“Como durante la oración mis deseos (de vivir todas las vocaciones) me hacían un verdadero martirio, abrí las cartas de san Pablo a fin de buscar allí alguna respuesta. Di justamente con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los corintios. En el primero leí que todos no pueden ser apóstoles, profetas, doctores, etc., que
Por fin había hallado reposo, al considerar el Cuerpo místico de
Entonces, en los transportes de mi alegría delirante, exclamé: ¡Oh, Jesús, Amor mío!, ¡Por fin he hallado mi vocación: mi vocación es el amor!
Sí, he encontrado mi lugar en
Manuscrito Autobiográfico B
“Historia de un Alma,” Capítulo IX
V. Conclusión: El Hombre según San Pablo.
“El primer hombre, de la tierra, terrestre; el segundo hombre, del cielo. Cual el terrestre, tales también los terrestres; y cual el celeste, tales también los celestes. Y como llevemos la imagen del terrestre, llevaremos también la imagen del celeste” (1Cor 15, 47-49)
San Pablo tiene una visión del hombre que va marcada por el estado en que se halla la humanidad, según la condición en que ha quedado por el pecado o por la gracia. Dos son los estados del ser humano:
El primer hombre es Adán. Este es el primer orden, que rige a todos los nacidos bajo esta ley de pecado (cfr Rm 5,12). Este estado es el de la primera creación, pero no responde a la creación según el plan original de Dios, sino que el hombre en su libertad ha decidido abandonar a Dios y optar por el pecado: Su consecuencia es la muerte (cfr Rm 6,23) introducida al género humano y, por él, a toda la creación. La característica de esta humanidad es que es una raza que se aleja de Dios (cfr Col 1,21) y que no tiene fuerzas para vivir el bien moral; enferma como está, no puede salvarse a sí misma. Clama por un Salvador, pues todos sus hijos están condenados al triste estado del pecado.
El segundo hombre es Cristo. Este el nuevo orden, que rige a todos los renacidos en las fuentes bautismales. Este es el estado de la nueva creación (2Cor 5,17), que responde al plan misericordioso de Dios (cfr Ef 1, 9-10), quien permitió la desobediencia del hombre, para darle bienes abundantes de amor y gracia. No es un estado al que el hombre haya llegado por sí mismo, sino se le ha dado por pura gracia. El Gran Reconciliador de los hombres con Dios, es Jesús, que es verdadero Dios y verdadero hombre, quien, a diferencia de Adán, no ha sido constituido Cabeza de la humanidad por ser el primero solamente, sino que por su naturaleza divina eterna (cfr Flp 2,6), y por que Él mismo se ha ganado ese derecho, en su abajarse y anonadarse (cfr Flp 2,7), hasta la muerte y muerte de cruz (cfr Flp 2,8), y resurgir glorioso del sepulcro, vivo y triunfante por los siglos (cfr 1Cor 15,20). Esta es la humanidad que clamaba salvación y la ha obtenido, de un Gran Dios (Tt 2,13), nacido de Mujer (Gal 4,4), que es Imagen de Dios Invisible y Primogénito de
Así como para san Pablo, el primer hombre es imagen de los hombres en su estado caído (cfr 1Cor 15,47); de igual modo, Cristo es la imagen de los que el hombre puede llegar a ser, y de lo que, de hecho, está llamado a ser. Cristo es modelo de la nueva humanidad, pero con una ventaja: Él comunica su Espíritu (cfr Rm 5,5) para que los hombres tengan las fuerzas necesarias para alcanzar esta meta. Y todo esto es por gracia y no por las obras.
Pero esta salvación alcanzará al hombre en su naturaleza íntegra: cuerpo y alma, pero aún más, en sus relaciones con Dios y relaciones mutuas y al cosmos en general. Cristo ha asumido toda la humanidad: cuerpo, alma, historia, amistades, entorno, penas, alegrías, problemas, esperanzas, etcétera. Y todo lo asumido es redimido, por lo que todo lo humano cae bajo
Cada cosa será renovada en su situación particular y a su debido tiempo (cfr 1Cor 15, 22-23). Algunas cosas deberán esperar la manifestación gloriosa de Cristo. El cuerpo y el alma del hombre deberán renovarse cada una según su condición propia, primero el alma (cfr Flp 1,23) y luego el cuerpo (cfr 1Cor 15,52), pero ambos recibirán la gloria de Dios, cuando el hombre completo llegue a la plenitud celeste. De esta gloria ya formamos parte, aunque vemos como en un espejo, en
Por eso san Pablo, al reflexionar sobre el ser humano, no puede hacerlo sin Cristo, pues en Él el hombre encuentra su verdadera existencia, su razón profunda de ser, pues fuimos creados por Él y para Él. Pero esta referencia a la existencia humana en Cristo no sólo parte de una reflexión puramente teórica que hace san Pablo, sino de la observación de las experiencias diarias que le ha tocado vivir como testigo privilegiado de un momento central de la historia, un conocedor de diversas culturas y pueblos, y un hombre de Dios, constituido en pastor de almas, a quienes debió escuchar y atender en sus múltiples necesidades.
El conocimiento de san Pablo sobre el hombre no se desarrolló en una biblioteca, sino que responde a las vivencias propias, en su contacto con otros hombres, en su trato con Cristo (su Dios y Señor, pero ante todo su mejor amigo) y en su oración meditativa de cada día. San Pablo era un hombre de vasta cultura, sin lugar a dudas, pero es ante todo un esclavo de Jesucristo, llamado a ser apóstol y separado para el Evangelio (Rm 1,1), esta es la dimensión que rige sus escritos y la intención primera de sus acciones y exhortaciones. Por eso el ánimo pastoral mueve sus escritos y reflexiones, y sólo desde él podemos sacar la doctrina paulina, que viene impregnada de una rica experiencia natural y sobrenatural.
Tal es la visión de san Pablo sobre el hombre y sobre lo que debe aspirar a ser el hombre: un espíritu renovado, que es capaz de decir que el amor de Dios a sido derramado en su corazón, por el Espíritu Santo que se le ha dado, (cfr Rm 5,5) de tal forma que “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 6,20).
Nota: el texto original incluye notas al píe y citas del original en griego que no pudieron ser transcritos al blog, por lo que si alguien quiere leer esa versión puede pedirla a lasalvat@gmail.com, asunto: Antropología en San Pablo.
viernes, 29 de abril de 2011
Antropología en San Pablo
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